«Nuestra historia no se ha contado»

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Entrevista a Lucía Mbomío, autora de Hija del camino


Una deflagración desde Guinea Ecuatorial. También eso es Hija del camino (Grijalbo), una novela que, sin dejar de ser ficción, no discurre muy lejos de la experiencia y los pensamientos de la autora. Sobre identidades, lugares, arraigos y desarraigos, y otras cuestiones, hablamos con Lucía Mbomío, colaboradora habitual de MUNDO NEGRO, dispuesta a discurrir y compartir en voz alta.


Hija del camino es el relato de alguien que se busca a sí misma, que ha encontrado sus raíces pero no está situada del todo en la sociedad, ¿es así?

Sí, es un relato que te surge cuando eres consciente de que tus historias no se han contado, y que tú misma las has ocultado porque las entendías como no importantes o anómalas, o casi como un secreto a ocultar en aras de ser como el resto. Cuando te das cuenta de eso, te invade la necesidad de contar… Recuerdo que en Afroféminas, al principio, escribía hasta dos veces por semana. Y lo hacía con furia, con prisa, en cualquier parte… Lo dice la senegalesa Ken Bugul desde su país, pero también porque en Francia vivió ese extrañamiento; asegura que nunca se había visto como negra hasta llegar a Francia.

¿Y sigue en ello? ¿Lo próximo que escribirá hablará de lo mismo?

Ahora pienso escribir algo que no tenga que ver con Guinea Ecuatorial, pero sí con el hecho de ser migrante. Y de las diferencias entre padres e hijos. Los hijos y las hijas sentimos que no nos están regalando nada. No todos los migrantes son así, lo quiero poner por delante, pero muchas veces parece que los migrantes estén de prestado, y hay que agradecer lo conseguido. A un migrante le dices que se vaya a su país y, a lo mejor, lo asume, pero si se lo dices a un hijo de migrante te contesta que no le estás regalando nada. No, perdona, yo estoy en mi casa. 


El palacio presidencial y la catedral de Malabo. Fotografía: Getty

Pero, ¿por qué un libro como este precisamente ahora?

El libro surge porque ahora mismo estoy colocando todo en, digamos, cuestiones identitarias. De pequeña era muy guineana; luego tuve ese momento, de «¿por qué no me consideras española?». Después empecé con el tema del racismo, ligado a lo anterior: al no reconocimiento, a crecer asumiendo que eres ajena… ¿Cuál es tu lugar? Tu lugar es allí. Cada persona tiene un allí. También surge porque me canso de hablar de racismo y dejo de tener claro que sirva para algo. Buena parte de las charlas que doy sobre la representación de las personas negras en medios de comunicación o sobre racismos cotidianos se las estoy dando a gente que ya está convencida; pero a mí nunca me llaman de un medio de comunicación para hablar de estas cosas… El feminismo sí se está colando más, y a veces de forma muy burda. Una vez pregunté: «Estáis hablando de igualdad y solo lo hacéis de mujeres, ¿qué hay de la raza, la etnia, las personas con diversidad funcional, discapacidad…?». Y me dijeron: «Todas somos todas». Sigo viendo la mayoría de los medios de comunicación con una carencia que me parece vergonzante. Salvo TV3, la verdad, que cada vez incluye más gente racializada. Entiendo que fuera así cuando yo era pequeña y era la única niña negra del barrio, del cole, del instituto…, pero la televisión que vemos sigue siendo la misma, y hay menos negras que cuando empecé. 

Me decía que llamar racista a alguien no sirve…

Sí. Rubén H. Bermudez decía que hablar de racismo resulta violento. Te dicen: «Siempre te he querido. ¿A mí me lo dices? Pero si yo te quiero…». Ya, pero es que nos construyen para ser racistas, machistas… Es que es algo mucho más grande que tú. El problema es que asumamos muchas veces que racismo sea solo que te pegue un nazi con una bota con puntera de acero. Y eso, claro, es una expresión, pero hay mucho más que, en el día a día, tiene consecuencias. Al final, parece que es peor llamar a alguien racista que el hecho de que lo sea, y eso es terrorífico. Te acabas encontrando siempre con un escudo, y no siento que eso sirva para transformar las cosas. Además, hablar de racismo pone en el centro a las personas blancas en lugar de a las personas negras, que en muchos casos crecemos desnortadas. Crecimos con una imagen idealizada en muchos casos de eso que se supone que es allí. Me parece fundamental ponernos en el centro, más allá de contar nuestros relatos para personas blancas… Por eso, para mí era mucho más importante la parte de Guinea, porque está más cercana en el tiempo, y porque conecta con esa gente que vive sin norte.


