El microcosmos africano en el asfalto de Adís Abeba

06/11/2018

[En la imagen superior, Zamar Alí, refugiada yemení de 26 años y profesora de inglés, obligada a huir de su país. Fotografía de Sara Cantos]

 

El Servicio Jesuita a Refugiados, presente  en la capital etíope.

 

Texto y fotografías Sara Cantos

 

Etiopía es el segundo país de África que más refugiados acoge, con más de 800.000 en su territorio. La mayoría son víctima de conflictos bélicos, persecuciones o catástrofes naturales. En su capital, Adís Abeba, hay un único centro para personas refugiadas que representa el microcosmos de algunos de los problemas que desangran al continente.

Un un gran patio al aire libre varios jóvenes juegan al voleibol, al ­pimpón y al futbolín. Otros solo miran y guardan turno. Alrededor hay pequeños grupos de más edad charlando con aparente tranquilidad. Algunos toman un té. En la zona de la izquierda, varios niños pequeños se revuelven en el regazo materno, otros curiosean entre un columpio y un tobogán y el resto juegan entre ellos. En apariencia podría ser un espacio público de una ciudad cualquiera. Sin embargo es el patio del único centro para refugiados urbanos de todo Adís Abeba, capital de un país que es el sexto mayor receptor de migrantes del mundo, y segundo de África, por detrás de Uganda.

Las heridas generadas por los conflictos más graves que azotan África tienen acomodo en este ­patio. La mayoría de las personas que acuden cada día proceden de Eritrea, Somalia, Sudán del Sur, Sudán o República Democrática de Congo. Unos tuvieron que huir empujados por la guerra civil, otros por el terrorismo de Al Shabab, la persecución, el servicio militar vitalicio o la sequía. «¿Cómo podemos decirles que no entren y devolverlos a la guerra, la violencia o al hambre?», exclama Eyesus Mulugeta, director de este centro comunitario gestionado por el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS, por sus siglas en inglés) en colaboración con la fundación Entreculturas.

La realidad de las cuotas de acogida y reubicación de refugiados en Europa no le entra en la cabeza a Mulugeta. Mucho menos el exiguo porcentaje de cumplimiento de las mismas, denunciado por Oxfam, máxime cuando la mayoría de refugiados del planeta son acogidos en países en desarrollo. Para argumentar su asombro expone un ejemplo práctico. En las instalaciones para refugiados del JRS, que funciona como centro de día, «aplicamos una política de puertas abiertas y atendemos y ofrecemos los mismos servicios a todas las personas refugiadas por igual». Eso sucede en una ciudad como Adís Abeba, donde el número de refugiados urbanos «es muy elevado y difícil de calcular porque muchos no constan en ningún registro oficial, pero todos somos hermanos», resuelve Mulugeta tirando de solidaridad. Esa perspectiva aperturista sobre la acogida y la gestión de las fronteras se extrapola al Gobierno etíope, cuyo territorio acoge actualmente a 889.400 refugiados según el informe Tendencias Globales 2017, publicado el pasado 19 de junio por ACNUR. Según este documento, Etiopía es el noveno país del mundo en cuanto al número de refugiados acogidos en su territorio.

 

Unos jóvenes juegan al futbolín en el centro comunitario gestionado por el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Adís Abeba. Fotografía: Sara Cantos

 

Etiopía encara un crecimiento económico importante que se hace visible en su PIB, en el bum de la construcción que llena de andamios las calles de la capital, y en la mejora de las infraestructuras de transporte y comunicación; incluso en regiones montañosas alejadas de los núcleos urbanos. También se ha convertido en un epicentro diplomático para el este de África y de muchas instituciones y organismos internacionales que han establecido su sede en Adís Abeba. Pero, sobre todo, Etiopía se ha erigido en el vecino pacífico del convulso Cuerno de África. Mantiene a raya todos los conflictos que cercan la región aunque sus fronteras con países inestables como Sudán y Eritrea, o fallidos como Somalia y Sudán del Sur, lo ha convertido en la casa de acogida de varios cientos de miles de africanos y se prevé que a finales de 2018 alcance la cifra de un millón.

