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Por María Ángeles Fernández, desde Canarias.
La visita de León XIV a Canarias nos ha dejado la imagen de un pontífice y de una Iglesia que miran de frente a una de las grandes heridas de nuestro tiempo, una realidad que a menudo permanece oculta tras la frialdad de las cifras.
León XIV llegó a una de las principales puertas de entrada a Europa, una frontera donde cada cayuco que alcanza la costa encierra una historia de sufrimiento, valentía y esperanza. Canarias se ha convertido en un lugar donde miles de personas ven terminar una travesía incierta y comenzar otra llena de interrogantes. Pero también es una tierra que, en palabras de Mons. José Mazuelos, obispo de Canarias, «ha demostrado tener la cintura ancha para acoger».
En los dos días que duró su visita, el Papa encontró una Iglesia que lleva años trabajando junto a los migrantes. Una Iglesia que no suele ocupar titulares, pero que acompaña, escucha, alimenta, orienta y sostiene a quienes llegan con lo puesto tras haber dejado atrás la pobreza, la violencia o la falta de oportunidades.
Comprender la migración que llega a Canarias exige mirar hacia África. Hacia Senegal, Mauritania, Gambia, Malí…, hacia regiones castigadas por la pobreza, la inestabilidad política, la violencia o la ausencia de horizontes para los más jóvenes. Caya Suárez, secretaria General de Cáritas Canarias, describe la migración africana como una decisión forzosa e involuntaria. Señala, con pesar, lo que tantas veces ha escuchado a los propios inmigrantes: o se arriesgan a morir en el viaje o mueren en su país. La responsable de Cáritas insiste, además, en otro aspecto poco visible: el «duelo migratorio». Porque migrar no supone solo desplazarse físicamente. Significa romper con la familia, con el idioma, con las raíces y con todo aquello que conforma la identidad de la persona.
A menudo, cuando las embarcaciones alcanzan las costas canarias, la travesía no ha terminado. Comienza entonces otro viaje más silencioso: el de la adaptación a una cultura distinta, el aprendizaje de una nueva lengua y la reconstrucción de una vida lejos de quienes quedaron atrás.

Frente a esta realidad, la Iglesia, tanto en la Diócesis de Canarias como en la de Tenerife, ha desarrollado una amplia red de proyectos que intentan responder no solo a la emergencia inmediata, sino también a los procesos posteriores de integración. Se trata de favorecer que las personas puedan construir una vida autónoma. Así, la labor va desde la atención de las necesidades básicas hasta el acompañamiento jurídico, la regularización administrativa o el acceso al empleo, además de acompañar a las mujeres, a los menores y a la población reclusa.
En el caso de aquellos que ingresan en prisión, muchos de ellos acusados de ser patrones de las embarcaciones que arriban en Canarias, tampoco cuentan con redes familiares ni apoyo social. La pastoral penitenciaria, coordinada en la Diócesis de Canarias por el misionero claretiano P. Dionisio Rodado, y en la que participa un buen número de profesionales y voluntarios, intenta cubrir necesidades como facilitar la comunicación con las familias a través de algo tan sencillo, pero para ellos inalcanzable en ocasiones, como una llamada telefónica. También, a través de la Asociación Rehoyadas, los acompañan en los procesos de reinserción una vez que obtienen alguno de los permisos penitenciarios o son puestos en libertad. Salir de la cárcel y volver a la sociedad no es fácil. Tener que hacerlo sin una familia que te acoja, en un país extranjero del que tal vez no conoces ni la lengua, se antoja una tarea más que complicada.
El tema lingüístico es una de las principales dificultades con las que se encuentran las personas migrantes que llegan desde África. Es básico que puedan comunicarse. Para ello se han puesto en marcha proyectos como Sansofé, en el que un numeroso grupo de voluntarios imparte clases de español en el Seminario de Tenerife, situado en la localidad de La Laguna. Los visitamos un sábado por la mañana. En las pizarras de las aulas están escritos los nombres de todos los alumnos. Aquí nadie es anónimo. Samba es de los más veteranos y se nota que se mueve por el edificio con soltura. Nos cuenta que su objetivo inmediato es aprender bien español, conseguir trabajo y poder enviar ayuda económica a casa. «Soy hombre de familia y tengo que ayudar a mi familia». Pero también expresa algo significativo: después de recibir apoyo, él mismo quiere ayudar ahora a otros jóvenes migrantes. Desconocemos si conoce el significado de la palabra «referente», pero estamos convencidos, por su actitud y sus ganas, de que sabe que lo es para los chicos que acaban de llegar. Como reconoce, si él fue capaz de aprender español, todos los demás pueden y deben hacerlo. Quizá de eso dependa su futuro. Con su mirada firme y segura parece decir que el que ha llegado hasta aquí jugándose la vida no puede andar con medias tintas, ha venido a darlo todo.
Los inmigrantes llenan tres aulas dedicadas entre semana a formar a los futuros sacerdotes. Allí no se imparten solo clases de gramática, sino que es un espacio de acogida emocional y cultural. Los profesores lo tienen claro: sus alumnos necesitan algo más profundo que aprender vocabulario. Necesitan sentirse mirados, escuchados y acompañados. El aula se convierte así en un lugar donde recuperar la confianza y comenzar a comprender la sociedad en la que intentan integrarse.