Lucía Mbomío con su novela Hija del camino. Fotografía: Gonzalo Gómez


¿Es un libro didáctico?

Habrá gente que lo vea así. De hecho, hay muchas personas, madres y padres de chavales adoptados o racializados, que lo perciben así… Quizá puede resultarles útil para ponerse en nuestra piel, pero no era mi intención. Yo quería establecer un diálogo con esa gente afro que sentía que volvía a sus orígenes y que, al final, se ha dado cuenta de que, en realidad, iba por primera vez. O esa gente migrante que lleva aquí un montón de tiempo y cuando va para allá dice: «¡Jo! ¿Dónde está el rincón que dejé? ¿Dónde está el pensamiento que yo dejé?».

¿En quién pensaba cuando lo escribió? ¿Tenía un lector ideal?

No lo tenía, pese a que siento que es muy para guineanos. Yo suspiraba y vomitaba, y junto a eso colocaba mi experiencia en Guinea Ecuatorial, que fue muy dura, en parte por el hecho de que yo esperaba encontrar un lugar que no existe. Tú te enamoras, como cuando eres pequeña, de una persona que está en el patio de tu instituto y sabes cómo se llama porque te lo han dicho, le has oído hablar con sus amigos porque estabas en la fila cerca, pero te enamoras, y cuando le conoces te das cuenta de que no tiene nada que ver con lo que tú pensabas, que era una mentira… Pues eso. Suspiraba y vomitaba. Y la lectora ideal era un poco yo, para poner en orden todo. De hecho, yo, que soy súper piedra, cuando acabé la novela, lloré porque me dije: «Al fin me he entendido más o menos, y le he puesto palabras». Estando en Casa África con la gente del club de lectura, se acercaron unos señores que habían estado mucho tiempo de cooperantes en Guinea Ecuatorial y me dijeron que siempre que les preguntaban cómo era el país no sabían explicarlo. Me decían que contestaban: «Surrealista, muy bien, fatal, genial, terrible, precioso… Te hemos leído y, al fin, cuentas esos surrealismos, esa seriedad, esa calidez, esa dureza, esa suavidad…». Bueno, pues yo necesitaba poner todo eso en palabras.

Es una deflagración desde Guinea Ecuatorial…

Es que el punto de partida es ese. Pero, al mismo tiempo, también quería dirigirme a todas esas personas que se han sentido así. Porque, insisto, hay mucha gente que no: hay gente que se ha sentido profundamente española toda su vida, y también sus hijos. Esto tiene que ver mucho con el endorracismo. Muchos que nacieron aquí no saben ni siquiera cuál es la tribu o la familia extendida a la cual pertenecen. Yo me he hecho preguntas desde que era muy pequeña, pero también porque me han contado muchas cosas. Guinea Ecuatorial siempre ha estado presente en mi casa. Por eso lo construí como Ítaca, pero hay gente que no.

Manifestación antirracista en Róterdam por la muerte de George Floyd, el pasado 25 de mayo, a causa de la violencia policial. Fotografía: Pierre Crom / Getty
¿Por qué una ficción? ¿Por qué no hablar directamente de usted y de su vida?

Primero, porque no creo que mi vida sea tan importante. Además, he creado una serie de personajes que me han servido para poder hablar sobre cosas que me resultan estructurales. Por ejemplo, hay una profesora de inglés que no ha existido, que es la que ayuda a salir a Sandra –la protagonista de Hija del -camino– del armario del antirracismo en el entorno laboral. A mí eso no me ha pasado, pero me parecía importante crear personajes para poder hablar de cosas que suceden. He leído mucho, te mueves por ciertos entornos y sabes el tipo de conversaciones que se dan. Necesitaba crear algunos personajes para contar ciertas historias. 

