
Publicado por Zoé Musaka en |
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Estoy convencido de que el camino más seguro para encontrar la felicidad y la paz interior que todos anhelamos no se encuentra en la posesión de abundantes bienes materiales o en tener una buena posición social. Se encuentra, más bien, en poner nuestra confianza en el Señor y entregar la vida al servicio de los demás.
Este mes, nuestra protagonista es una religiosa filipina, la Hna. Rose Guevara. Ingeniera de profesión, disponía de trabajo estable en una multinacional con sede en Manila, la capital de su país, pero una inquietud profunda y una sensación de vacío inundaba a veces su corazón. Diferentes situaciones y encuentros la llevaron a conocer a las Hermanas Carmelitas. Tras vencer muchas resistencias, decidió hacerse una de ellas. Desde hace 21 años, la Hna. Rose es misionera en Malaui, un país donde se siente «en casa». Esta es su historia vocacional.
Por Hna. Rose Guevara
Soy una misionera carmelita originaria de Filipinas. En casa era la menor de tres hermanos. Mi formación como ingeniera me condujo a desempeñar mi labor profesional durante algunos años en una multinacional en Manila. Sin embargo, en medio de aquella estabilidad laboral, comenzó a crecer en mí una inquietud profunda. Tenía la sensación de que me faltaba algo esencial para dar pleno sentido a mi vida. En un primer momento pensé que la respuesta podría encontrarse en mejores oportunidades laborales o en una mayor seguridad económica, pero, aun habiendo alcanzado aquello que muchas personas consideraban como un éxito, dentro de mí experimentaba un vacío que el dinero no lograba colmar.
En una ocasión, yendo de camino a ver a unas amigas, experimenté una extraña llamada interior que me invitaba a entrar en una iglesia. Sin embargo, me resistí. Me repetía una y otra vez que no tenía una inclinación natural hacia lo religioso. Pensé entonces que, tal vez, lo que necesitaba era buscar nuevos horizontes, algo más acorde con mi espíritu aventurero, como la práctica del montañismo, que tanto me atraía.
La segunda vez que sentí aquella invitación a entrar en una iglesia no pude resistirme. En mi trabajo, después de una reunión en la que se cuestionó mi integridad, salí enfadada de la oficina y mis pasos me condujeron a la iglesia de San Lorenzo, en Manila. Allí, en silencio, comenzó a abrirse en mí una nueva actitud. En aquel templo vi unos carteles que proponían un «desafío». Aquella palabra tocó algo profundo en mí, quizás por la escalada, porque siempre me han atraído los retos, las experiencias que exigen entrega y superación. Entre las imágenes que se mostraban en aquellos carteles había una en particular en la que se veía a niños africanos siguiendo a un misionero montado a caballo. Anoté un número de teléfono y llamé sin saber muy bien por qué. Me dieron información sobre el próximo encuentro de orientación vocacional que tendría lugar en el Scout Madriñan, en Quezon City. Así comenzó mi camino vocacional. Esto sucedió en el mes misionero por excelencia, en octubre de 1994.
El camino hasta aquel lugar no fue sencillo. A pesar de conocer bien la ciudad de Manila, me perdí varias veces. Tras cambiar de transporte en varias ocasiones, me dije a mí misma que aquel sería el último intento. Si no encontraba el lugar, regresaría a casa y lo olvidaría todo. Pero en ese trayecto, una joven sentada a mi lado resultó providencial, porque ella también iba al encuentro. Llegamos juntas a la comunidad de las Hermanas Misioneras Carmelitas.
Al entrar, mi primera impresión fue de desconcierto. Ver a tantas religiosas en oración era algo que no encajaba con lo que yo imaginaba para mi vida. Pero algo cambió en mi interior y me envolvió una profunda serenidad. Escuché el testimonio de una hermana que contó su experiencia misionera en Kuwait, cómo huían y se escondían durante la guerra. Aquellas palabras despertaron en mí una atracción inesperada. Por primera vez pensé que quizás esa fuera la vida que estaba buscando. Terminado el encuentro, aquella joven con la que había llegado se convirtió en mi compañera de camino.
Semanas después, en diciembre, me invitó a participar en otro encuentro en Calambá, al sur de Manila. Le pregunté en qué consistía y me respondió que nos dirigíamos a la montaña. Pensé que se trataba de una simple excursión, pero una vez allí, una carmelita me descolocó con una pregunta directa: «¿Por qué quieres ser hermana?». Mi respuesta fue inmediata y sincera: «¿Yo? No, no quiero ser religiosa, aunque me atrae vuestro estilo de vida». Al finalizar el encuentro, en medio del desconcierto, empecé a intuir que tal vez debía dar un paso más, abrirme a la posibilidad y ver hasta dónde me conducía aquel camino.

