«Los blancos tienen el color del poder»

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Odome Angone, filóloga



La filóloga gabonesa Odome Angone, profesora en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar (Senegal), ha publicado ¿De qué color son los blancos? Un decálogo de herramientas sobre justicia epistémica (Bellaterra Edicions), un ensayo en el que la autora dialoga, desde una perspectiva multidisciplinar, sobre algunos de los grandes debates que afectan a las comunidades africanas y afrodescendientes. 


Tu libro arranca con una cita de Yeison Arcadio Meneses: «Me dijeron que volviera a los clásicos y desde entonces consulto frecuentemente las voces y las memorias de los abuelos». ¿Por qué esta reflexión? 

Para mí, para mi ancestralidad, para el conocimiento en el contexto colectivo de África, el hecho de recuperar esas voces, la de un antepasado, la de una abuela, es legitimar un conocimiento y permite entender que sus voces son una autoridad en mi contexto. Cuando vi la frase, entendí que nuestras referencias académicas son las voces de nuestros antepasados. 



¿Se ha minusvalorado el conocimiento de los mayores? 

La matriz colonial del marco de referencia en la academia deslegitima las producciones orales, implícitamente no valen. Para validar los conocimientos de mis ancestros, tengo que pasar sus voces y conocimientos por un mecanismo eurocéntrico. 



¿Qué importancia tienen sus abuelas para usted?

Ellas me han permitido entender la interdisciplinariedad y que el conocimiento válido se produce en varios espacios. Comprendí que para poder ser una persona empoderada necesitaba vivir o habitar distintos espacios que me nutren y también que el título académico es un invento deslegitimador. Lo que sé del feminismo me lo enseñaron mis abuelas, pero yo no lo valoraba porque ellas no tenían títulos. Cuando llegué a la universidad y empecé a leer sobre feminismos comunitarios, entendí que eso que me enseñaron en el pueblo tenía validez y peso. Ese filtro me impidió apreciar desde el principio que el conocimiento no solo es académico. Hay cosas que yo sé no porque las haya leído, sino por la experiencia en torno a mi día a día, en torno a lo que me decían mis abuelas. Cuando voy a un congreso y digo que estoy hablando de feminismo en contexto africano, quiero que se sepa que hay una diferencia entre la praxis y la teoría feminista. Esta última es una producción intelectual, pero la praxis es el día a día que vi a mis abuelas.

Una niña compra un globo en un parque de atracciones de Abuya (Nigeria). Fotografía: Olympia de Maismont / Getty. En la imagen superior, Odome Angone el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo




A pesar de que ellas no eran académicas… 

No, pero supieron defenderse y tuvieron las herramientas para empoderarme y para empoderar a su comunidad. Desde niña entendí que la cocina, que muchas veces aquí se ve como un espacio que limita a las mujeres en contextos africanos, es un lugar de empoderamiento. Ahí es donde las mujeres hablan y buscan soluciones. Además, también hay que entender que cuando llegas a la academia, te dicen que tienes que ser autoridad produciendo en tu nombre, mientras que en contextos africanos la producción del saber y el conocimiento es colectiva. Tienes que asumir esa tensión, porque te tienes que afirmar como investigadora, pero cuando regresas a tu pueblo te dicen que no eres quién para hacerlo si no estás en comunidad y en conexión con los demás.



Hace meses entrevistamos al economista Carlos Lopes (ver MN 720, pp. 26-33), que decía que no hay que democratizar África, sino africanizar la democracia. Esta idea también se podía aplicar al feminismo. 

Entiendo lo que dice, aunque creo que más que africanizar la democracia hay que mutualizar los planteamientos críticos. Todos ganamos aprendiendo y sacando lo bonito de cada espacio. Cuando educo a mi hija, procuro que se quede con lo mejor de cada lugar. Ella es parte de Europa y de África, por lo que debe quedarse con todo lo que le permita llegar más lejos. Hay que mutualizar las fuerzas y no africanizar una cosa o europeizar una historia. Somos la síntesis de varias culturas. 



En ese proceso de comprensión mutua, ¿qué aporta el modelo académico occidental? 

Sirven los aspectos positivos, como la posibilidad de archivar y volver para rescatar cosas. El libro que he escrito permite, aun cuando yo ya no esté, que cualquiera sepa de mí y que ya reflexionamos sobre esas cuestiones. Por eso es político que personas como yo lleguen allí, porque históricamente nuestros cuerpos no fueron diseñados para producir conocimiento en la academia, sino que éramos objeto de estudios ajenos. 

