«Los jóvenes nubas no se sienten sudaneses»

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Guma Kunda Komey, investigador y experto en los Montes Nuba



Apenas puede dar dos pasos seguidos porque conocidos y simpatizantes le detienen mientras andamos por una caótica calle del centro de Jartum. Formó parte del comité que preparó la propuesta para el establecimiento de la Comisión de Paz que está negociando el futuro de Darfur y los Montes Nuba dentro del nuevo Sudán. Oriundo de los Montes Nuba, este académico está convencido de que el futuro del país depende de que los jóvenes se sientan representados en él.



¿Qué margen de maniobra tiene la Comisión de Paz en la negociación?

Los sudaneses ya han expresado en la calle qué tipo de paz quieren, es el momento de la libertad y la democracia. Por eso necesitamos conocer el proceso completo, saber cuál es la estrategia. La gente quiere controlar las negociaciones de paz, la televisión nacional debe retransmitirlas en directo. No queremos negociaciones a puerta cerrada. No queremos que sea la comunidad internacional la que ejerza la presión, sino los sudaneses.

¿Es la paz una prioridad?  

La forma de pensar de la parte militar respecto a la paz es completamente diferente de la parte civil. Hameidti está más preocupado por su grado de control o porque tiene que estar en el centro del proceso, ya que todo lo que salga de la negociación repercutirá sobre él como cargo destacado del antiguo régimen. Por parte de los militares, sospechan de los civiles respecto a las atrocidades cometidas, y de la presión que pueden ejercer para que se realice una investigación sobre lo que pasó con los manifestantes en la sentada. Es la misma preocupación que tienen los militares por el futuro de nuestro antiguo presidente, Omar Hassan Al Bashir, y la posibilidad de que vaya a La Haya (ver MN 657, marzo 2020, p. 8). Burham –al frente del Consejo Soberano, formado por militares y civiles– estará incómodo porque si Al Bashir va a La Haya, dirán que algunos de sus colegas deberían acompañarle dada su responsabilidad en las atrocidades. Y Burham era uno de sus hombres.

Numerosos fieles católicos participando en una celebración en Lugi. El factor religioso es fundamental en el conflicto de los Montes Nuba. Fotografía: Paul Jeffrey / Getty


¿Qué cree que ocurrirá?

Si es así, no estaremos hablando de la paz que quiere la gente. La revolución no ha triunfado completamente, sino que terminamos aceptando un acuerdo. La revolución no concluirá hasta que el Gobierno no sea completamente civil, debemos tener una estrategia. Si nos deshacemos de ellos –del Ejército– podemos arruinar la revolución: es muy fácil regresar al antiguo régimen. Nuestra revolución sigue siendo muy frágil. 

¿Quién tiene el poder? ¿La ciudadanía o los militares?

El poder está en manos de la gente, pero no es absoluto. La comunidad internacional está siendo pragmática. No quiere desestabilizar. En las zonas rurales de Sudán se dice que cuando un gallo sube a una mesa, se mueve de un lado a otro y va picoteando todo, pero si intentas deshacerte de él, lo destrozará todo. La cuestión es sacarle de allí o mantenerle hasta conseguir el cambio. Debemos pasar la primera mitad de la transición con un alto nivel de tolerancia, paciencia y sacrificio.

Entonces, ¿la gente tiene el poder pero no puede decidir?

Lo alcanzado hasta ahora se logró mediante la presión y el sacrificio de la gente, no de forma pacífica. Tenemos que controlar los sindicatos, en los que sigue predominando el antiguo régimen. Esa es la razón por la que la Asociación de Profesionales se ha quedado fuera del Gobierno, para ser independientes y forzar a los sindicatos a que también lo sean. 

El académico Guma Kunda Komey. Fotografía cedida por el entrevistado.
Con la revolución se está permitiendo cierta libertad de movimientos en los Montes Nuba, ¿qué perspectiva contempla?

Para entender lo que está pasando hay que remontarse en la historia a la situación de los Montes Nuba en el Estado sudanés. Los habitantes de la zona nuba, de Darfur y del estado de Nilo Azul se autodenominan indígenas, personas de la tierra. Esta población se ve marginada de múltiples formas: en lo económico, en términos de bienestar; en lo político, a la hora de compartir el poder; en lo social, sufriendo un alto grado de exclusión; o en lo religioso, porque la mayoría de los sudaneses son musulmanes, pero en estas zonas hay un número significativo de cristianos.

¿Por qué hay que remontarse tanto?

Porque la creación del Estado sudanés es muy desafortunada. Empezando por la esclavitud, que estableció una relación negativa entre los habitantes de estas zonas y el resto de sudaneses. Durante la colonia británica se abandonó la esclavitud, pero se estableció la política de distrito cerrado por la que se mantuvo a estas comunidades aisladas. Las confinaron, impidiéndoles interactuar; no les permitieron desarrollarse y volvieron a ser marginadas. Cuando los sudaneses empezaron a caminar hacia la independencia, la división ya existía. Por eso, los sursudaneses pidieron a los colonos que no se fueran antes de establecer un marco de relaciones con el norte para coexistir pacíficamente. Pero los británicos ya lo habían decidido, y se fueron. Cuando llegó la independencia, la disparidad entre estas regiones y el resto del país era enorme. 

