Democracia, ¿qué democracia?

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Es uno de los economistas africanos de moda, responsable de las relaciones del continente con la UE y uno de los padres intelectuales de la Zona de Libre Comercio Continental. En una reciente entrevista a Jeune Afrique, Carlos Lopes contribuía a alimentar un debate de múltiples aristas: «Podemos tolerar –en África– un poco de autoritarismo, pero ya no habrá más tolerancia para la ineficacia».

¿La democracia, tal y como la hemos desarrollado en Occidente, es el mejor sistema para África? Hay naciones que han logrado un notable nivel de desarrollo, y de distribución de la riqueza, con modelos de gestión y gobierno que, vistos desde la perspectiva europea, estremecerían a los defensores de la libertad. Miles de africanos miran hoy con envidia a la Ruanda controlada con mano de hierro por Kagamé. Su desarrollo es incontestable, como también que se trata de un régimen policial en el que los ciudadanos son vigilados con lupa.

Vendido como un mal menor para superar el genocidio, esta explicación se queda corta.
Claro que hay regímenes con una notable libertad de expresión en los que la alternancia es pacífica y la participación ciudadana está garantizada, democracias «modernas», donde la economía crece y se percibe el aroma de la emergencia. Incluso en estos países hay derrapes liberticidas inquietantes. Pero esas mismas críticas se podrían plantear en España o en EE. UU. y nadie pone en cuestión el estado de salud de su «democracia».

Las culturas y sociedades africanas no nacieron ayer. Hay formas de organización, de relación entre unos grupos y otros, que nacieron mucho antes que nuestros alabados regímenes parlamentarios. La Carta Fundacional del Imperio de Malí, de 1235, recogía las normas básicas de convivencia en el seno de un vasto territorio. Los vínculos de amistad, dependencia, sumisión o buena fe entre los mandes y los tamashek, o entre dioulas y manjacos, alumbraron rutas comerciales, mestizaje y complejos sistemas de gobierno.

Esclavitud y guerras también, no era un paraíso roussoniano, pero ¿dónde sí?
Esa herencia no se puede despreciar ni olvidar. Está aún presente en muchos rincones de África. Sus pueblos creen en estos viejos modos, que han funcionado. Ahora, en una economía y un mundo global, ¿pueden valer? Lopes lo expresa de otra manera, pero él cree que sí. Adaptándolos, respetando la enorme diversidad interna de lo que hoy son los estados-nación de África, aprendiendo a convivir con nuevas realidades emergentes panafricanas, privilegiando el diálogo frente a la violencia, la ciudadanía frente a la tribu.

Para ello hacen falta políticos decididos, respetuosos con la ley pero firmes en la defensa de los intereses de sus ciudadanos. Se necesita más a Abiy Ahmed o a Akufo-Addo que a Obiang o Biya. La muerte de Mugabe nos recuerda que nadie es eterno y que todo dirigente es capaz de lo mejor y lo peor. S0lo una sociedad civil fuerte podrá favorecer lo primero y frenar lo segundo, incluso forzando la caída del sátrapa, como en Sudán. Pero también que sean los hombres y mujeres africanos quienes decidan cómo quieren gobernarse. Ya lo están haciendo.

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