No fue fácil comunicar la decisión a mi familia. Mis padres reaccionaron con sorpresa y oposición. Mi madre, por ejemplo, no aceptaba perder a su única hija: «Quiero tener nietos contigo», me decía. Mi padre guardó silencio. Solo mi hermano mayor me ofreció su apoyo: «No te preocupes, hermana, sigue el deseo de tu corazón, yo te apoyaré». Aquellas palabras me dieron la fuerza necesaria para continuar. Esa noche terminamos cenando en silencio hasta que todo el mundo se fue a su habitación sin pronunciar palabra.
Poco después recibí la carta de aceptación. Era enero y tuve que unirme a las hermanas en mayo en Laguna. En el ámbito laboral, se abría ante mí una prometedora promoción como gerente de la empresa. Sin embargo, opté por seguir la llamada que había comenzado a tomar forma en mi interior, así que presenté mi dimisión al responsable de la compañía. Se mostró sorprendido y me confesó con franqueza que no percibía en mí signos de una vocación religiosa. Con serenidad, le pedí un año para discernir y probar este camino. Si no era el mío, regresaría. Aceptó, e incluso me ofreció el sueldo de un año sabiendo que no tendría ingresos con las hermanas.
Los inicios en la comunidad no estuvieron exentos de dificultades. La vida cotidiana estaba marcada por tareas domésticas: hacer la limpieza, trabajar en el jardín, lavar y planchar la ropa… Éramos 23 jóvenes, además de las hermanas. Al cabo de una semana me puse enferma, ya que no estaba acostumbrada a un ritmo tan exigente de trabajo. En Manila nunca había realizado labores de ese tipo. Después de dos semanas, agobiada por el servicio en la comunidad, expresé a las hermanas mi desánimo. Sentía que aquella no era mi vocación. Como al día siguiente estaba prevista la jornada de visitas, comuniqué a las hermanas mi decisión de regresar a casa con mis padres. Ellas, con serenidad, me invitaron a descansar y a llevar esa inquietud a la oración. Aquella noche dije: «Señor, esta no es la vida que yo esperaba». A la mañana siguiente, las hermanas me preguntaron a qué hora llegarían mis padres y si ya había preparado mis cosas. Mi respuesta fue: «¿Para qué?». Me avergonzaba reconocer que quería abandonar por algo tan sencillo como las tareas domésticas. Decidí permanecer porque comprendí que la vocación no se sostiene en ideales románticos, sino en la fidelidad cotidiana.

Con el paso del tiempo fui dando pasos firmes. La primera profesión fue en 1999, y la profesión perpetua en 2005, en Manila. Poco antes de esta última, expresé mi deseo de ser enviada a África. Era un sueño que llevaba en el corazón desde pequeña, así que cuando la superiora me comunicó el destino, lo acogí con alegría. Mi llegada al continente marcó un antes y un después. En julio de 2005, tras una breve estancia en Kenia y Tanzania, fui destinada a Malaui, a la comunidad de Kapiri. Cuando llegué, asumí la responsabilidad de la administración del hospital, una tarea para la que no me sentía preparada. Entre mis responsabilidades se encontraba la adquisición de medicamentos y del equipamiento sanitario. No tenía la más mínima idea de por dónde empezar. Fue, una vez más, el estudio lo que me permitió formarme y responder, con el tiempo, a las necesidades con-cretas del hospital. Los desafíos fueron numerosos: el idioma, la cultura, la falta de recursos o las limitaciones materiales. Fui enviada a estudiar chichewa, pero la urgencia en el hospital hizo que, apenas dos días después, tuviera que incorporarme a las tareas asistenciales. Al final, lo aprendí de manera autodidacta, con los medios disponibles, leyendo libros, porque aún no había Internet.
En Kapiri, donde continúo, la realidad socioeconómica de la población es precaria. La gente vive, en gran medida, de la agricultura de subsistencia, lo que condiciona incluso el acceso a la atención médica. No son pocos los casos en los que los pacientes no pueden hacer frente a los costes del hospital porque aún están a la espera de la cosecha. Ante esta situación, optamos por atenderles y esperar a que vendan la cosecha para que puedan abonar la atención que les hemos prestado. A pesar de las dificultades, amo profundamente Malaui y a su gente. Aquí me siento en casa. Tras 21 años de presencia en el país, he experimentado con claridad que mi vocación está ligada a esta tierra. No obstante, mantengo el corazón abierto a cualquier destino al que mi congregación considere oportuno enviarme.
A los jóvenes que se encuentran ante decisiones importantes en sus vidas, quisiera decirles que permanezcan abiertos a la llamada del Espíritu Santo. Es importante que no tengan miedo. A mí me sirvieron las palabras de nuestro fundador, Francisco Palau: «Iremos adonde la gloria del Señor nos llame, y mi vida es lo mínimo que puedo ofrecer en respuesta a su amor».
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