Uno de los aspectos más complejos del fenómeno migratorio aparece cuando los menores tutelados alcanzan la mayoría de edad. Suso González, delegado de Migraciones de Tenerife, relata con pesar cómo la mayoría llegan a las costas canarias «absolutamente desorientados». Con frecuencia, son trasladados de una isla a otra sin conocer ni sus derechos ni su situación jurídica. Hasta los 18 años cuentan con cobertura institucional, alojamiento y manutención. Pero al alcanzar la edad adulta quedan fuera del sistema de protección y pasan a una situación de extrema vulnerabilidad. Es en ese momento cuando muchos corren el riesgo de quedar atrapados en la exclusión social.
Para responder a esta realidad surgieron los llamados «corredores de hospitalidad». El objetivo consiste en conectar a estos jóvenes con diócesis y comunidades de la península que puedan ofrecerles acogida, acompañamiento personal, formación, oportunidades laborales y, sobre todo, la posibilidad de pertenecer a una comunidad. Quienes trabajan en el ámbito de las migraciones insisten en que la integración no se consigue solo con recursos económicos. Hace falta cercanía, tiempo y relaciones humanas estables. Así, no son pocos los jóvenes que encuentran el primer lugar donde vuelven a sentirse esperados por alguien en una parroquia, una familia de acogida o un grupo de voluntarios.
Pero la Iglesia también pone en marcha recursos para que los jóvenes se queden en la isla. Con toda probabilidad, una de las iniciativas más innovadoras es el Proyecto Ben, impulsado por la Delegación de Migraciones de la diócesis nivariense. El nombre del proyecto tiene una fuerte carga simbólica. Como nos cuenta Arancha Méndez, responsable del Programa de Movilidad Humana de la Diócesis de Tenerife, la palabra «ben», procede de términos vinculados a antiguas lenguas aborígenes canarias; también tiene raíces árabes y hebreas en las que significa ‘hijo de’. El mensaje es claro, todos somos hijos de alguien y todos somos hijos de Dios.
Entre las estrechas y empinadas calles de Santa Cruz de Tenerife se encuentra este hogar que acoge a cuatro jóvenes. Porque no es solo un recurso asistencial convencional. Es, sobre todo, un hogar. Los voluntarios prepararon la vivienda «como si fuera para sus propios hijos». Y así nos reciben, en su casa, con la mesa preparada para tomar un refrigerio y presentarnos a la familia. Bacar, uno de los que vive aquí desde hace unos meses, llegó en patera en 2023. En un español aún en mantillas, nos cuenta que quiere estudiar algo relacionado con los derechos humanos y describe el proyecto como «una gran oportunidad». A su lado está Mohamed. Acaba de celebrar su 19 cumpleaños. Hace apenas unos meses, tras cumplir la mayoría de edad y salir del centro de menores, pasó un tiempo viviendo en la calle. Ahora quiere estudiar la ESO, trabajar y ayudar económicamente a su familia, mientras intenta construir una vida tranquila en Canarias. Le toca preparar la comida y se le nota cierta inquietud, porque los periodistas nos estamos alargando y no quiere descuidar la responsabilidad que ese día tiene en casa. Antes de despedirse y meterse entre los fogones, se detiene un rato a hablar con una de las voluntarias del hogar que después nos cuenta que Mohamed le ha preguntado si lo de grabar con una cámara también se estudia. Quizá en la mañana de ese sábado a este joven se le empezó a abrir un nuevo camino que explorar.
Y detrás de todos estos proyectos aparece siempre el papel del voluntariado. Personas mayores, jóvenes, consagradas, profesionales e incluso familias enteras que dedican buena parte de su tiempo a preparar comidas y ropa limpia, a acompañar a una cita médica o a una entrevista de trabajo. Pero, sobre todo, a escuchar y estar presentes. Resulta difícil encontrar una iniciativa de acogida en Canarias donde no aparezcan ellos. Son la cara menos visible de esta labor y, sin embargo, constituyen su auténtico corazón. Mientras las instituciones diseñan programas y las administraciones gestionan recursos, son los voluntarios quienes ponen nombre y rostro a cada historia.
Historias de dolor y esperanza que durante estos días ha podido conocer el Papa de primera mano, cumpliendo así también el deseo de su predecesor, Francisco. Con su presencia, León XIV ha puesto el foco sobre una realidad que suele permanecer en las fronteras de nuestras preocupaciones más inmediatas, pero que tiene miles de rostros y nombres únicos e irrepetibles. El de Samba esforzándose por aprender español para ayudar a su familia. El de Mohamed imaginando un futuro que hace apenas unos meses parecía imposible. El de los internos extranjeros que intentan reconstruir su vida tras salir de prisión. El de los voluntarios que cada semana vuelven a las aulas, a los centros de acogida o a las prisiones sin esperar reconocimiento alguno. Y el de una Iglesia que, en medio de la frontera atlántica, sigue empeñada en recordar que nadie debería sentirse extranjero cuando lo que busca es simplemente un lugar donde vivir con esperanza.
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