Antoinette Kankindi, filósofa: “La globalización trae un discurso de derechos sin deberes”

Galardonada con el Premio Harambee 2017 a la Promoción e Igualdad de la Mujer Africana, la congoleña Antoinette Kankindi comienza sus intervenciones glosando sobre el agradecimiento y el valor de la palabra ‘gracias’, algo que aprendió de su comunidad y, más en concreto, de Isaías, su padre. “Él decía que las palabras más pobres son las que empleamos para decir las cosas más importantes”, reconoce esta filósofa y profesora universitaria en Nairobi (Kenia).

 

Por Javier Fariñas Martín

[Fotografía superior: José Luis Silván]

 

¿Se siente más congoleña o keniana?
Soy visceralmente congoleña y completamente africana, por lo que me siento tan keniana como congoleña.

En la presentación del Premio ­Harambee 2017 se habló del empoderamiento de la mujer, pero en su país de nacimiento la mujer sufre enormemente. ¿Cómo vive ese contraste?
¿A qué se refiere cuando habla del sufrimiento de la mujer congoleña? No sé si a la situación moderna, de lo que se habla mucho, de las violaciones, o si está hablando de cuánto trabaja, porque el país tiene muy pocas infraestructuras y la mujer tiene que ir a buscar agua caminando para llegar a los pozos… O lo que sufre por el difícil acceso a la escolarización, porque no existen subvenciones del Estado… Si hablamos de lo primero, de las violaciones, esas cosas no son parte de la cultura congoleña. Eso lo digo muchas veces, porque de pequeña, ya desde Primaria, iba a estudiar a siete u ocho kilómetros de casa, y los primeros meses me llevaba mi padre, porque la escuela quedaba de camino del lugar donde él tenía las vacas. Pero luego iba sola, y también con mi hermana más pequeña. Después, en tercero o cuarto de Primaria, íbamos a la misión católica, que quedaba más lejos, a unos 15 kilómetros, y nunca, nunca, nadie ha levantado su dedo contra cualquiera de nosotras; e íbamos de todos los pueblos caminando muchos kilómetros. Después, para ir a la escuela secundaria, que estaba en otra ciudad, había que caminar todavía más, hasta dos días, para llegar a un lugar donde podía coger un autobús que me permitía llegar al centro. Y nadie, nunca, ha levantado su dedo contra esas niñas que tenían 12 años. Por todo esto digo que lo de las violaciones en República Democrática de Congo (RDC) es algo que se introdujo con las guerras de finales de los años 90, con la gente que participó en el genocidio de Ruanda, con los vecinos, que ya habían utilizado eso en su país y lo trajeron aquí. No es una cosa del Congo. También es algo que ha pasado en Europa, en Bosnia y Herzegovina.

¿Ha reflexionado sobre las causas de esa violencia?
La mujer tiene un papel muy importante dentro de la sociedad, por lo que cuando la vulneras a ella, todo se vulnera de forma más rápida.

Cuando los medios occidentales hablamos del sufrimiento de la mujer en RDC solemos referirnos a ese tipo de violencia. Al poner el dedo en esa llaga, ¿estamos ocultando otros dolores?
Sí, sí, sí, porque hay muchas escuelas que ya no funcionan o han desaparecido en esa zona –el este del país–, porque la población se ha dispersado, han barrido pueblos enteros, y lo que ha pasado con las mujeres de allí no se ha dicho. Pero, sobre todo, y a mí me da pena tener que decir esto, se tapan las causas de los conflictos. Nadie habla de eso. Nadie habla del saqueo de los recursos, de quién está saqueando los recursos y por qué los están saqueando ahora. ¿Por qué los medios de comunicación no investigan más a fondo esto? Si no se arreglan las cuestiones de fondo, tampoco se va a arreglar el problema de las violaciones de las que tanto se habla. Si no damos con las causas de los conflictos, nunca vamos a resolver ni la violencia contra las mujeres ni la imposibilidad de acceder a la escolarización de un modo normal en el este, en el centro o en el oeste de Congo; ni vamos a resolver el tema de la autonomía económica de la mujer. La mujer necesita mayor autonomía económica, para que pueda contribuir a los medios de vida de la familia, porque el hombre solo no es suficiente. Si no vamos a por las causas de los problemas… Y se hace mucho para taparlas.