El rapero francés JoeyStarr recita poesía antirracista durante un espectáculo basado en la obra Black Label, escrita en 1956 por León-Gontran Damas. El espectáculo tuvo lugar en el Théâtre du Nord, en Lille (Francia), el 12 de febrero de 2024. Fotografía: Denis Charlet / Getty



¿Y cuál sería la aportación africana?

La humanidad, que aquí creo que se está perdiendo. El individualismo fragiliza al individuo y a la sociedad. Lo colectivo da fuerza y esa humanidad es necesaria para seguir adelante. 



¿La ironía y el sarcasmo son espacios para el conocimiento? El título de su libro, ¿De qué color son los blancos?,juega con eso. 

Creo que sí, porque la ironía suaviza el discurso y permite que el otro te entienda de forma más amena. Muchas personas me han dicho que el título es provocador, pero creo que no. La cuestión no es provocar, sino alertar, llamar la atención para que pensemos acerca de nuestras falsas evidencias. Cuando hablamos de los mal llamados racializados, ¿a qué nos referimos? Cuando hablamos de diversidad, ¿quién es la norma? Desde el 12 de octubre de 1492 todos somos racializados, aunque algunos salen mejor parados que otros. 



¿Quién se siente interpelado por el título?

El título hace una doble lectura del término blanco en español: como categoría racial y como objetivo. La gente se queda siempre con la categoría racial, es decir, ¿quiénes son los blancos de un sistema que te arrincona y te invisibiliza? Y luego está la cuestión acerca del color de los blancos, pero desde el conocimiento académico. ¿De qué color es el marco teórico? ¿De qué color es el sistema académico? ¿De qué color son las lenguas que legitiman el saber académico? De forma ingenua pensaba que en la academia no había subjetividad, pero, en realidad, observas que la neutralidad científica es una legitimación de la subjetividad dominante. Los sesgos de la neutralidad científica hablan a favor del discurso dominante.



En su obra se refiere a la blancura y a la blanquitud. ¿Se trata solo de una cuestión de matices?

La blancura se supone más ética. Ahí está todo lo bonito, la luz, el esplendor, lo inmaculado, todo lo que no tiene mancha, mientras que la blanquitud es un sistema de poder que gobierna el mundo, que lidera, que decide y sitúa a la gente según categorías, que crea fronteras invisibles, los marcos, los techos de cristal y todo lo que mueve la economía global. Muchos hablan del capitalismo racial, que divide quién puede trabajar y en qué papel. Cuando llegas a la academia, a sitios donde nadie te espera, donde no saben que tú eres la invitada y te asocian con la chica que limpia… No me importa limpiar, pero si en diez universidades te asocian al mismo rol, algo pasa. Ese planteamiento tiene ramificaciones académicas, entre otras. A nivel histórico, las teorías pseudocientíficas han legitimado el racismo a través de medir cabezas o de pensar que esa gente podía ser eliminada. La academia legitima, la sociedad se apropia de los conceptos y los museos marcan la narrativa. Todo va de la mano. Y el discurso político también contribuye a retroalimentar eso, porque la base estructural es la dominación. 

Tres mujeres de Gidel, localidad ubicada en los montes Nuba (Sudán), muestran los uniformes escolares que han cosido en un centro comunitario. Fotografías: Paul Jeffrey / Getty



¿Y la negritud? ¿Qué es?

La negritud es un discurso que choca. No todo el mundo está de acuerdo con ello, porque es como caer en la trampa del otro. La negritud, en mi opinión, es un movimiento político, literario y filosófico que tuvo su importancia en un contexto determinado. Sin embargo, no podemos autorreproducir un mecanismo de exclusión que solo entiende el mundo desde lo que somos. El mundo es mucho más grande que un color de piel. No soy de las que abogan por luchar por el color de piel, porque con ese discurso reproducimos los mismos mecanismos de exclusión, sino que debemos partir de lo más bonito que tenemos, de lo que ofrece África como continente y como historia compleja. 



¿La negritud es un concepto que le interesa a la blanquitud?

Vivimos entre categorías. El blanco, en términos de blanquitud vista como institución política, necesita tener a un interlocutor con conceptos. Y ese concepto [el de la negritud] le vino bien, porque era como un diálogo entre los dos mundos. Pero en este mecanismo de hablar del otro también ha habido un sesgo heteropatriarcal, porque las personas más conocidas del movimiento de la negritud son hombres. En la actualidad están apareciendo libros de las hermanas [Paulette y Jane] Nardal, en cuya casa se desarrollaron las teorías sobre la negritud. ¿Qué ocurrió? Que en aquel momento, estas dos mujeres sufrieron lo que se llama «doble dominación interseccional» por ser mujeres y negras. No se les pudo escuchar como voz política potente y dejaron que gente como Senghor, Aimé Césaire o Léon-Gontran hablasen en nombre de la negritud.