¿De ahí viene el conflicto de los Montes Nuba?

Claro. No hay recursos, mientras que el resto de los sudaneses tiene un soporte económico, el algodón… Y esa diferencia no se ha intentado subsanar nunca. Había un programa sistemático para eliminar nuestra cultura, lengua, identidad, junto a un proceso de islamización forzoso. Por ejemplo, yo me llamo Jumah pero mi nombre original es Kalo, y cuando fui a la escuela el director me obligó a cambiarme el nombre porque decía que no era árabe. En la escuela no podíamos hablar nuestro idioma. 

¿A quiénes representan los que están ahora negociando la paz en los Montes Nuba y Darfur?

Los de mi generación son los que están luchando en el bosque. Cogimos las armas al sentir que no formábamos parte del país, al ser excluidos, porque es nuestra tierra. Ni siquiera cuando participamos y contribuimos a la lucha de Sudán del Sur se consideró que también necesitábamos ayuda humanitaria porque el Gobierno de Jartum nos aisló.

La cuestión de la tierra marca el conflicto actual.

En 1960 la cuestión de la propiedad de la tierra se resolvió a través de un proyecto del Banco Mundial dirigido a gente rica que usaba tractores y maquinaria. Eso impidió que los nuba entraran en el proceso. La tierra más fértil usada por la población local de forma comunitaria fue entregada a personas de fuera, la mayoría militares retirados, comerciantes y hombres de negocios. A mi pueblo vino un empresario con su mapa y los sellos del Gobierno. Como esperaba cierta resistencia, llegó acompañado por la policía. Marcaron su área, porque esa tierra se la habían dado en Jartum sin tener ni idea de lo que pasaba aquí. En la aldea ya se había plantado el sorgo, pero aquel hombre había pagado sus impuestos, por lo que la tierra le pertenecía legalmente. Y limpió el terreno. El odio hizo que mucha gente se uniera al movimiento. 

¿Cuál es la situación actual?

Hablamos de una guerra de 30 años que ha creado una generación en los Montes Nuba que no tiene nada que ver con lo que hoy se llama Sudán. Los chavales que nacieron desde finales de los 80 hasta mediados de los 90 crecieron y se hicieron adultos en medio de la guerra, y en sus cabezas no hay nada que se llame Sudán o «mi país», sino una entidad que viene a matarlos. ¿Cómo espera alguien que se comporten como sudaneses? Por eso, cuando hablamos de separación o autodeterminación estamos ante un tema serio, no es solo propaganda política. La negociación debe ser liderada por una nueva generación, porque no son responsables de haber crecido en la guerra.

¿Qué quieren en concreto?

Estoy seguro de que no quieren el viejo Sudán, por eso hablan de restructurar el país. No quieren que la sharía esté en los documentos, ni un mando central, sino que la gente de la calle elija lo que quiere.

¿Tienen un lugar en el nuevo Sudán? 

En política no hay una respuesta modelo. Ocurre como con una bola de nieve cuando la lanzas: va girando y se va haciendo más grande. No sabes si se partirá o se parará. Aquí lo único claro es que se ha empezado un proceso. No estoy seguro de que vayan a por la autodeterminación. Desde el punto de vista geográfico, los Montes Nuba no tienen posibilidad de convertirse en un Estado, pero esto es solo la teoría. Entre las opciones, está que no sea un Estado independiente, sino parte de Sudán del Sur. Hay lazos emocionales, una historia en común, una simpatía africana… 

¿Cuál sería la mejor situación?

Una reestructuración de Sudán que incluya a todos los sudaneses. ¿Eso se puede conseguir? Esa es la pregunta. Creo que hay una oportunidad real, por eso me uní a las Fuerzas de la Libertad y el Cambio (FFC, por sus siglas en inglés). Podemos conseguir ese espacio para que cada ciudadano se sienta sudanés en el nuevo Sudán. Espero que las fuerzas políticas civiles del nuevo Sudán ganen el pulso. Me refiero a la Asociación de Profesionales, a los jóvenes que lideraron la revolución, a la generación que rompió con los límites éticos, religiosos, partidarios y políticos… Esa ruptura debe ser para siempre, nos debe llevar a un futuro prometedor para Sudán. El peligro es que no estamos solos en el proceso. En las FFC hay formaciones responsables de la caótica historia que he descrito. Espero que esto lo lidere una nueva generación, como la que encarna el Partido del Congreso de Sudán, que es joven y no tiene pasado. El escenario de un Sudán fuerte y unido depende de cómo este partido sea capaz de vender su programa al resto del país. Si son capaces de remplazar a las viejas formaciones y ganar las elecciones habrá una gran oportunidad para Sudán de empezar a construir una nación. Si ocurre lo contrario, iremos hacia el desarraigo en todo el país, y ahí no podemos predecir el resultado.   

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