Vuelta a casa

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Más de la mitad de los niños que sufren explotación laboral viven en África subsahariana


Miles de menores son víctimas de trata y explotación en África occidental. Sobre cómo hacer frente a este drama, MUNDO NEGRO ha hablado con Rama Yao Koudoro, director de proyectos de Mensajeros de la Paz en Benín, y con la fotógrafa Ana Palacios, que ha desarrollado un proyecto documental sobre el tema.



«Aquí, en África occidental, el concepto de familia no es como en Europa. El padre, la madre, el tío, la tía, los abuelos, los primos…, todos se ocupan de la educación de los niños. Y no hay problema cuando un niño se marcha de su casa y se va a vivir durante una temporada con su tía que vive a 600 kilómetros. Es algo habitual. Pero esta costumbre de dejar que los niños se marchen ha derivado en algo malo». Lo dice Rama Yao Koudoro, al que todos llaman por su nombre de bautismo: Florent. Este beninés de 62 años ayuda desde hace 20 a niños en situaciones difíciles desde el Centro de la Alegría Infantil que Mensajeros de la Paz tiene en Cotonú. Muchos de ellos han sido víctimas de trata y obligados a trabajar en condiciones de esclavitud realizando tareas domésticas, vendiendo en los mercados o realizando labores agrícolas lejos de sus hogares y sin contacto con sus familias. 

La causa de este fenómeno se encuentra en la pobreza de las familias, que son engañadas con una falsa promesa. «En los pueblos se piensa que la ciudad es lo mejor para los niños, que allí podrán estudiar y encontrar un futuro. Si las familias tienen la oportunidad de enviarles allí, lo hacen», explica Florent. «Pero empezaron a aparecer unas personas, unos intermediarios, que llegan a los pueblos diciendo que quieren cuatro, cinco, seis o diez niños para colocarlos en familias de Cotonú. Convencen a los padres prometiendo que los niños recibirán 15 o 20 euros semanales y que tendrán una vida mejor. Pero es un engaño. Se llevan a los niños a cambio de dinero, pueden ser 30 euros, y estos acaban a veces en Nigeria o en Níger sin que los padres vuelvan a saber de ellos». Es habitual que estos traficantes sean conocidos de las familias, gente que era del pueblo y se marchó a vivir a la ciudad, o incluso, en ocasiones, amigos cercanos o familiares sin escrúpulos que hacen negocio ofreciendo una falsa salida a unos padres en apuros.

La policía encontró a Kaki perdido en un mercado y lo llevó a un centro de acogida desde donde tratan de encontrar a su familia. Fotografía: Ana Palacios



Visibilizar la esclavitud

Al contrario que en otras partes del mundo como Asia y América Latina, donde las cifras de trabajo infantil han ido en descenso, según el último informe realizado por la Organización Internacional del Trabajo y UNICEF (2020), en África subsahariana ha aumentado desde 2012, debido al crecimiento demográfico, las frecuentes crisis, la extrema pobreza y la falta de medidas de protección social. De los 160 millones de niños víctimas de trabajo infantil que hay en el mundo, más de la mitad se encuentran en esta región. En África occidental es donde el problema del tráfico de menores tiene mayor incidencia. 

Conocer el problema de la trata y la explotación infantil motivó a la fotógrafa Ana Palacios a viajar a Togo, Benín y Gabón y seguir de cerca el trabajo de acogida y rehabilitación de Mensajeros de la Paz, Misiones Salesianas y las Carmelitas Vedrunas. El resultado es un proyecto documental titulado «Niños esclavos. La puerta de atrás» compuesto por una exposición, un libro y un cortometraje. La exposición, que estará en el Museo Misiones Salesianas de Madrid hasta el 27 de marzo, describe a través de más de 100 fotografías el camino que recorren estos niños víctimas de trata desde su situación de explotación a su recuperación en los centros y, cuando es posible, el reencuentro con sus familias. «En mi imaginario, la esclavitud infantil eran niños picando piedra en minas, bajando 20 metros bajo tierra para coger diamantes, o la prostitución en Tailandia, algo mucho más extremo. Hasta que conocí que en esta zona de África occidental los propios padres venden a menudo a sus hijos para que se vayan a la ciudad o a campos de cacao o café a cambio de muy poco dinero. Normalmente son familias numerosas con dificultades económicas. Se quitan una boca que alimentar y confían en que ese niño comerá y aprenderá un oficio. Este problema hunde sus raíces en la extrema pobreza», explica Palacios. Durante su estancia en Benín, a la fotógrafa le llamó la atención que un país con alrededor de 10 millones de habitantes tuviera hasta 200 centros de acogida para niños víctimas de trata, niños de la calle y niñas víctimas de prostitución. Durante el trabajo en los centros, conoció las historias de un centenar de ellos, con edades comprendidas entre los 4 y los 18 años. «Algunos no hablaban nada porque todavía estaban con el trauma y la desconfianza. Cada niño tiene su proceso. Las oenegés con las que trabajé no solo les procuran comida y un sitio donde dormir, sino mucho más: apoyo psicológico, médico e incluso jurídico para averiguar quién está detrás de ese tráfico y no haya impunidad». 