«Cada nacionalidad tiene su problema. Los eritreos huyen de un estado opresor y del servicio militar obligatorio de por vida; los somalíes del terrorismo de Al Shabab, la violencia y la sequía atroz; los sudaneses de la violencia, la inseguridad y el hambre; los sursudaneses del conflicto violento y la hambruna que están asolando y vaciando el país… son los que peor están», resume Mulugeta. A su lado asiente con la cabeza Neway Alemayenu, otro responsable del centro, mientras hablamos en el sencillo despacho que comparten en las instalaciones del centro del JRS. «¿Y los yemeníes?», pregunto. Sin pertenecer al continente, la cercanía geográfica ha provocado que un importante flujo de yemeníes haya buscado cobijo en Etiopía huyendo de los bombardeos, la hambruna y el cólera. Tras unos segundos de silencio, los dos opinan lo mismo: «Lo de Yemen es terrible. Podríamos decir que ahora mismo los mayores dramas se pueden estar viviendo en Sudán del Sur y Yemen».

 

 

Unos niños disfrutan del columpio en el patio del centro comunitario gestionado por el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Adís Abeba. Fotografía: Sara Cantos

 

Educación y deporte

Zamar Alí juega al tenis de mesa en el patio. Tiene 26 años, es de Yemen y conoce en primera persona la crisis humanitaria que asola su país. Esta joven profesora de inglés se vio obligada hace cuatro años a cambiar los libros y las clases a niños por la pala de pimpón. Ahora es ella la que recibe talleres y clases y la que en lugar de enseñar inglés imparte lecciones magistrales en este deporte. Vence a todos sus rivales, jóvenes refugiados como ella. Se deja la piel en cada punto y acapara la mirada de varios chicos que guardan fila para jugar. Es de Al Hadida y cuenta que aunque hasta 2015 no comenzaron los bombardeos «desde mucho antes ya era muy difícil vivir allí, era muy peligroso quedarse y no había futuro ninguno».

Huyó con su familia, que también vive en la capital etíope. Desde entonces acude con regularidad al centro y se ha aficionado al pimpón: «Me ayuda a no pensar y me entretiene», alega. «Pero también aquí aprendo, me divierto y conozco a gente». Preguntada por la actualidad en su país, el cambio en la la expresión de su cara lo dice todo. «Muy triste», sintetiza. Está al corriente de los acontecimientos que suceden y lamenta el infierno que está padeciendo la sociedad civil, depositaria del horror de la guerra. Hace unos años no se imaginaba las cotas de destrucción que asediarían Yemen ni el brusco cambio de rumbo que daría su vida. «En Adís Abeba puedo vivir, la gente me trata bien, pero no es la vida que te imaginas cuando estás estudiando en la universidad. Mi deseo es poder volver algún día a mi país».

El deporte, la educación y el entretenimiento son las tres patas que soportan la filosofía del JRS. Son las vías para gestionar el drama vital de cada migrante y ayudarles a tejer el cordón umbilical con la nueva sociedad a la que llegan. «Lo que hacemos es contribuir a su integración hasta que puedan retornar a sus ciudades, que es lo que quiere la mayoría», apunta Mulugeta. Funciona como un centro de día. No pueden dormir, pero sí pasar el día y hacer talleres, cursos, deporte… Abre por la mañana bien temprano y cierra sobre las cinco de la tarde. Dentro de ese horario pueden estar el tiempo que quieran y participar en las actividades que se programan, las cuales combinan formación y ocio. En la actualidad hay clases de inglés, informática y música, pero periódicamente se imparten otros talleres de diferente temática dentro de un programa permanente de educación para adultos, además de clases para jóvenes y niños. «Se trata de ayudar a los refugiados urbanos –que normalmente viven en precarias condiciones de vida– a integrarse en la sociedad y que tengan oportunidades», añade Alemayenu.

Aparte de la formación y el entretenimiento, el JRS facilita apoyo psicosocial, información y orientación sobre ayudas y recursos a los que pueden tener derecho, y un servicio para la realización de trámites legales y sociales. «Muchas veces tienen que hacer trámites con la Administración para poder tener una ayuda o una oportunidad del tipo que sea, y desde aquí le ayudamos a hacerlo». En definitiva, les procuran oportunidades educativas, acompañamiento psicosocial y actividades lúdicas.

En el patio de este multicultural centro de día, el voleibol es el deporte rey. Chicos y chicas juegan un partido y otros miran y animan. «Hay muchas nacionalidades, culturas y religiones mezcladas y no siempre la convivencia es fácil», asegura el director. Se llevan mejor quienes guardan más elementos en común. «Etíopes, eritreos y sudaneses suelen congeniar y tienen buena relación», ponen de ejemplo los coordinadores del centro.