La protagonista tiene muchos puntos en común con usted, como su trabajo…

Es periodista, sí. Me parece importante que el hecho de ser periodista me ha hecho tener mucha curiosidad, y cómo viajar no ha sido solo una cuestión de ocio, sino de necesidad. Tenía que ser una periodista que viajara un montón…

¿Qué parte fue más difícil de escribir?

La primera. La de Guinea Ecuatorial salió sola. Mira, muchas veces, cuando hablamos de racismo, lo primero que se nos dice es que tenemos la piel fina. Es mentira. Me doy cuenta por cómo reaccionan las personas blancas ante episodios de racismo; lo mucho que les sorprende, cuando para nosotras, con frecuencia, no es, desde luego, extraño ni extraordinario. La primera vez que no me dejaron entrar en una discoteca por ser de color, mi amiga María se puso a llorar como una magdalena. Le había hablado un montón de racismo y, sin embargo, se puso a llorar. La miraba sorprendida porque ni me dolía ni me extrañaba… Nosotros estamos bailando una coreografía desde que somos pequeños y ya nos sabemos el siguiente paso. A veces te enfada, te puede provocar rabia, ¡cómo no! Tampoco somos de acero, pero lo integras. Y si tienes un punto activista o ganas de transformación, pues sí, quieres cambiarlo y haces lo que puedes, pero no te sorprende en el día a día…  En el libro adopto esa piel dura que tengo, y no fina como dicen, la corto con un puñal, la rasgo, la abro, dejo que empiece a sangrar y empiezo a recordar cosas para que la gente pueda entender que alguien que ha nacido aquí no se sienta de aquí, y las cosas por las que pasas, y todas las carencias y las pequeñas erosiones diarias que al final se convierten en un gran agujero que llevas en diferentes partes de tu cuerpo.



Un ciudadano afro pasa delante de un mural con la imagen de Aretha Franklyn en Londres. Fotografía: richard Baker / Getty

¿Qué referentes ha tenido?

En el libro cito varias obras y autores. Me parecía importante aludir a esos escritores porque sentía que les debía mucho. Cuando sales a la calle, vuelves a estar sola. Me parece interesante hablar de eso, de esa relación intra y extramuros. Dentro de casa vives una realidad y ahí sí que estás, y sí que están, pero luego sales y la calle es mucho más grande; y ves la tele, y de nuevo no estás… Entonces, yo me he encontrado en los libros. En mi biblioteca hay muchos autores y autoras negros. Y no es una cuestión solo de opción consciente, sino de necesidad. Tenía que aparecer Donato Ndongo, que es uno de los mejores escritores en español del continente africano, aunque nunca nos lo van a enseñar en un instituto…

Seguro que hay algo importante que no la he preguntado…

Lo de ser migrante en Londres, que es algo que no me suelen preguntar. Hay una frase que me parece interesante, cuando ella (Sandra) piensa: «En España era una tía interesante, viajada, que provocaba curiosidad y en Londres no eres nada… Solo eres migrante». Nadie quiere saber de tu vida ni se paran a pensar que tienes un background, una vida, unos conocimientos del tipo que sean, no necesariamente académicos… Para la gente entras en una sola categoría: migrante, fuerza de trabajo, persona sin pasado.

Da la sensación de que más afrodescendientes se están animando a compartir sus vivencias…

Creo que lo que sucede es que hay una mayor cobertura social para algo que ya estaba sucediendo hace mucho tiempo. Me parece fundamental dejar claro que no somos los primeros ni las primeras… Cuando empecé con el tema afro nos reuníamos en un CEPI –centros para población migrante– y lo que sucedía entre esos muros se solía quedar ahí. A la prensa no le interesaba. Ahora sí. No digo todo el rato, pero sí es cierto que las editoriales se interesan, etcétera. Lo que espero es que sirva el hecho de que se esté generalizando para que lo haga mucha más gente y dejen de pasar cosas como la del otro día, cuando un chico de Murcia fue a comprar mi libro a la FNAC y no lo encontraba en narrativa española, y estaba en extranjera. Él sugería que se hiciera una narrativa del camino.   

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