El Titanic en Mbaiki

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Por Mons. Jesús Ruiz, obispo de Mbaiki

Me ha costado traducir el concepto de ecología al sango. Mi amigo Mosés me invitó a su parroquia de Fátima para clausurar el X Foro parroquial, que este año estaba dedicado a este tema, en el que han participado 80 jóvenes.

Aquí, en República Centroafricana, mi país de acogida, la gente no ha oído casi hablar de este concepto tan de moda en nuestra cultura occidental. Aquí están ocupados en otros temas de primera necesidad como es comer una vez al día… y sobrevivir, que no es poco. Como alguien me dijo una vez, «para qué nos vamos a ocupar del futuro de nuestro país, si probablemente no llegaremos a verlo. Lo que nos importa es el presente, el hoy, sobrevivir».

Aquí, casi nadie ha oído hablar de calentamiento de la Tierra, del deshielo de los polos, de la deforestación y de la desaparición de las especies, de los desastres naturales que se avecinan… De casualidad, esta semana leí un artículo en español donde se decía que en los próximos 20 años los niños que más van a padecer el calentamiento global serán los de República Centroafricana, Chad y Níger. Ellos, que no han oído nunca hablar de este problema mundial; ellos, que son los que menos daño han hecho a la Tierra –en República Centroafricana no contaminamos apenas, ya que casi no hay industria– son los que, según ese artículo, más sufrirán el cambio climático.   

Durante la misa de clausura del Foro, en la que participaron unas 2.000 personas debajo de los árboles, les he hablado de por qué no hay makongos, unos gusanos preciados en nuestra gastronomía, en nuestras selvas; por qué las aguas de los ríos están contaminadas desde la llegada de las empresas chinas que extraen el oro; por qué la fauna mayor está desapareciendo de nuestro país; por qué las lluvias han cambiado y ahora pasamos de un calor extremo a unas inundaciones inauditas… ¿Por qué? ¿Por qué? Estamos destruyendo esa casa común tan preciosa que Dios construyó para nosotros.

Les he explicado el ejemplo del Titanic, donde había cinco pisos –a decir verdad, no sé cuántos había–: en nivel inferior estaban los trabajadores con el carbón en la sala de máquinas; en la primera, los que emigraban a América buscando un futuro mejor; en el segundo nivel, los que tenían un estatus social y comercial más alto; en el cuarto, funcionarios y altos dignatarios; y en el quinto, la nobleza. Cuando el barco se hundió, los primeros en ahogarse fueron los del sótano. Poco a poco, los otros fueron ahogándose hasta llegar a la nobleza, que tuvo el lujo de ahogarse bajo la música de los violines… Pero también ellos se ahogaron. La Tierra es la casa común, y lo que hacen los del piso de arriba afecta a los del piso de abajo. Los pobres, como dice el papa Francisco, son los que van a pagar una factura más alta.

La clausura del Foro me ha servido para proponerles un itinerario ecológico en tres etapas. La primera de ellas debe servirnos para abrir los ojos ante la belleza que nos regala la naturaleza, disfrutar de ella, dar gracias y, a través de esa contemplación, conectar con Dios. Sin la admiración de lo creado no hay ecología posible.

En segundo lugar, debemos hacer pequeñas cosas juntos para proteger y cuidar la creación. Si muchas pequeñas personas hacen muchas pequeñas cosas en muchos pequeños pueblos… se puede cambiar la faz de la Tierra. Contra un espíritu de grandeza que no nos corresponde, hay que apostar más bien por lo pequeño… Y esto, todos juntos. Ha sido precioso ver que en el Foro, organizado por la parroquia de Fátima, participaron seis musulmanes, tres protestantes y jóvenes de diferentes parroquias. Son pequeñas cosas que hacemos unidos: plantar árboles, no tirar plásticos al río ni al suelo, no hacer fuego en la selva, no cortar los árboles milenarios, ni matar indiscriminadamente a los animales con sus crías…

Por último, como tercer punto de ese itinerario, debemos denunciar todo lo que destruye nuestra casa común: las empresas madereras que están talando sin piedad este segundo pulmón de la humanidad que es la cuenca del Congo donde vivimos; denunciar a las empresas de extracción de oro que contaminan nuestros ríos; denunciar la caza furtiva que está acabando con la fauna del país… Hace 20 años, las mujeres de Bangui encontraban la leña para el fuego del hogar a 10 kilómetros, hoy tienen que ir hasta el kilómetro 30, y mañana tendrán que recorrer 50 kilómetros. Hay que denunciar todo esto, y aquí me dirijo a los funcionarios y hombres de Estado que están participando en esta eucaristía.

¿Cómo es posible que en Europa una persona consuma unos 300 litros de agua diarios, y aquí, que estamos rodeados de ríos caudalosos por todos los sitios, no tengamos agua potable?  Hay que denunciar todo lo que destruye nuestra casa común.

Después de una misa de tres horas, hemos entregado los diplomas a los participantes en el Foro, que se pasaron la mañana juntos, musulmanes y cristianos, limpiando de plásticos el mercado del PK-5. Los jóvenes me han regalado un árbol para que lo plantara en el patio de la parroquia. Allí he ido, equipado de mitra y casulla, con los monaguillos y los curas a plantar el árbol. Cuando he visto el agujero que habían cavado, de apenas 20 centímetros, me he quedado un tanto parado. Pero allí lo he plantado y regado con abundancia. «Estamos en tierra buena», me he dicho.


Fotografía: Jesús Ruiz

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