La tramoya de los libros

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30/09: Día Internacional de la Traducción

La divulgación de la literatura africana en nuestro país se debe, en buena medida, a la labor de traductores y traductoras. Algunos de ellos han hablado con MUNDO NEGRO acerca de una profesión que no debe permanecer en la sombra.

Gran parte de los mundos que construimos a partir de las obras literarias que guardamos en nuestras bibliotecas personales o que esperan la elección del lector en las de carácter público es posible gracias a la labor del traductor». El presidente de la Asociación Colegial de Escritores de España, Manuel Rico, esbozaba en el Libro Blanco de los derechos de autor de las traducciones de libros en el ámbito digital, el alma de un colectivo poco conocido y de difícil delimitación.

Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2019 había en España 8.404 personas dedicadas a la traducción e interpretación. De ellos, una parte no contabilizada y con un perfil difícil de precisar se dedica a la traducción de literatura africana que, salvo excepciones, tiene todavía mucho que crecer entre las preferencias de los lectores españoles. «Más allá de los grandes nombres, de Chimamanda, que acapara mucho; de Mia Couto…, cada vez aparecen más autores. Cuando voy a una librería y veo un montoncito de ejemplares de un autor africano me digo: “Bueno, está aquí a un ladito, pero está”», afirma Alejandra Guarinos, traductora de los marfileños Venance ­Konan y Fatou Keïta.


Chimamanda Ngozi en la Feria del Libro de Fráncfort, durante la presentación de Americanah. Fotografía: Frank Rumpenhorst / Getty



El descubrimiento

En los años 80 del siglo pasado, Malika Embarek conoció en Asilah al escritor marroquí judío Edmond Amran El Maleh, que le regaló un ejemplar de su primer libro, Parcours immobile. La obra la fascinó. Se puso en contacto con el arabista Fernando de Ágreda, que estaba trabajando en una antología de literatura marroquí, y se postuló para traducir un fragmento. Eran los tiempos del repiqueteo de la máquina de escribir. «Una tarde, mientras revisaba, se me nubló la vista. Pensé que era efecto del típex. Pero no, era simplemente llanto. Lloraba mientras leía la línea recién corregida que evocaba al último judío de Esauria. Si tras haber leído y releído el texto mi traducción me emocionaba, es que podría funcionar». En 1989 se publicó la traducción de la obra de El Maleh con el nombre de Recorrido inmóvil. «A partir de ahí me dediqué a la traducción literaria y, sobre todo, a gran parte de la obra de Tahar Ben Jelloun», admite.

El vínculo de Embarek con la traducción, que arrancó indirectamente con el regalo de un libro, no es, desde luego, el habitual. El eslabón que une el original literario con la mesa del traductor suele zigzaguear entre la necesidad de trabajar, la trayectoria de quien traduce o la simple coincidencia.

NoViolet Bulawayo, con Necesitamos nombres nuevos. Fotografía: Anthony Devling / Getty


Autores desconocidos

Que la obra literaria de Ng˜ug˜ı wa Thiong’o se conozca en español se debe, en gran medida, a que una pequeña editorial, Zanzíbar, apostó por crear una colección de clásicos africanos. Y ahí, en esa lista, debía estar el keniano. Era 2007. Marta Sofía López comenzó a trabajar en la obra de un autor que «era prácticamente desconocido en España, más allá de los foros africanistas». Además de Wa Thiong’o, la traductora también ha volcado al español obras de ­Chinua Achebe, Ama Ata Aidoo o Ayi Kwei Armah.

Para Iballa López, Bajo las ramas de los udalas era la obra de una completa desconocida, la escritora de origen nigeriano Chinelo Okparanta. López recibió el manuscrito después de haber traducido Explicación de la noche y Rosa Déluge, del togolés Edem Awumey.