Blessing, con 15 años trabaja a cambio de comida y un sitio en el suelo donde dormir. Fotografía: Ana Palacios



La búsqueda y el reencuentro

Es frecuente que cuando estos niños, que son obligados a trabajar de la mañana a la noche, reciben maltrato por parte de sus patrones, escapen y terminen viviendo en la calle. Organizaciones dedicadas a la protección infantil como Mensajeros de la Paz realizan patrullas nocturnas en los lugares donde se reúnen y les animan a acudir a sus centros, donde les garantizarán tres comidas al día, apoyo y la posibilidad de escolarizarse. El Centro de la Alegría Infantil, en Cotonú, acoge actualmente a 22 menores, entre niños y niñas, y junto a él disponen de una escuela alternativa con capacidad para 90 alumnos que nunca fueron a la escuela o la abandonaron. «El Centro de la Alegría Infantil, con sus educadores y animadores, es para ellos otra familia», dice Florent. «Intentamos darles una vida mejor mientras buscamos a sus familias. Si en dos o tres años el niño no sale, buscamos reintegrarle en una familia de acogida para que pueda vivir con hermanos y tener una vida normal. Un niño no tiene que vivir en un centro, sino en una familia». 

La forma en que estos menores acaban como esclavos no siempre es tras el engaño a los padres. A veces se marchan de la aldea por propia voluntad, incluso con tan solo diez años, con la idea de trabajar para conseguir algo de dinero y volver para ayudar a sus familias. Pero en ocasiones, debido a su vulnerabilidad, acaban cayendo en manos de traficantes. El principal objetivo de las organizaciones que les acogen es que regresen con sus familias y Florent se muestra complacido de que muchas veces lo logren, aunque no sea sencillo. Los que han salido de sus aldeas siendo muy pequeños no saben explicar de dónde vienen ni cómo se llaman sus familiares. A veces al pasar la frontera les cambian el nombre y terminan hablando una lengua diferente. Es vital entrevistarles nada más llegar al centro para detectar acentos o palabras que puedan dar pistas sobre su procedencia. Las escarificaciones y otras marcas en la cara también resultan cruciales para identificar el pueblo o la zona donde se encuentran sus familias. Florent se enorgullece de que su personal ha adquirido grandes habilidades para dar con ellas. «Cuando las encontramos, es un momento de gran alegría. Para la reintegración elegimos el día de mercado y en la plaza congregamos al jefe del pueblo, a la familia y a toda la comunidad. Es un acto muy intenso que dura unos 30 minutos. Queremos que toda la gente sepa lo que ha pasado con ese niño. Luego vamos a la escuela a la que asistirá y se lo contamos al resto de los niños». 

Un acto de reintegración familiar. En la imagen superior, Le Ciel y L´Amour vivían en la calle expuestas a cualquier agresión. En el centro de acogida pueden descansar tranquilas. Fotografías: Ana Palacios


Pero a veces, aunque la familia haya sido localizada, este reencuentro no es posible porque el niño ha sufrido tanto que siente ira hacia los progenitores que le obligaron a marchar, principalmente hacia el padre, que es quien habitualmente toma la decisión, obviando el desacuerdo de la madre. «El niño tiene mucha rabia dentro y en estos casos es mejor alejarle durante un tiempo y trabajar con él para que sane sus heridas. Normalmente es el trato con la madre lo que consigue resolver este problema». Aunque puede ser que no se solucione y tengan que buscar una familia de acogida, puntualiza Florent.

