Mary Maker

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Oradora, Sudán del Sur



A Mary Maker le gusta contar historias. No es una griot, pero podría serlo. Embajadora de buena voluntad de ACNUR desde 2023, dedica buena parte de su tiempo a hablar de aquello que mejor conoce: su vida y sus circunstancias.

Nació en Sudán del Sur con el nombre de Nyiriak, que significa ‘guerra’. Una de sus primeras decisiones conscientes fue optar por que la llamaran Mary. Vivió la guerra en su país y con apenas cuatro años salió con su madre embarazada y su hermana pequeña en dirección a Kenia. A un campo de refugiados. 

Así, con estos breves retazos, podríamos hablar de una refugiada. Una más de las cerca de 120 millones de personas en el mundo que han tenido que abandonar sus casas por guerras, hambrunas o persecuciones de distinto tipo. Con un burdo brochazo, podríamos presentarla como «Mary Maker, refugiada». Pero ella se niega a esa afirmación. Porque Mary también es hija, hermana, prima, aficionada a la interpretación o estudiante (graduada en Relaciones Internacionales y en Teatro por el St. Olaf ­College de Minnesota, EE. UU.). Es embajadora de ACNUR –ya lo dijimos–. Mary es muchas cosas: «Hay veces que te sientes como una historia o un número. Hay que asumirlo, pero también sentir que soy más que eso. Hay mucho más en cada refugiado que llevar solo ese título».

Maker reniega también de los lamentos. En una entrevista al portal The Pie recordaba que «las cicatrices no son feas. Las cicatrices son hermosas, son un signo de supervivencia». Cicatrices del alma, pero también del cuerpo, como las de sus pies, que sufrieron la huida rumbo al exilio. Rumbo a otro lugar donde no hubiera guerra. «Desplazarse de una zona en guerra a un lugar seguro como Kakuma era llegar muy lejos», dijo en una charla TED que pronunció en 2018.

En Kakuma descubrió cómo sonaba la paz. Cuál era el sonido de ese escenario. En ese mismo encuentro, al recordar aquel momento, pidió a los asistentes que permanecieran en silencio y aguzaran el oído.

No se escuchaba nada.

«¿Oyen esto? El sonido del silencio. Sin balazos. Paz, al fin. Ese es mi primer recuerdo de este campamento», Kakuma. La oportunidad de reemprender la vida.

En Kenia tuvo la oportunidad, por primera vez, de ir a la escuela –«Podía cantar y reír de nuevo. Mi primer uniforme… Era maravilloso»–. La formación sería su futura compañera de viaje. Su padre se lo dejó claro: «Los estudios deben ser tu primer marido. Cásate con ellos». 

La obsesión por estudiar y porque otros como ella pudieran hacerlo, la llevaron, con el tiempo, a fundar Elimisha Kakuma (‘Educar en Kakuma’, en suajili), una organización sin ánimo de lucro que trabaja para ayudar a estudiantes del campo de refugiados a continuar sus estudios en universidades de todo el mundo. Una actividad, otra más, para una joven que no se cansa de repetir que «somos más que refugiados». 

 


Ilustración: Tina Ramos Ekongo

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