Acostumbrada a la traducción del francés, con la novela de Okparanta tuvo que cambiar al inglés, «pero cuando el editor me la propuso y la leí, lo tuve claro». Para acometer esta traducción contó con el bagaje de la lectura de algunos de los autores nigerianos más seguidos de los últimos años: Chimamanda Ngozi Adichie, Helen Oyeyemi, Teju Cole, Chigozie Obioma o ­Uzodinma Iweala. Y lo que se encontró fue «con una prosa de aparente sencillez. Okparanta trata con suma habilidad temas tan complejos como el de la identidad, las relaciones maternofiliales, el amor, el matrimonio, la maternidad y el peso de la religión y las tradiciones en la sociedad nigeriana», señala la traductora.

A la sencillez de estilo también alude Carlos Milla Soler cuando se le pregunta por Americanah, de Chimamanda Ngozi, una de las novelas africanas más leídas de los últimos años. Milla Soler abordó allá por 2013 su traducción. Además de una historia sobre la identidad y los ­desarraigos, el traductor reconoce un estilo alejado de la pompa: «La literatura, al menos la occidental, ha evolucionado tanto que casi toda obra adolece de cierto grado de alambicamiento. Incluso los textos más francos y directos rezuman cierta pretensión, cierto deseo de impresionar. Eso con Chimamanda no pasa». Traductor de autores irlandeses, canadienses, británicos, indios, estadounidenses o australianos, la nigeriana ha sido hasta ahora la única firma africana que Milla Soler ha volcado a nuestro idioma.

El vínculo profesional con la literatura del continente vecino es también limitado en el caso del poeta y diplomático Guillermo López Gallego. Con precisión señala que el liberiano Bai T. Moore es «el primer y único» autor africano cuya obra ha pasado por su mesa. Sin embargo, los vericuetos que hicieron posible esa traducción añaden valor a esta relación con Asesinato entre las yucas, que empezó a acercar a nuestra lengua por iniciativa propia en 2011, durante una baja por enfermedad. Después «pasé varios años intentado encontrar una editorial interesada en publicar mi traducción». Hasta que llegó La Umbría y La Solana. Entre aquellos apuntes originales y la edición que apareció con el sello de la editorial transcurrieron cerca de ocho años. El traductor lo explica: «La revisión del texto y la redacción de la introducción y las notas fueron una labor larguísima, porque no acababa de decidir cómo ordenar las prioridades».

No era para menos. Asesinato entre las yucas es una de las obras más destacadas de la literatura liberiana. «Es una buena introducción al país. Es la forma más cómoda de descubrir o volver a un país fascinante, hecho de tensiones que Bai T. Moore refleja. Dicho esto, creo que, además, es una buena novela», señala Guillermo López.


Tahar Ben Jelloun detrás de un ejemplar de la traducción al alemán de su obra Elogio de la amistad. Fotografía: John MacDougall / Getty
La lengua y los temas

La mayoría de la literatura africana traducida al castellano procede del inglés o del francés, las lenguas coloniales impuestas en las que se ha completado el grueso de la producción literaria continental. Uno de los que se desmarcó de esa corriente fue Ng˜ug˜ı wa Thiong’o, reconocido como uno de los mejores escritores africanos contemporáneos. En 1977, una década después de publicar Un grano de trigo, el autor decidió «despedirse “de la lengua inglesa como vehículo de escritura de mi teatro, mis novelas y mis cuentos”». Así lo recuerda Marta Sofía López, que ha traducido varias obras del keniano. Entre ellas, la citada Un grano de trigo, que narra los cuatro días que condujeron al país a la independencia. Por ese posicionamiento personal, buena parte de la obra literaria de Wa Thiong’o está escrita en gikuyo. Para llegar a nuestras librerías, primero es el autor el que protagoniza un extraño caso de autotraducción al inglés. Y de ahí, llega a manos de los profesionales. Esto le ha permitido alcanzar a un público mucho mayor que si hubiera dejado su teatro o su narrativa en la lengua que aprendió en su comunidad. López se detiene en esta coyuntura: «Ng˜ug˜ı tiene un compromiso muy claro con las lenguas africanas en general y con su lengua materna en particular, y el hecho de utilizarla como medio de escritura responde a su voluntad de llegar al mayor número posible de compatriotas, para muchos de quienes el inglés no es necesariamente la lengua de uso habitual».

