Ken Bugul, escritora senegalesa: «La ética es el nuevo orden mundial»

[Fotografía superior: Iván Rojo Fibla]

Enérgica, divertida, incisiva, optimista o crítica. Estos calificativos definen a la escritora senegalesa que, tras triunfar con la crudeza de varias novelas autobiográficas, decide sumergirse en la presión social que sufren los migrantes que regresan a su país, tanto de forma voluntaria como aquellos que son expulsados.

 

Acaba de compartir mesa de debate en lugares tan dispares de la geografía española como Móstoles, A Coruña y Murcia, durante el Festival Nómada de Cultura Africana Harmatán que, en su primera edición, se ha centrado en el papel de la mujer africana dentro y fuera del continente.

El nombre Ken Bugul («persona de la que nadie quiere saber nada», en wolof), explica ella misma, es de uso corriente en Senegal. Con él se denomina a las niñas que nacen tras la muerte súbita o después del fallecimiento prematuro de las que habrían sido sus hermanas, porque «ni si quiera la muerte las quiere». Asegura que quiere apropiarse oficialmente del nombre porque, a sus 70 años, asegura que «vivo y escribo como quiero, nada me afecta, ni siquiera la muerte. Estoy preparada. Cuando estamos en esa posición de libertad total, no de desorden, desprenderse de todo es posible».

 

Fotografía: Joan Tusell

¿Qué ha querido transmitir en el Festival Harmatán?

La mujer y África era el tema del encuentro, pero hay muchas Áfricas y muchos tipos de mujeres en el continente. Hablamos mucho sobre las personas migrantes. La emigración de África hacia Occidente no representa ni un 1 % de la masa que migra, pero cuando eres negro se te ve rápidamente, no pasas ­desapercibido. Los migrantes económicos buscan mejorar las condiciones de vida en sus países, están bien en sus casas, pero las dificultades económicas les hacen partir. En África, las mujeres cada vez son más autónomas y se implican en los procesos generadores de ingresos. Si se dieran visados, la gente no se quedaría en Europa, trabajarían y se irían. La libre circulación de personas reduciría la presencia de personas migrantes que quieren quedarse.

 

¿Por qué no preferirían quedarse?

Donde mejor estamos es en nuestra casa, y eso es válido tanto para los africanos como para los europeos. Por la cultura, el ambiente, los sabores, la nostalgia de la cocina… Si no hubiera visados, no se arriesgaría la vida en el desierto, ni se moriría en Libia, donde los migrantes son tratados como animales. Miles de personas han muerto intentando atravesar el Mediterráneo. Y los que fracasan acaban en centros de detención, como si fueran prisioneros. Sé que es difícil de solucionar, porque la UE, con 27 países, tiene que adoptar una política común, y tiene un visado Schengen que afecta a todos.

 

¿Cuál es la solución?

Abrir las fronteras. Trabajarán y se irán, es lo que pasaba antes entre Senegal y Francia. Mejoraban su calidad de vida, compraban comida, enviaban a sus hijos a la escuela, con el tiempo abrían un comercio que les permitía quedarse, y después dejaban de emigrar.

 

¿Qué le interesa en estos momentos? ¿En qué centra su escritura?

El regreso. La gente expulsada que debe volver a su casa. Es una tragedia. Hay expulsados y personas que regresan de forma voluntaria. Se puede tener los papeles, pero no los medios para regresar, o querer volver y no poder hacerlo. Porque cuando regresas tienes que traer algo o te rechazan. Se les expulsa sin nada. He visto cómo en el aeropuerto Charles de Gaulle de París la policía intentaba embarcar a un joven que se agarraba a todo lo que podía, a las barras, a los asientos. La gente no se imagina que le espera una tragedia. Muchos se trastornan, y algunos se suicidan. Las imágenes que recibimos de Europa son siempre buenas, todo el mundo es feliz, hay tiendas; igual que de África solo se muestra lo negativo, todo el mundo tiene el sida, el Ébola, sufre hambruna… Pero no todo es así. En África somos pobres, pero en Europa hay miseria y la soledad por la desigualdad social. Y de eso no hay imágenes.

 

La mujer es un tema recurrente en la obra y en la reflexión de Ken Bugul. Varias mujeres en un campo de desplazados internos en Nigeria. Fotografía: Getty

 

¿Cómo ha trabajado sobre las personas que regresan?