 

Dos hombres pasan el tiempo jugando a las damas. Fotografía: Sara Cantos

 

Refugiados urbanos

En Occidente cunde la imagen que asocia a una persona refugiada con la vida en un campamento en una zona rural o en una extensión de tierra alejada de cualquier ciudad. Sin embargo, el número de refugiados que llegan a las ciudades también crece aunque su forma de vida es más desconocida y pasa más desapercibida. «Los refugiados urbanos sobreviven silenciosamente en la gran ciudad, muchos en situación irregular. Encaran limitaciones de acceso a servicios básicos y oportunidades de empleo, sufren prácticas discriminatorias y diferentes formas de violencia», afirman los responsables del JRS en la capital etíope.

Viven en contextos donde los servicios sociales, sanitarios y otros servicios básicos no están a su disposición. Entre los obstáculos a los que se enfrentan están la falta de información y de documentación legal, el desconocimiento de los derechos y obligaciones, las barreras idiomáticas y culturales, la discriminación activa y la impunidad ante los delitos cometidos contra ellos. No suelen tener el amparo de una ONG y, en esencia, su existencia se difumina en la espesura de la gran urbe. Todo ello motivó años atrás a JRS y Entreculturas a abrir un establecimiento permanente en Adís. «Era necesario y una deuda histórica, teníamos que ayudar a los desplazados que llegaban a la ciudad pero también devolver la acogida que otros países nos dieron a los etíopes en el pasado».

 

 

Eyesus Mulugeta y Neway Alemayenu son las almas y responsables de este oasis en el asfalto de la capital etíope. Fotografía: Sara Cantos

 

Los Jesuitas, desde los 80

Aunque el JRS comenzó a prestar asistencia en África del Este en los años 80, fue en 1990 cuando se establecieron de forma estable en la región y a mediados de esa década se implantaron de forma estable en Adís Abeba enfocando esfuerzos hacia los refugiados urbanos que no vivían en campamentos alejados de las urbes sino en la capital. «Eran años de grandes éxodos en países del entorno», relatan. Coincidió con el genocidio ruandés, con las guerras en la región de los Grandes Lagos y con miles de sudaneses que huían hacia Etiopía y Uganda. La actualidad geopolítica no dista tanto del pasado reciente del Cuerno de África. En Sudán, Sudán del Sur y Somalia los conflictos armados internos continúan y miles de personas se ven obligadas a huir de sus países mientras que otras se han desplazado internamente. En Eritrea la represión y la persecución que ejerce el Estado dictatorial sobre los ciudadanos va en aumento, al igual que el éxodo hacia la vecina ­Etiopía, donde según JRS, solo en Adís Abeba hay más de 20.000 eritreos. Por otro lado, las elecciones que han tenido lugar en los últimos años en Uganda, R. D. de Congo, Ruanda, Burundi o Kenia han provocado, según diversas denuncias de Amnistía Internacional, «el incremento de los abusos contra los derechos humanos» y, de forma especialmente llamativa, la represión de la libertad de expresión.

A consecuencia de los desplazamientos forzosos en el entorno, Etiopía acoge en la actualidad a unos 300.000 sursudaneses, según cifras de ACNUR, que representa el grupo mayoritario. Le siguen, más de 250.000 somalíes, más de 150.000 eritreos, 40.000 sudaneses, más de 3.000 kenianos y unos 10.000 refugiados de países como la R. D. de Congo, Yemen, Burundi o Yibuti.
En este contexto en el que la migración obligada escala sin tregua, Etiopía se revela como pieza fundamental para mantener las costuras del Cuerno de África. Al argumento humanitario para la acogida, Mulugeta suma las razones diplomáticas. «Hay que acoger también por razones diplomáticas. Hay que darles formación y ayudarles a que se recompongan para que el día que puedan volver a sus hogares contribuyan a levantar su país. Así les ayudamos y tenemos la garantía de que nuestros países vecinos también serán nuestros amigos».

El modelo de acogida del Gobierno de Etiopía hace que más del 90 por ciento de los refugiados vivan en los campos que hay repartidos por la geografía del país. Las instalaciones del JRS de Adís Abeba representan una excepción. En el patio, un grupo de mujeres charlan junto al futbolín. Como ellas, 300 personas acuden cada día a coser sus heridas y mirar hacia adelante en el asfalto de Adís Abeba.