La escritora Nella Larsen hizo que Helga, la protagonista de Arenas movedizas, utilizara un inglés estándar en la novela. Sin embargo, en medio del relato también aparece el black English, con la consiguiente complicación para la labor traductora, «porque no hay traducción y te tienes que inventar una jerga que, a ser posible, no suene a nada reconocible», explica Pepa Linares, traductora al español de Larsen. Algo parecido le ocurrió a Guarinos con Amanecía, de Fatou Keïta, «porque debía trasladar la jerga callejera marfileña, y aquellos diálogos fueron muy costosos. Pero luego me gustó, porque aparece de forma natural el abismo que hay entre los ricos riquísimos de estos países y la pobreza más absoluta en la que vive la mayoría de la población».

Cada escritor o escritora, cada traductor o traductora, despliegan sus virtudes en un escenario voluble y cambiante. Marta Sofía López destaca que «cuando un escritor utiliza conceptos y palabras en su lengua madre lo hace de forma deliberada para invitarnos a adentrarnos en su mundo, en sus circunstancias históricas, en su forma personal y cultural de entender al ser humano y la sociedad».

Este reto, el de plasmar en un idioma diferente una idea o un giro que encaja a la perfección en la lengua materna del autor, es común para los profesionales de la traducción, aunque para sortear esa dificultad cuentan con un amplio instrumental. Malika Embarek habla del «uso de calcos, préstamos, glosario, notas a pie de página, uso de la cursiva, transliteraciones, traducción literal, transposición, modulación, equivalencia, adaptación, expansión, reducción, compensación…». A Guillermo López le interesa mucho utilizar «otros recursos muy castellanos que, a menudo, los traductores olvidan y que están desapareciendo de la lengua escrita, como los ­diminutivos, los superlativos o los giros coloquiales, así como trasladar palabra por palabra alguna expresión sorprendente que recuerde al lector que está observando otra cultura a través de la cerradura». Ahormando estas ideas, Embarek concluye que «la principal herramienta, en mi opinión, es la sensatez para dosificarlas».

Se trata, en definitiva, de abrir la puerta, a través de la lengua, a otra cultura, otra forma de ver la vida y de escribir sobre ella. «Cuando una obra se traduce, se expande, adquiere una nueva dimensión, se inserta en el tejido literario de la lengua a la que se ha traducido. Un pedazo de la cultura de origen se traslada a la cultura de destino, y la gente que lee la obra empieza a asimilarla, a interesarse por ella», apunta Carla Bataller Estruch, traductora de seis obras de Nnedi Okorafor, a cuyo argumentario añade otra carga de profundidad Marta Sofía López: «Es obvio que el traductor es un cocreador que transita entre lenguas y mundos, y del que se debe esperar más que la mera competencia lingüística».

El traductor Guillermo López Gallego. Fotografía cedida por él.
Algunos retos

Volvamos a Manuel Rico. «El traductor es el garante de la calidad transferida, del temblor mágico si lo hay en la original, de la sequedad realista, de la carga irónica, de la intencionalidad sarcástica, de la intensidad de las emociones, de la capacidad envolvente de los climas, del cromatismo de los paisajes, de la complejidad del pensamiento, de las sutilezas que pasan, incólumes, de un mundo idiomático a otro, de las emociones y de las decepciones. Es un creador con todas las consecuencias, cuya labor principal es acompañar a otro creador, el escritor, en el viaje de sus obras por el mundo».

Con trayectorias más o menos dilatadas, con procedencias diversas y diferente formación académica, el reto de los traductores pasa por dar respuestas a la enumeración que hace Rico. Iballa López, que apenas lleva seis años en la profesión, reconoce que «los problemas estrictamente lingüísticos, como los juegos de palabras, el humor, los usos dialectales, las jergas, pueden suponer un desafío para el traductor. Sudo la gota gorda con la última fase de revisión, cuando me enfrento a esos escollos que parecen insuperables o a frases que se me resisten».