Lubumbasi
Una mujer camina, con su hija en la espalda, por un camino cerca de Lubumbasi / Fotografía: Getty Images

En Occidente, cuando aparece África en los medios es para mostrar, en general, el apocalipsis del hambre, de la guerra, la corrupción o la miseria… ¿Los medios africanos hacen lo mismo?
Sí, porque los medios en África también están controlados por los poderes que los constituyen. Los medios están financiados por las empresas que controlan los recursos, pero también creo que las leyes del mercado influyen mucho en esto y critico esa afirmación que dice que las buenas noticias no venden y que las sensacionalistas sí lo hacen. Y yo les digo a los periodistas que si están interesados en decir la verdad, en contar lo que pasa, por qué no pueden vender las noticias buenas. Lo que pasa en los medios de comunicación aquí pasa también en los medios africanos. Hace poco un señor me preguntó por qué han fallado las políticas anticorrupción. Hay muy pocos periodistas que en África quieran hablar de por qué fallan las políticas anticorrupción.

¿Por qué fallan esas políticas en África?
Hay razones históricas, hay razones ideológicas y hay miedo. Se enfatiza en las medidas institucionales para resolver el problema utilizando políticas públicas, pero la corrupción es un problema de falta de ética personal, y no queremos enfrentarnos a la responsabilidad personal. Si no cambian las cuestiones a nivel personal, no cambiarán a nivel público. Por eso fallan las políticas institucionales, porque no están acomodadas para cambiar la mentalidad de las personas.

No es infrecuente escuchar que el problema de África es la corrupción. ¿Estamos aquí legitimados para afirmar esto?
¿Puedo hablar con sinceridad?

Sí, claro.
Creo que no tenéis ningún título para decir esto, porque hay una corrupción en África que se fomenta desde aquí. Y está allí porque ya está aquí. Es evidente que hay una especie de red de corrupción, hasta desde el punto de vista teórico. Cuando nos apoyamos tanto en la democracia liberal, que es tan individualista, acabamos con un cierto relativismo que lleva aparejada siempre algo de corrupción. El sistema político que adoptamos va creando más espacio para la corrupción. Por eso creo que aquí no tendríais solamente que acusarnos, sino que tendríais que averiguar hasta qué punto contribuyen los modelos que importamos de aquí a fomentar la corrupción en África.

El discurso no es halagüeño.
A mis alumnos les gusta pensar que hemos tenido un héroe en Mandela, y les digo que tienen que buscar los discursos cuando salió de la cárcel. Si no me equivoco, se le preguntó si era difícil cambiar el mundo, a lo que respondió que era más difícil cambiarse uno mismo y que cuando uno cambia, entonces está preparado para cambiar el mundo. Y eso requiere valentía.

¿Es más difícil cambiar el mundo o el corazón de una persona?
Es muy difícil cambiar a uno ­mismo porque estamos en una cultura, a la que ya aludía Víctor Frankl, a la que le gusta mucho distraerse. ¿Por qué nos gusta tanto distraernos, el entretenimiento? Porque estamos como huyendo de enfrentarnos con nosotros mismos. Por eso es difícil cambiar uno mismo, porque estamos en una cultura que no quiere pararse para ver qué pasa ahí adentro. ¿Quién soy yo aquí? ¿Qué quiero hacer? ¿Por qué lo quiero hacer?