He conocido a los que pasan por la experiencia de la expulsión, y a los que tienen los papeles y regresan sin nada. Escogí el caso de una persona que vuelve tras siete años en Europa. Sus padres han muerto y ha sufrido múltiples humillaciones. La novela se titula Vila 73 porque en total hace 73 transferencias de dinero a su tío para construirse una casa, pero su familiar se lo gasta mientras le hace creer que se la están haciendo. El tío hacía fotos de terrenos con casas de otra gente, y el protagonista estaba muy contento con esas fotos, que guardaba, y seguía enviando dinero. Pero cuando regresó a su país, la casa no existía. Por eso, muchos acaban sufriendo neurosis, se vuelven locos, se suicidan o incluso vuelven a irse, pero esta vez su vida ya no les importa nada, ni si mueren en el desierto o en el Mediterráneo…, es atroz.

 

¿No hay que confiar en la familia?

La familia es muy importante, los hermanos de sangre, el padre… Y los que vienen del campo no son capaces de desconfiar o de pensar que quizás sea mejor gestionarlo ellos mismos, porque las necesidades y tentaciones son altas. La educación es fundamental, y la formación todavía más, porque puedes regresar sin nada, pero al menos tienes un oficio.

 

¿Cómo reacciona el personaje?

Al principio estaba hundido, pero hago que se encuentre con dos personas, un migrante de Oriente Próximo, un sufí espiritual, para mostrar que no solo hay migrantes refugiados de guerras o conflictos; y con un mendigo francés, un sin techo, que tuvo problemas con la justicia por razones políticas, y fue detenido y humillado en su país. También pasa por Tarifa, porque es un lugar que me encanta. Como había aprendido el oficio de fontanero, en el centro de detención resuelve un problema en la instalación. Lee mucho. Y acaba pensando: «Esa casa me ha pertenecido porque cuando recibía las fotos pensaba que era mía». Y como tiene una profesión, siempre puede volver a empezar. En su mochila lleva sus utensilios de fontanero y un libro porque, como he comprobado en los talleres de escritura que imparto, la cultura, alimentar el espíritu, puede ayudar a gestionar las dificultades de la vida.

 

Una calle de Dakar, la capital de Senegal. Fotografía: Getty

 

El aprendizaje del sufrimiento…

Quiero que el lector comprenda la importancia de la presión de la familia. Incluso el joven que no quiere partir es humillado a diario porque el hijo del vecino se ha ido y envía cosas. Algunos se van no para ir a Francia o España, sino para dejar de sentirse humillados. Es el problema de sentirse mal que explico en el libro, no es una necesidad económica ni es porque son pobres.

 

¿Qué ha significado para usted su primer libro, Le baobab fou?

Me sigue gustando mucho. De hecho, escribí un libro para explicar las condiciones en las que escribí Le baobab fou, porque fue mientras vivía en la calle. En 1978, cuando regresé a Senegal, fui rechazada por no volver como Montecristo. Retorné porque no podía soportar seguir viviendo allí, estaba psicológicamente desestabilizada, sufrí acoso de género. Y cuando llegué, en lugar de encontrar apoyo, solo me preguntaban si había traído algo. Escribí ese libro para explicar el sufrimiento por el que pasé. Ahora, cada día, me sigo levantando temprano y necesito andar varias horas por la calle antes de empezar la jornada, incluso cuando viajo. 40 años después me sigue gustando estar en la calle. Aller et retour es un libro urbano que habla de los edificios, su historia, hace referencia a la situación político social desde antes de las independencias, las mutaciones socio-culturales. Todo eso mientras caminaba por la calle.

 

¿Qué poso le ha quedado del tiempo que vivió en la calle? ¿Qué ha aportado a su escritura?

Me gustaba la noche, cuando no había nadie, sin coches. La calma, los edificios silenciosos, los bancos cerrados, ese silencio. Estaba cara a cara conmigo misma. Y eso me permitió reflexionar sobre la gestión de mi propia existencia. Sin atarme a un hogar, a una familia, a amigos, a una religión. Pude romper con el sentimiento de pertenencia que encierra a la gente. Creo que lo que limita es pensar y decir: «Soy católico, soy judío, soy musulmán…, mi familia, los domingos comer en casa de mis padres».