Pepa Linares coincide en el diagnóstico y en la actitud: «La traducción es un problema del traductor. En cada página nos encontramos un problema casi irresoluble. Hay momentos en que odiaba a Nella Larsen por la dificultad de la traducción». El traductor de Americanah, Carlos Milla, no duda en reconocer que todo ese proceso «implica una continua fricción con el texto y, por tanto, cierto desgaste». Eso sí, López Gallego confiesa que le gusta mucho «encontrar solución a los problemas de traducción. Dar con la mejor manera de trasladar un juego de palabras, un refrán, una frase hecha, una expresión ambigua». Alejandra Guarinos, con Robert y los Catapila, de Venance ­Konan, se tuvo que enfrentar a infinidad de conceptos que ahora maneja con precisión y soltura, pero que entonces no eran más que una sucesión de dolores de cabeza. «Un ñame, ¿qué es un ñame? Las nueces de cola, ¿qué es una nuez de cola?, ¿qué aspecto tiene?, ¿por qué ofrecen una nuez de cola? Pasé más tiempo investigando lo que estaba traduciendo que en el proceso real de traducción».

Las novelas de Nnedi Okorafor, ambientadas en la Nigeria de la que procede la autora, mezclan leyendas, elementos culturales, mitos o acontecimientos históricos en una trama en la que no escasea la ciencia ficción. Carla Bataller advierte que «mezclar elementos fantásticos con otros propios de la tradición africana supone todo un reto. A menudo pueden aparecer elementos que, a simple vista, podrían ser inventados y, por desconocimiento, el traductor podría malinterpretar un término o una escena».


El escritor marfileño Venance Konan firma ejemplares de su libro Endless Argument en una librería de Abiyán. Fotografía: Issouf Sanogo / Getty


Los matices de la literatura

En cualquier caso, la dificultad discurre en paralelo a la calidad del autor. Algo que no se debe confundir con la –a veces engañosa– disquisición entre lo sencillo y lo complejo. De eso sabe Sonia Tapia quien, con más de 30 años de experiencia y 200 volúmenes traducidos, se ha enfrentado por primera vez a la literatura africana con Necesitamos nombres nuevos, de la zimbabuense NoViolet ­Bulawayo. «Su estilo es engañosamente sencillo. Parece muy simple, pero lleva un gran trabajo detrás», explica. A la riqueza de Bulawayo se unió la dificultad de que era su primera novela traducida al español. «No es una responsabilidad que sea la primera o la decimoctava obra publicada del autor. Lo único es que si se trata de la decimoctava y no he traducido nada antes del autor, me suelo leer algo». A esta práctica, habitual entre los traductores, también se refiere Carla Bataller a partir de su experiencia: «La mejor forma de documentarse para traducir una obra de Okorafor es leyendo a la propia Okorafor».

«Los buenos escritores, por muy bien que escriban, siempre son difíciles de traducir», explica Pepa Linares, «porque cuanto mejores son, los personajes son más complejos y hay más detallismo en las descripciones». Esto se plasma en detalles que, para alguien desaprensivo con los matices, pueden pasar desapercibidos. Nella Larsen, obsesionada con la identidad, también lo estaba con hacer reconocibles los diferentes orígenes de la afrodescendencia, concretados en el color de piel o de ojos. «Es como la nieve y los esquimales. Cuando habla de un yellow no estamos ante un negro amarillo. Eso no es así, pero sí hay negros que tienen ciertos tonos… ¿Qué pones? ¿Oliváceo? ¿Cetrino? Pero no es cetrino como un blanco, es cetrino como un negro».

Chimamanda Ngozi Adichie, en Americanah, emplea el mismo vigor en trazar los matices entre los africanos y los afrodescendientes. La escritora nigeriana «percibe grandes diferencias entre el negro afroamericano, marcado por la cultura de la distinción racial, y el negro africano, que no es víctima directa del racismo. En Nigeria, ser negro es lo normal; uno ni se plantea que es negro, porque no se da la contraposición racial», subraya Carlos Milla Soler.

