Si África desapareciera del mapa

Durante siglos, exploradores, científicos, militares, diplomáticos y personal humanitario han acudido al socorro de África (una y múltiple a la vez) con la triste constatación de que África ha salido más enferma que antes. Una de dos: o el diagnóstico no ha sido acertado, o la receta no ha sido la adecuada. O ambas cosas a la vez.

Lejos de contribuir a su desarrollo, las preocupaciones internacionales –influidas por las tesis afrocatastrofistas– raras veces permiten a los africanos expresarse sobre sus necesidades. Ya denunció esta situación Anne-Cécile Robert, para quien desde hace siglos se impone todo en el continente, desde las preguntas hasta las respuestas, consecuencia del etnocidio y epistemocidio, impuestos a los africanos a través de una violencia estructural y simbólica.

Las previsiones de los analistas en la década de los 60 daban por sentada la realización del desarrollo en África y la catástrofe para Asia oriental. Ambas zonas tuvieron más o menos un mismo nivel de desarrollo en los 50 y 60 del siglo pasado –cada una representaba en torno al 4 % de la economía mundial en 1960–, aunque África contaba con la ventaja de su enorme potencial humano y sus abundantes recursos naturales. Pero ha ocurrido lo contrario: África supone el 2 %, mientras que el oriente asiático asciende al 25 %; uno de cada dos africanos es pobre, mientras que en Asia solo lo es uno de cada 40.

Este retroceso, junto a la escasa participación en los intercambios mundiales, condujeron a un experto galo en los asuntos africanos a afirmar, a comienzos de la década de los 90, que «si África subsahariana ­desapareciera del mapa como consecuencia de un cataclismo o de una inundación, pasaría totalmente desapercibido, salvo por algunas materias primas estratégicas», ubicadas globalmente en Sudáfrica o República Democrática de Congo.

A comienzos de la década de los 60, ­René Dumont denunció el camino equivocado elegido por África al adoptar el modelo de Estado y de desarrollo occidentales y dando la espalda al campesinado extorsionado. Esta situación contrasta con los enormes recursos del continente: el 33 % de los recursos naturales, el 60 % de las tierras cultivables y el 70 % de los ríos del mundo. Es decir, el africano da la triste imagen de un hambriento sentado sobre una mina de oro.

Las causas de este relativo colapso de África, convertido en un exportador neto de capitales, se explican por tres crisis combinadas y simultáneas: la crisis orgánica (la prioritaria, dada la construcción del estado-nación en detrimento de los aspectos de desarrollo económico); la crisis estructural (el mantenimiento de economías rentistas basadas en las materias primas o las industrias extractivas), y la crisis coyuntural (la extrema vulnerabilidad y extroversión de las economías africanas). Todo ello, junto a la depredación y la cleptocracia –convertidas en sistemas de gobierno–, y por la exclusión de amplias capas de la población en la concepción y ejecución de los proyectos de desarrollo. África está enferma de Occidente y de sus propios dirigentes.
La lucha contra la pobreza debe partir de restructuraciones internas y externas. El verdadero desarrollo es el que coloca al ser humano en el centro de su proyecto; es aquel que prioriza el desarrollo de la población (salud y educación), por la población (participación en la producción y en la toma de decisiones) y para la población (mejora del bienestar y reducción de las desigualdades). Es decir, homocentrismo y sociocentrismo. África debe transformar sus recursos en riquezas y dar prioridad al made in África and for África. El desarrollo es, ante todo, endógeno y afrocentrista; debe acabar con la extroversión cultural e intelectual, así como promover la institución y promoción de la economía popular.