África está importando los modos occidentales de ejercer la democracia, como también las consecuencias de la globalización. ¿Puede esto hacer que las sociedades africanas pierdan lo mejor de sí?
No es que haya miedo, es que ya ha pasado. Existe el riesgo de poner en la misma cesta todos los ingredientes, y es bueno hacer distinciones. La cultura occidental sigue teniendo la capacidad de civilizar, porque el mundo occidental llegó a conceptualizar la racionalidad y un concepto de naturaleza que es válido para todas las culturas, algo que han llegado a hacer con la filosofía griega. Lo que dicen Platón y Aristóteles es muy similar a lo que dice Confucio en el mundo chino, pero Confucio no lo tiene tan conceptualizado como los griegos. Me gusta leer a Platón, porque escribe como hablan los viejos de mi tierra. A esa conceptualización de la racionalidad y de la naturaleza, los romanos le dieron otra vuelta hasta establecer un sistema de derecho del que nos seguimos sirviendo todavía. Y la cristiandad occidental hizo una interpretación de todo esto que era todavía más universal y podía hablar a todas las culturas. Eso se ha perdido de algún modo en Occidente mismo. Ese es el peligro, ese es el problema que trae la globalización, porque ya no tiene valores que hablan a todo el mundo, sino que trae imposiciones que, además, violan los principios de las sociedades donde se arraiga. La globalización trae una especie de colonización más dura que la del siglo XIX. Ahora, ¿tenemos algunos oasis de resistencia contra ello? La verdad es que no muchos. En la ­gente ­normal no hay tanta resistencia, sobre todo entre los jóvenes.

¿Qué es lo más dañino que está trayendo la globalización?
Un discurso de derechos sin deberes. Un feminismo radical que cambia la identidad de la mujer. Y, al hacerlo, también interfiere en la identidad del hombre. Un democratismo que habla de una igualdad que es imposible de conseguir, pero que además viene con un individualismo que ciega a la gente que no puede ver las necesidades de los demás. Nos encerramos cada vez más en el yo, en mis intereses y dejamos a muchos fuera. Lo que pretende la democracia, que es la igualdad, provoca la exclusión de mucha gente; por eso, incluso el desarrollo económico trae más desigualdad que los sistemas tradicionales, y eso es preocupante.

En África, sin querer hacer una generalización, mantienen con cierto vigor el valor de la familia, de la solidaridad o de la acogida. ¿Están más preparados para frenar esto?
No lo sabría decir. Lo único que pienso es que tenemos una sociedad mayoritariamente rural y, por tanto, muy poco comunicada con el exterior, factor que nos salva de eso. Además, está el asunto de no tener nada de superfluo, lo que hace que cada uno se siga preocupando por los demás. Esto, de algún modo, es lo que nos protege, aunque no sé hasta cuándo.

 

Kibera
Un hombre pasa por delante de un muro en Kibera, uno de los suburbios más poblados y conocidos del continente africano / Fotografía: Getty Images

 

Antes mostraba amargor ante la falta de buenas noticias en los medios de comunicación. ¿Qué espera de las previsibles futuras elecciones en RDC y de los inminentes comicios en Kenia?
No sé lo que va a pasar en RDC, pero lo que ocurra en mi país está orquestado desde fuera. Hay demasiados intereses económicos que determinan qué tipo de poder se necesita allí, y sobre esto no puedo decir más. En torno a lo que va a pasar en Nairobi… No me gusta opinar sobre política, pero sí me gustaría que los medios en Kenia pudieran reflejar la madurez que va adquiriendo el pueblo, que tiene más libertad de expresión que antes. Me gustaría que los medios reflejaran ese crecimiento progresivo que va experimentando el pueblo. Respecto a Congo, me gustaría que los medios reflejen cómo sobrevive el pueblo congoleño sin un poder político, porque hay un vacío político, y la gente sale adelante, y sacan adelante a sus familias, sin un poder establecido. Goma es un bullicio de vida que no interesa nunca a los medios de comunicación.

Hemos conocido movimientos ciudadanos en Burkina Faso o Gambia donde la ciudadanía, con matices, ha logrado cambios inesperados de Gobierno. ¿Cree que va apareciendo un pueblo cada vez más convencido de su papel en la sociedad?
A los medios siempre les interesan los movimientos de masa, pero no el ciudadano corriente. Los medios y algunos organismos no gubernamentales que trabajan en el campo de los derechos humanos están definiendo a la sociedad civil de un modo ‘estrecho’, porque asocian estos grupos con las manifestaciones con pancartas por las calles, pero detrás hay todo un pueblo del que no se habla. Hay que hablar no solo de lo que se ve, sino de todo ese iceberg.