Son solo dos ejemplos. Pero Marta Sofía López abunda en la precisión en el uso de palabras e ideas: «Para los africanos en general, y para Ng˜ug˜ı como teórico de la lengua en particular, las palabras tienen un peso específico, forman parte no de un mero acto comunicativo, sino de una especie de ritual que te obliga a comprometer toda tu atención en la escucha y a intentar sumergirte en el mundo narrativo que el autor pretende transmitir». De ahí, la traductora extrae su compromiso profesional de «permanecer lo más fiel posible a la letra y al espíritu del autor, algo que quizá dificulte la lectura para un público lector poco familiarizado con las literaturas africanas». Para intentar paliar ese déficit, López se ha servido del prólogo de varias obras de autoría africana –algunas no traducidas por ella– para tender un puente entre ambas orillas, la del autor y la del lector.


Conflictos

En ocasiones, el obstáculo llega por discrepancias lingüísticas. Por ejemplo, Malika Embarek tiene fresca la discusión con un editor por incluir ­albórbolas como forma exacta de traducir el francés youyou, que precisa y acota los gritos de alegría que se dan en las sociedades magrebíes. El Diccionario de la Lengua daba la razón –por significado y origen del término– a la traductora, pero esta desvela que «no siempre es fácil que se reconozca el componente árabe de la cultura española». Sin embargo, para Embarek una de las dificultades radica en el germen de su trabajo, cuando deben elegir entre dos criterios, «extranjerizar o familiarizar el texto. Con la traducción ocurre algo parecido a con la inmigración. La sociedad de acogida puede intentar asimilar o integrar al inmigrante. En el primer caso se intentan borrar todos los valores culturales con los que llegan, y en el segundo caso se los respeta siempre que sean compatibles con los valores democráticos».


La traductora Iballa López. Fotografía: Marion Brunel
Amor-odio

La relación bilateral entre la obra y el traductor establece noviazgos en los que conviven el amor y el odio. Este vínculo hiperbólico provoca que haya días en los que «traducir es una tortura. Días en que todas las frases son difíciles, llenas de palabras que no conozco, de matices que no sé traducir, de giros sintácticos en los que me pierdo», confiesa Guillermo López Gallego. El traductor, que trabajó como diplomático en Liberia, reconoce que sin esa etapa profesional «habría pasado por alto matices importantes, como el papel que desempeñan Monrovia y la plantación de Firestone. Tampoco habría entendido giros del inglés liberiano, y mucho menos, las expresiones en lenguas locales».

El trabajo en profundidad que realizan los traductores los convierte en críticos del autor traducido. Iballa López afirma, en este sentido, que «a veces se convive durante varios meses con el texto y todo ello resulta muy intenso, además de que se te revelan los posibles fallos, incoherencias y vicios estilísticos de un autor al trabajar el texto tan de cerca». Esta cercanía provoca un interés natural –y, a veces, ­expansivo– por el autor o la autora. Es el caso de Pepa Linares y Nella Larsen. La autora, de atractiva y turbulenta vida, publicó solo dos obras: Passing, que en su edición en nuestro país llevó Claroscuro como título; y Arenas movedizas. De ambos es traductora Linares, quien reconoce que «es una mujer que me cae muy bien porque es de esas personas que viven entre dos mundos y nunca está a gusto en ninguno de ellos. Como los ve casi siempre con cierto distanciamiento, es muy crítica con los dos, sufre los dos. Tiene un cierto sentimiento trágico de la vida».

El vínculo de Malika Embarek con Tahar Ben Jelloun va más allá. Además de la admiración profesional y humana –«En muchas de sus obras hallamos un alegato en defensa de la mujer en una sociedad como la islámica en la que está costando conseguir la igualdad. También fue de los primeros autores en denunciar el racismo o la soledad del inmigrante en Europa»–, le une una amistad con el autor que, sin embargo, no condiciona su trabajo: «Influye conocer al autor, sobre todo a la hora de plantearle dudas. Pero no me parece necesario para traducir. Lo importante en la traducción literaria es conocer la lengua de partida, pero sobre todo la de llegada. Y amar la literatura».