Heteropatriarcado, raza, clase social y nacionalismo están muy ligados.

Sí. Muchas veces, cuando hablamos de la cuestión feminista en el contexto africano nos referimos a mujeres africanas que están sufriendo, pasándolo mal…, pero debemos recordar que dentro de esa categoría de mujeres africanas también están las clases, y el sesgo de clase termina ninguneando o invisibilizando a las mujeres rurales, que también dicen muchas cosas y nos enseñan, nos dan herramientas… 



En ese contexto, ¿cómo entendemos el concepto de sororidad?

Me parece bien que tengamos esa solidaridad entre mujeres, pero solo quiero recordar que esas herramientas, digamos, conceptuales que manejamos en el mundo moderno, en verdad son realidades que la gente de otros contextos manejan desde el día a día sin tener que conceptualizarlas. Por ejemplo, cuando una amiga o una familiar acaba de dar a luz y se encuentra en el campo trabajando, la prima entiende que puede amamantar también al bebé de la otra madre. Allí no se conceptualiza la realidad, es solo supervivencia. Está bien hablar de solidaridad y de interseccionalidad, pero no debemos olvidarnos de las raíces de esos conceptos. La interseccionalidad nace en un contexto antirracista en Estados Unidos, donde se tenía que analizar cómo las mujeres negroamericanas estaban siendo doblemente minorizadas desde los marcos del género y la raza. 

Manifestación en Lavapiés en el aniversario de la muerte de 14 personas migrantes en Tarajal. Fotografía: David Canales / Getty



Sus abuelas han sido sus referentes. Su hija es afrodescendiente. ¿Qué espera ser para ella?

El aliciente de todo esto es mi hija. Cuando falleció mi marido, me tocaba hacer un doble papel: enseñarle la parte bonita de Occidente y también lo que, en mi opinión, tiene que ser África como herramienta, recuerdo y potencia. Creo que le estoy entregando las herramientas necesarias para ello. En primer lugar, debo enseñarle que nacer en un sitio ni te define ni te limita. Le enseño que soy una mujer negra orgullosa. Es importante que sepa que lo que estoy haciendo tiene valor a todos los niveles. En segundo lugar, que somos lo que nos proyectamos haciendo muchos esfuerzos. Y luego, entender que la cultura es la mejor herramienta que uno puede tener para ser libre. Aunque criticamos a la academia, también soy quien soy por ella. Lo que enseñamos en la academia, lo que se produce, también es un mecanismo de liberación. Leer es importante, leer es resistir. 


¿Su hija discrepa de usted? 

Muchas veces. La gente no quiere que tengamos pensamiento crítico, porque cuando les das las herramientas también van en contra tuya. Me gusta esa actitud suya, se lo digo y le animo a que siga así, porque también yo tengo mi inercia. Muchas veces pensamos cosas y estamos convencidos de ello porque no revisamos nuestros propios sesgos.



Casi al final de su libro cita a W. E. B. Du Bois, quien se plantea por qué la blanquitud es tan deseada. 

Yo también me planteo esa pregunta.



¿Tiene una respuesta para esa cuestión? 

La blanquitud nos transmite un poder que no tenemos. Todo el mundo querría tener el privilegio de viajar a los sitios y desen­tenderse, de olvidarse de que tiene un pasaporte, de contar con ese poder simbólico. Todos desearíamos tener eso, pero no lo tenemos porque nacimos en otras frontera y en otros contextos. Ese anhelo es un poco maniqueo, porque lo deseas, pero en el fondo también lo odias. Y porque lo odias, lo deseas. Es casi una paradoja filosófica. Es una lucha por conseguir una humanidad. Las luchas que tienen las personas no blancas son luchas de humanidad, para que se les reconozca su humanidad.



No me voy a resistir a preguntarle, para terminar la entrevista, de qué color somos los blancos. 

Del color del poder, del color de las fronteras marcadas, del color del pasaporte con el que puedes viajar sin tener que complicarte la vida, del que tiene el lujo de decir que «yo no tengo colores» y distribuir los colores a los demás, del color de la voz cantante de la historia, del poder del capitalismo y del sistema que gobierna, del color que puede desentenderse de las complejidades de lo que es ser persona, del privilegio de decir «yo puedo vivir así y no me pasa nada», del poder de contradecir a un policía… Son esos momentos que dices «¡guau, qué bien!»… Me gustaría ser invisible, pero no es posible.   



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