Para conocer todo el proceso, Ana Palacios presenció siete devoluciones. «Allí vi la perspectiva de las familias. No había ninguna mala voluntad de deshacerse de su hijo. Ellos lo entregaron para que el niño comiera». Cuando el niño vuelve con su familia, Mensajeros de la Paz hace un seguimiento durante dos o tres años, a través de campamentos de verano a los que acuden los niños que pasaron por el centro. En ese ambiente lúdico y distendido cuentan cómo se encuentran, de modo que los educadores saben si hay que seguir trabajando con las familias o la reintegración ha tenido éxito. 

El problema de la trata infantil sucede en esta zona de África occidental desde hace décadas. Para Florent, la clave para erradicarlo es la educación. «Tenemos que recuperar a los niños que no han ido nunca a la escuela y educarles en la protección a la infancia. Si les hablas sobre sus derechos, empezarán a defenderse. Por otro lado, hay que buscar la forma de aumentar el nivel de progreso de las familias, para que los niños no tengan que irse de casa». Mensajeros de la Paz tiene tres centros de acogida y protección infantil en Benín, pero también llevan a cabo proyectos de desarrollo en zonas rurales «para que alcancen lo que yo llamo la pobreza alegre. Estas personas no buscan tener un coche, lo que desean es comer, sonreír y vivir tranquilos con sus niños en el campo, con una escuela y un dispensario. Es lo que me gustaría ver, a los niños en la escuela y con un médico que se ocupe de ellos cuando se pongan enfermos. Lo demás, poco a poco», señala Florent.  

Ana Palacios, autora del proyecto «Niños esclavos. La puerta de atrás», delante de una de las imágenes de la exposición en el Museo Misiones Salesianas. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo



Una salida

A pesar de que Ana Palacios terminó hace cinco años el trabajo documental que hoy puede verse en el Museo Salesiano de Madrid, que los niños que aparecen en sus imágenes hoy se encuentran en otros lugares y que sociedades como la beninesa están más sensibilizadas, para ella es fundamental seguir hablando del tema. «Mi principal objetivo es visibilizar esto, que se sepa que el problema existe, que uno de cada cuatro niños tiene que dejar de estar con sus padres, abandonar la escuela y marcharse a trabajar de sol a sol a cambio de nada». Especializada en proyectos de impacto social, trata de acercarse a los temas humanitarios sin que sus imágenes incidan en el dolor. «Es mi manera de contar. Tratar de mostrar de una manera más amable estas realidades tan crudas para que así la gente no quite la mirada y sea capaz de llegar al tema, conocerlo e interesarse». Decidió no usar los nombres reales de los niños y les pidió que ellos mismos eligieran nombres ficticios. En la primera parte de la exposición, una fotografía muestra a Juliette, de nueve años, trabajando en una tienda de telas. Aparece con su patrona al fondo. En otra, Cristelle, de diez años, con su dueña, en un puesto de mandioca. «No tienen ningún problema en mostrarte a sus niños comprados. Estas mujeres me enseñaban orgullosas a sus trabajadoras. Estaba muy naturalizado. En España, en los años 40 y 50, era un poco lo mismo. Las niñas de los pueblos iban a servir a casa de los señoritos de las ciudades, como internas, a cambio de dormir y comer. No nos cae tan lejos». 

Varios niños juegan durante la hora de la siesta en un centro de acogida. Fotografía: Ana Palacios



Florent, que ocupó en 2015 el cargo de presidente de la Red de Estructuras de Protección de los Niños en Situación Difícil en Benín, es optimista. Durante estos últimos años, las organizaciones de la sociedad civil han presionado al Gobierno para que redoble sus esfuerzos en la protección a la infancia, y está dando sus frutos. «Con las nuevas leyes, ahora es difícil coger a un niño pequeño de seis años de un pueblo y ponerle en una casa a limpiar. No digo que el fenómeno no exista, se hace en lugares alejados de Cotonú, pero en la ciudad, si la gente se entera, denuncia». Palacios también quiere lanzar un mensaje positivo: «Aunque las cifras globales muestren un aumento del trabajo infantil en la región, los niños que han pasado por estos centros, gracias al trabajo de estas organizaciones, viven mejor de lo que vivían. Algunos consiguen atravesar la puerta de atrás y salir».  

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