 

¿Qué es para usted la identidad?

Empecé a reflexionar sobre la cuestión identitaria por el color de mi piel. Cuando llegué a Europa me di cuenta de que era negra. También por la condición de ser mujer, la victimización. Porque, que yo sea una mujer es algo circunstancial, lo soy por mis atributos y rasgos femeninos, pero no quiere decir nada, es solo algo hormonal. Tengo amigos que han tomado hormonas para convertirse en mujeres o se han sometido a operaciones… Un hombre se puede convertir en una mujer. En la calle aprendí que no debía encerrarme, ni pensar que «como soy negra, me ha pasado esto o lo otro». No fue por ser mujer por lo que conseguí una beca para ir a Europa. La noche me ha permitido trabajar la cuestión identitaria en relación al individuo, al ser humano. Quiero vivir libre y hacer lo que me de la gana. No quiero esperar.

 

¿Por qué dejó la calle?

Estaba agotada, por eso me caen muy bien las mujeres de la calle. Si no tienes fuerza mental estás perdida, porque es muy duro. Entré en un tren de mercancías y volví a mis orígenes absolutos sin que el problema por el que huí estuviera resuelto. Cuando llegué a la aldea, mi madre me dijo que me fuera porque la gente decía que estaba loca. Ahí, fue cuando encontré al morabito, la autoridad religiosa, que tenía la edad de mi padre, y que luego sería mi esposo. Fue como un renacimiento. Tenía cuatro mujeres legítimas y otras en acogida, porque eran mujeres expulsadas por la sociedad senegalesa: una que estuvo casada y no tuvo hijos, las jóvenes viudas que se considera que traen mala suerte, o a las que se acusa de brujas y están amenazadas de muerte.

 

Y se convirtió en la número 28.

Sí, durante los pocos meses que vivió. Con él completé mi investigación identitaria respecto al individuo, y fui capaz de dejar a un lado mi condición de mujer, negra, joven, moderna… Lo que importa son los momentos que pasas con cada uno, como seres humanos. Sigo llevando una foto suya en mi maleta para contarle cómo me las apaño.

 

¿Qué es para usted la vida?

Comenzar a vivir, porque aún no he empezado. Y empezar a escribir, porque todavía no lo he hecho. Es ahora cuando comienza todo, por eso estoy siempre nerviosa, impaciente por vivir. No me gusta dormir demasiado, porque tengo la impresión de estar perdiendo el tiempo. Todo me apasiona.

 

¿Senegal evoluciona? ¿Se puede hablar y escribir con libertad?

Sí, absolutamente, incluso en el campo, porque los migrantes envían dinero y mejoran el nivel de vida. En la ciudad se concentra en el extrarradio. Hay una resiliencia que provoca que en las grandes ciudades de África la creatividad surja en la periferia: los músicos, los movimientos ciudadanos, las iniciativas, la imaginación. Pero aún queda mucho por hacer, porque los Estados no siguen a la sociedad civil y es esta la que busca soluciones.

Hace tres años, en un encuentro celebrado en Canarias, le dijeron que pidiera un deseo para África y usted dijo: «Que la dejen tranquila». ¿Es ese el gran mal del continente?

Exacto. Decidles a la Unión Europea, a Occidente, que dejen de explotarnos, de contaminar nuestros deltas y ríos. Ya no podemos plantar para comer, y cuando los activistas se revelan, les llaman terroristas. Dejadlo ya, tened un poco de ética. No podéis venir a contaminar, explotar, destruir, vaciar aldeas… La próxima guerra en África no será por el coltán, sino por la obtención de las tierras raras. Si las cosas van mal en África, irán mal en todas partes. No es posible parar la emigración con misiles o bombas. Lo que no quiero para mí no lo quiero para el prójimo. Si no, será el caos. En África no hay problemas, solo se buscan ­soluciones.

 

¿Quién liderará este cambio?

Las nuevas generaciones. Lo están demostrando poco a poco. Ya existe esa toma de conciencia del pueblo. Gracias a las mujeres que han querido mejorar sus condiciones de vida, enviado a sus hijos a la escuela, y han dejado de contar con sus maridos cuando les fallan. Soy optimista con el continente africano. Y espero que las nuevas generaciones occidentales también empiecen a reaccionar.