
Publicado por Trifonia Melibea en |
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El proceso que configuró África en varias Áfricas y la esparció por el mundo –la trata trasatlántica de personas esclavas– es un «crimen de lesa humanidad», según Naciones Unidas. Esta decisión, ratificada por la Asamblea General en marzo de este año mediante una resolución «histórica» (ver MN 723, pp. 8-9), me sorprendió en un barrio de Sudáfrica, un país que desde la década de los 90 manifiesta una ascendente afrofobia o fobia hacia personas negras nacidas y crecidas en países africanos y que migran al país de Nelson Mandela por razones económicas. Las danzas, los festejos y las manifestaciones de alegría derivados de la resolución y que todavía se transmiten en los medios de comunicación, reflejan, en parte, una África polarizada por la fractura que se impone cuando el racismo se aleja y, en su lugar, se vuelve omnipresente la clase social. La afrofobia es la discriminación, odio y rechazo ejercidos contra personas negras y pobres frente a otras de la misma raza que no lo son. Es un mal que refleja que Los condenados de la tierra –libro de Frantz Fanon publicado en 1961 que describe a las personas colonizadas, hoy descolonizadas– tienen agencia propia, al margen de los conflictos heredados de la esclavitud atlántica.
La afrofobia se desplaza desde el espacio eurocéntrico para alojarse –solo por citar las capitales de algunos de los países más ricos del continente–, en Dakar, Abuya, Adís Abeba o Rabat. Se trata de un tipo de fobia que, entre otros indicadores, se manifiesta en agresiones, destrozos de comercios, fallecimientos, desapariciones forzosas, impunidad y corrupción, un conjunto de acciones impulsadas por las élites políticas, pero también pensadas e implementadas por personas negras (pobres y/o empobrecidas) de los países de acogida. La afrofobia, cuando las personas negras en África están entre ellas y en relación a la violencia simbólica, arranca con la cuestión de hasta qué punto se es «negro/a original».
Si en Madrid, Londres o París, la pregunta «de dónde eres» tiene como objetivo la negación de la identidad no blanca dentro del espacio eurocéntrico, en los países africanos los objetivos son otros y tienen relación con la afrofobia. En primer lugar, el individuo que pregunta pretende averiguar el origen étnico-cultural del migrante, para más tarde aterrizar –cuando este es pobre–, con un contundente «¿y para cuándo el retorno?». Todo parece indicar que el poder económico que otorga la pertenencia a un Estado poscolonial se ha superpuesto a la solidaridad racial romantizada. Ni tan siquiera lo bantú ni la filosofía ubuntu, algunos de los orígenes comunes de los pueblos africanos, le plantan cara al poderoso Estado moderno porque este, en el continente, se ha adaptado a intereses ajenos al bienestar común.
La pregunta «de dónde eres», en segundo lugar, pretende descubrir el parentesco que mantienen las personas negras con las familias políticas que dirigen dictaduras y dictablandas desde las independencias. Estas familias políticas no solo gobiernan con una marcada endogamia política y corrupción, sino que se han configurado en una clase social de acentuada afrofobia. Y desde el poder incitan al odio, la xenofobia o el racismo, tanto que, en muchos libros de escuela, la historia de África solo se estudia a partir de la lucha colonial. De esta manera, los gobernantes se desvinculan de compromisos democráticos. El enemigo común, en este contexto, es Occidente. La ceguera política en países como Sudáfrica está tan arraigada que las heridas del apartheid se han convertido en el discurso mejor guardado por la élite política gobernante para agitar a su población.
Los condenados de la tierra son las víctimas de la trata transatlántica, pero también los creadores de la afrofobia. Han sabido transformar el trauma de la esclavitud negrera en un negocio político y se han constituido en una clase social rica que explota a otra más pobre dentro de la raza negra. Y mientras el mundo festeja la resolución de la Asamblea General, en lo que va de año, las violencias en Sudáfrica contra las personas negras migrantes de otros países del continente han ido en aumento. Es así porque la afrofobia, un modelo de racismo, ha llegado para quedarse.
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