Embarek se aleja de un hipotético síndrome de Estocolmo, como también lo hace Herminia Bevia, que trajo hasta nuestra lengua la autobiografía de uno de los africanos más conocidos de todos los tiempos, Nelson Mandela. El largo camino llegó a las librerías de nuestro país cuando Sudáfrica dejaba atrás el apartheid. Bevia, que compartió traducción con el recientemente fallecido Antonio Resines, tampoco se dejó impresionar por la magnitud de Madiba. «En absoluto, recuerdo que me produjo más bien cierta incomprensión, que aún persiste, descubrir hasta dónde llegaba la fortaleza mental, moral y física de una persona en sus circunstancias. Para mí no resultó un personaje grandioso, sino extremadamente humilde y valiente».

Proceso inacabado

Con el mundo editorial en una crisis agravada por la pandemia del coronavirus, la mística y el romanticismo de la traducción se han diluido en medio de la lucha por la supervivencia. Los plazos de los editores más la vorágine del mercado acogotan el trasvase literario de una lengua a otra. Por eso, cuando les preguntamos por la dinámica de trabajo, en muchos de ellos aparece siempre una coletilla inicial: «Lo ideal sería…». En el caso de Sonia Tapia «sería leerla y dejarla reposar», algo en lo que coincide Iballa López, quien incluso da como plazo para esa espera «una o dos semanas como mínimo antes de leerla una última vez, pero rara vez lo consigo». Para lo que sí saca tiempo es para realizar una lectura en voz alta de la traducción «al menos una vez, pues es muy útil para detectar repeticiones, rimas internas y frases que chirrían».

En este proceso es interesante tener en mente la finalidad del trabajo que tienen entre manos. Para Sonia Tapia «traducir es convertir», aunque no solamente palabras de una lengua a otra. «Hay que conseguir que quien lee en español experimente lo mismo que aquel que lee esa novela en su lengua original». Malika Embarek, para ahondar en esta idea, se refiere al conocido como «pacto de la ficción» que suscriben el autor y el lector, «donde lo que se exige no es que lo narrado sea verdad, sino que sea verosímil: “Lector, te voy a contar una historia, tú sabes que no es real, pero haré todo lo posible para que te la creas”». El traductor, según Embarek, se suma a ese acuerdo «con una responsabilidad añadida: “Lector, te voy a contar una historia en tu idioma, inventada por el autor en otro idioma; tú sabes que no es real, pero haré todo lo posible para que te la creas”».

Para avanzar en la traslación, algunos profesionales del gremio se ponen en el pellejo del lector y acometen la primera lectura de la novela a medida que van traduciendo, «porque así se acercan más a la sensación que experimenta el lector y pueden conservar ese componente de sorpresa y frescura en la traducción», señala Iballa López. Pero no hay un único camino. Marta Sofía López, africanista de formación, llegó a la traducción a través de la docencia universitaria, por lo que casi siempre aprovecha el descanso estival para acometer el trabajo. «Eso me ha permitido dedicarme a la tarea sin demasiadas interrupciones, lo que creo que ayuda a dar coherencia al resultado final». Pepa Linares, que se reconoce «muy lenta traduciendo», convivió cerca de tres meses con Arenas movedizas. «La traducción es una lectura única, de una profundidad que la lectura habitual no tiene».
Otras, como Malika Embarek, se fijan un número de palabras diarias. La tangerina, para quien la tarea «más bonita» es la revisión, imprime su trabajo cuando cree que ya ha finalizado el proceso, «y entonces empiezan a salir gazapos por todos lados. Sobre todo, cuando la leo en voz alta y el ritmo no funciona. Si no figurara una fecha de entrega en el contrato, nunca daría por finalizada una traducción… En este sentido, me gusta recordar una cita de Paul Valéry: “Un poema nunca se acaba, tan solo se abandona”».

Y así una y otra vez desde el origen de los tiempos. «Los traductores consiguen que los blancos lean a los negros, que los creyentes lean a los incrédulos, que las mujeres lean a los hombres, y así sucesivamente». Ya lo dijo Michael Ignatieff.



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