El colonialismo francés, en retirada

14/12/2018

Por Omer Freixa

Aniversario de la creación de la Comunidad Francesa
En 2018 se han cumplido 60 años de la celebración de un referéndum en las colonias francesas en África que vinculaba su futura relación con la metrópoli. Se esperaba un mero trámite, pero dos años después Francia salió del continente.

El 28 de septiembre de 1958 fue un día decisivo en la historia de las posesiones francesas al tener lugar un referéndum por el cual cada área dependiente, según lo establecido en la Constitución de la Comunidad Francesa (fundada ese año), podía optar por seguir o no perteneciendo a dicho intento de reformulación (y preservación) del imperio colonial francés. Frente a un «sí» abrumador, solo una colonia, Guinea, liderada por Sékou ­Touré (nieto de un caudillo que resistió la ocupación colonial décadas antes), optó por el «no» y rompió con la Comunidad. La respuesta francesa fue de castigo, de retiro de todo tipo de relación y apoyo con el nuevo Gobierno. Pero esa negativa provocó una reacción en cadena para que más tarde, en 1960, Francia abandonara sus posesiones en el África ­subsahariana.

 

Cambios profundos

Tras el final de la II Guerra Mundial, y después de padecer la ocupación alemana, algo debía cambiar en las relaciones entre Francia y sus posesiones para garantizar la continuidad de la presencia colonial. Los francofricanos habían aportado su cuota de sangre en los campos de guerra europeos, junto a otros sacrificios, y demandaban algo a cambio. Mientras tanto, en materia externa, las superpotencias se mostraban reacias a la conservación de territorios coloniales, lo que influyó en el movimiento por la Francia Libre de Charles de Gaulle (en la imagen con Léopold Sédar Senghor) , el cual prometió cambios profundos en la política francesa antes del final de la guerra. Condensando lo anterior, así surgió la Declaración de Brazzaville, en 1944, vista como el inicio del fin del dominio galo en África, aunque al comienzo, y de forma algo tibia, el documento rechazaba toda idea de autonomía.

No obstante, surgida de la declaración, apareció la decisión de conferir cierto grado de participación africana en la política colonial francesa, lo que fue plasmado en la Constitución de la IV República, que estableció la Unión Francesa en 1946. Destacaba como novedad el envío de varios delegados africanos a la Asamblea Nacional de París –algo que estuvo mucho tiempo restringido a las comunas senegalesas– y la extensión de la ciudadanía francesa generalizada en todos los territorios de la Unión. Sumado a los cambios, en 1946 se eliminó la detestable institución del trabajo forzado.

A nivel regional, se formó un gran partido nacionalista africano que integró agrupaciones de las distintas colonias de la región occidental francesa, el Rassemblement Démocratique Africain (RDA), fundado en Bamako. Más tarde, en 1956, la Ley Marco dispuso que cada territorio dentro de la Unión tuviera autonomía interna, cercenando de algún modo el esfuerzo conjunto en pos de la liberación y balcanizando los movimientos del África occidental francesa.

Léopold Sédar Senghor, el gran referente senegalés, se opuso enérgicamente a esa ley. En resumen, todos los cambios posibilitaron que por primera vez las demandas francoafricanas tuvieran peso y voz en el desarrollo de la política metropolitana, por lo que a finales de la década de 1940 ningún líder del África ­occidental francesa hablaba aun de independencia.

 

Comienzo del fin

En 1958 el Gobierno de la V ­República ofreció el referéndum antedicho. Empezada la votación, solamente la sección guineana del RDA, el Parti Démocrate de Guinée, liderado por Touré, optó por el «no». Atravesando el temporal impuesto por un boicot francés al país, este territorio marcó en 1960 el camino a los demás en el África francesa, influido por el dirigente marfileño Félix Houphouët-Boigny, quien tuvo sus diferencias con el otro gran referente del bloque francoafricano, Senghor. Con todas las independencias de ese comienzo de década, la Comunidad Francesa estuvo sentenciada a muerte, aunque París reforzó lazos militares y financieros con sus antiguas posesiones, conservando una poderosa influencia. En otras palabras, constituyó el principio de lo que hoy se conoce como la Françafrique. Hasta 1965 Francia mantuvo 20.000 tropas en África subsahariana, que retiró parcialmente a partir de ese año.

Pese a que el final de este proceso fue pacífico, un factor disruptivo que aceleró la descomposición de la Comunidad (y también de la precedente Unión) fue el desgaste ocasionado por dos guerras de liberación que Francia debió afrontar en Indochina (1946-1954) y Argelia (1954-1962). Una forma de resistir la presión fue conceder dos independencias en el norte de África. Una, la de Marruecos (junto a España), y otra la de Túnez, ambas en 1956. Lo ocurrido en Argelia alcanzó una gravedad inusitada, como toda gesta independentista, en la que se vieron envueltos colonos, los pied-noirs, en su mayoría ciudadanos franceses trasladados a la otra orilla del Mediterráneo durante generaciones. Fue el peor caso del continente (al igual que lo fue Kenia para los británicos) y tuvo un impacto decisivo en la presencia francesa de ultramar. Argelia desde muy temprano fue considerada un territorio metropolitano más, aunque separado por razones geográficas.

Cuando De Gaulle visitó Guinea, casi un mes antes del referéndum, Sékou Touré lo recibió con un discurso en el que se lee: «El África negra no es diferente de cualquier otra sociedad o pueblo. Siguiendo nuestros propios caminos, tenemos la intención de ir hacia nuestra felicidad». No pasó mucho tiempo hasta que la Guinea francesa tomara esa determinación. En su discurso, Touré prosiguió: «Nuestro corazón, nuestra razón, además de nuestros intereses más obvios, nos hacen elegir, sin vacilación, interdependencia y libertad en esta unión, en lugar de definirnos sin Francia y contra Francia».

El desarrollo de los hechos contradijo la intención de esta última declaración. A fin de cuentas, ni siquiera se constituyó una Comunidad Francoafricana compuesta por Estados soberanos e iguales, como pregonó ese día, aunque la necesidad del vínculo entre la metrópolis y sus excolonias prosiguió. Esto último constituye otro aspecto que el líder guineano enfatizó ante el político y militar francés. Este último respondió a Touré que confiaba en que Guinea diría «sí» en el referéndum. Pero su optimismo no le permitió ver la realidad. Ni la Unión ni la Comunidad Francesa permitieron salvar el imperio colonial francés en África.