Duelo París-Moscú sobre la hierba de Malí

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La filtración y posterior confirmación de las negociaciones entre una empresa de seguridad rusa perteneciente al opaco conglomerado Wagner y el Gobierno de transición maliense para la contratación de mercenarios en la lucha contra el yihadismo ha supuesto un terremoto político y diplomático en el Sahel. Las relaciones entre París y Bamako, una de las claves en el despliegue de fuerzas galas en la zona, nunca se habían deteriorado tanto en la última década, y las réplicas del seísmo han hecho tambalearse a la estructura de seguridad saheliana frente a una amenaza real y en pleno auge como es esa nebulosa a la que llamamos terrorismo islamista.

Rusia muestra desde hace años un enorme interés en recuperar parte de la influencia perdida que tenía en África en tiempos de la Unión Soviética. Sus empresas de seguridad, vinculadas de una manera u otra con Vladimir Putin y el poder en el Kremlin, son la pica en Flandes perfecta. Ya desplegadas en RCA o Libia, por citar algunos ejemplos, han sabido construir un relato apoyado en dos pilares, su eficacia y su falta de escrúpulos con los derechos humanos y la vida de la población civil.

Pronto se cumplirán diez años desde el estallido de la rebelión tuareg que, con el sostén yihadista, puso contra las cuerdas al débil Ejército maliense y amenazó con la creación de un Afganistán bajo las barbas de Europa. Solo el despliegue de las fuerzas francesas, primero Serval y luego Barkhane, pudo frenar su avance. Sin embargo, la respuesta militar gala y de sus aliados europeos en el Sahel ha fracasado: los resilientes grupos yihadistas del norte de Malí se reorganizaron, extendieron su actividad al centro del país, Níger y Burkina Faso y hoy son dueños y señores de amplios territorios rurales donde imponen su ley. Más aún. Son una alternativa al Estado.

Tras el doble golpe de Estado del coronel Assimi Goïta, Malí ha dejado de ser un socio fiable para el Elíseo, que ha virado hacia Níger como nuevo gran aliado en la zona. La reducción de tropas de Barkhane, anunciada para finales de este año, ha sido el argumento usado por Bamako para justificar su giro hacia Moscú, pero detrás del mismo están su necesidad de encontrar nuevos socios y las expectativas rusas por medrar en África. Por eso Francia y la UE han reaccionado con hostilidad ante un posible despliegue de mercenarios rusos en Malí, porque supone una pérdida de influencia en un Estado débil, pero central en la estrategia de defensa en el Sahel.

Macron y Occidente harían bien, primero, en admitir su fracaso. Cierto es que Barkhane ha desarticulado grupos y asesinado a decenas de yihadistas, pero poco se entiende este fenómeno si se sigue pensando que la respuesta es solo militar. Matar a yihadistas o seguir intentando –con escaso éxito hasta ahora– la reforma del Ejército maliense no acabará con un problema cuyas raíces se alimentan de la pobreza, el abandono y la injusticia. Tampoco ayuda el amenazante tono trufado de neocolonialismo usado por Macron. En esta pelea de elefantes entre París y Moscú, una vez más, será la hierba la que sufra.

Fotografía: Annie Risemberg / Getty

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