A pesar de esa invisibilidad, ¿cree que la ciudadanía es consciente de que tiene un papel relevante en la gobernabilidad de su país?
En Kenia, sí. En RDC, no lo sabría decir.

¿Cómo percibe eso?
Se percibe en cómo el pueblo ha ­reaccionado después de lo que pasó en 2007. En conversaciones con la gente, son conscientes de que hubo una manipulación muy grande y no quieren ser manipulados otra vez. Me encantaría ver que algún periodista sacara a algún ciudadano corriente diciendo eso. Llevo a mis alumnos a trabajar a los grandes ­suburbios. Aquí es donde van los políticos, porque como esa gente no tiene nada les tiran un poco de dinero para que les voten. Y quiero que algún periodista hable con esa gente para que les digan que si los políticos quieren ir a tirar su dinero, allí lo van a coger, pero no les van a votar porque no son manipulables. Es un trabajo que hay que hacer.

Es usted crítica con los medios.
No. No me gusta criticar por el mero hecho de criticar, lo que quiero es provocar un interés para presentar la otra cara de la vida. Los medios tienen un poder tan grande, tan grande, que lo pueden utilizar como quieran.

Discrepo. Los que tienen poder son los que mandan en los medios.
Eso lo veo en África también. Los periodistas tienen las manos atadas, y por eso dicen las cosas como las dicen. Pero aquí, como podemos hablar con sinceridad… Por ejemplo, me duelen los estereotipos, que todo en África se estereotipe todo el tiempo. Esto sucede en los medios, pero ya lo hicieron antes los antropólogos. Me gustaría avanzar y salir de esos tópicos. Me gustaría contribuir mínimamente en esto, por eso trabajo en el campo de la legitimidad política, la relación entre la familia y la polis, la manera de rescatar el valor de la política… Esto es una cuestión que se puede hablar desde el contexto africano, porque no hay patria sin familia, y el mundo global no es una familia porque no tiene familias, y no interesan las familias. Es más, hay una parte de la globalización que quiere destruir la familia, por consiguiente, no deja espacio ni a patria ni a soberanía.

 

Antoinette Kankindi, con Teresa de Borbón, en el acto de entrega del Premio Harambee 2017 / Fotografía Álvaro García Fuentes

 

¿Qué lugar ocupa la mujer en la gobernanza en África?
Con África en un mundo global, la mujer tiene que ocupar profesio­nalmente cualquier lugar para el cual esté capacitada. Si puedo enseñar Ética y Filosofía Política lo voy a hacer mejor que cualquier hombre, aunque no se trate de competir con nadie. A nivel profesional, la capacidad y el mérito me colocarán en el lugar para el que estoy preparada. Esto igual que los hombres. Pero, ¿hemos llegado ahí? No, todavía no. En el ámbito social, dentro de la familia, su identidad femenina construye más y mejor. Hay que hacer esa distinción porque si no la hacemos no vamos a poder construir la sociedad correctamente. Por tanto, repito, en el nivel profesional, puedo llegar donde mi capacidad me lleve, tengo que ocupar cualquier lugar para el que estoy preparada y tengo la competencia. En el nivel social, en la configuración de la sociedad, es donde mi identidad femenina saca toda su potencialidad para configurar la sociedad. En esto no hay igualdad entre el hombre y la mujer, hay complementariedad, y me gusta mucho insistir en ello, porque si no hay complementariedad vamos a competir, y cuando competimos no construimos juntos, sino que destruimos.

¿Se puede equiparar identidad femenina y feminismo?
Si por feminismo se entiende el interés para lo que la mujer es y puede hacer, sí. Pero si el feminismo es esa igualdad con el hombre para superar al hombre, ahí ya tengo reservas.

Se dice que si la mujer africana dejara de trabajar un solo día, el continente se detendría.
Es verdad, pero trabajando como mujeres, que son el pilar de la sociedad. Si quitas el pilar a una casa, si quitas la piedra central de una casa, no se sostiene. Es así de sencillo.