Palacios sin rey

El pasado domingo, 16 de octubre, falleció el último rey de Ruanda, Kigeli V, a los 80 años de edad, en Estados Unidos, donde vivía exiliado.

Kigeli V accedió al trono como sucesor de su hermanastro Mutara III en 1959, antes de la revolución hutu de noviembre de ese año, que provocó la salida del país de miles de tutsis. Muchos de ellos no volvieron a Ruanda hasta después del genocidio de 1994, con la victoria del Frente Patriótico Ruandés.

En 1960 Kigeli V pidió a Naciones Unidas apoyo para lograr la independencia del país, lo que provocó graves diferencias con las autoridades coloniales belgas, que culminaron con la expulsión del monarca. En septiembre de 1961 la monarquía fue abolida, un año antes de la independencia. Kigeli V vivió exiliado en varios países africanos antes de instalarse definitivamente en Washington, en 1992.

A pesar del triunfo del Frente Patriótico Ruandés de Paul Kagamé, el monarca nunca pudo consumar su regreso, por lo que el palacio de Nyanza (del que publicamos en marzo de 2015 un reportaje en Mundo Negro) ha quedado casi como el único recuerdo del paso de la monarquía por el país africano, hoy ya –definitivamente- sin rey.

 

 

Nyanza (Ruanda)

 

 

Por Jean-Arsène Yao y Javier Fariñas Martín

 

Situada a mitad de camino entre Gitarama y Butare, la pequeña urbe de Nyanza fue la capital real de Ruanda desde el siglo XVIII hasta 1961, fecha en que el último monarca, Kigeli V, fue depuesto y la monarquía abolida. Su palacio moderno, convertido en museo, comparte espacio con tres chozas, recreaciones de la corte tradicional.

 

 

Vista general del palacio real / Fotografía: Javier Fariñas
Vista general del palacio real / Fotografía: Javier Fariñas Martín

 

 

Unos treinta minutos separan Gitarama de Nyanza, siempre que el conductor del vehículo no supere la velocidad máxima permitida, 60 kilómetros por hora, en el trayecto que une ambas localidades, separadas por apenas 30 kilómetros. En esta Ruanda con aires de Estado policial nadie se atreve a pisar a fondo el acelerador. Baltazar, nuestro chófer, tampoco, y aunque en ocasiones pecaba de prudente, llegamos a nuestro destino. Calles limpias, bien asfaltadas, comercios, oficinas, un memorial del genocidio y poco más. Esto es lo que uno ve en Nyanza. Lo normal en cualquier urbe del “país de las mil colinas”, bajo el régimen férreo del presidente Paul Kagamé.

Salvo una cosa. Aquí vivieron los reyes tutsi desde el siglo XVIII hasta el fin de la monarquía en 1961. El último soberano, Kigeli V, vive exiliado en Estados Unidos, pero sigue soñando con recuperar su trono perdido, pese a la nula posibilidad de que esto ocurra. En noviembre de 2014, el Gobierno le ofreció regresar con estatus de exjefe de Estado, pero, al igual que en 1996, el monarca pidió que se consultara al pueblo para saber si le quería todavía como rey. Las autoridades de Kigali rechazaron esta propuesta, porque no quieren ni dejar el poder ni compartirlo.

De todas formas, con sus 78 años –de los cuales ha pasado 54 fuera del país–, muy pocos ruandeses lo recuerdan en una nación donde la mayoría de los habitantes tiene menos de 20 años, aunque todavía quedan algunos nostálgicos que no se cansan de esperar el retorno del rey desterrado. No así la guía que nos atendió, quien parece que de tanto explicar la historia del antiguo complejo real –convertido hoy en museo–, se estaba echando un sueño reparador detrás del mostrador cuando llegamos a la recepción del espacio palaciego.

 

Vista de la choza que hacía las veces de vivienda del rey y la reina / Fotografía: Javier Fariñas Martín
Vista de la choza que hacía las veces de vivienda del rey y la reina / Fotografía: Javier Fariñas Martín

 

Regalo de Bélgica

La entrada al museo cuesta 1.000 francos ruandeses (1,25 euros) para los nativos y 6.000 francos ruandeses (7,5 euros) para los extranjeros. En aquella mañana de noviembre, no había una gran afluencia, situación que permitió una visita sosegada. La primera etapa fue el palacio moderno, nada excepcional, con sus jardines, un patio interior y salas casi vacías, probablemente saqueadas durante el conflicto de 1994. Oficialmente reabierto en 2008, el edificio fue construido en 1932 como regalo de Bélgica, la potencia colonizadora, al rey Mutara III.

Para dar buena fe de la excelente relación entre Ruanda y la antigua metrópoli, cuelgan de las paredes unas fotografías del monarca africano de visita oficial en Bruselas, entre 1948 y 1954, así como estancias de su homólogo belga en Nyanza. También se pueden observar algunas lanzas, el techo, los muros y las chimeneas adornados con motivos tradicionales ruandeses; además de los mapas que ilustran la evolución del país desde el siglo XVI hasta mediados del XX.

Patio interior del palacio real de Nyanza / Fotografía: Javier Fariñas
Patio interior del palacio real de Nyanza / Fotografía: Javier Fariñas Martín

 

Algunos muebles de época y una bañera completan la lista de pruebas del tren de vida regio que Kigeli V llevaba antes de abandonar su palacio hace más de cinco décadas. Aquí pasó su última noche y de aquí salió para nunca volver a pisar suelo ruandés hasta hoy. El sucesor de Mutara III, fallecido en 1959, se enteró por la radio de que era persona non grata mientras estaba de viaje en el vecino Congo. Regresó clandestinamente, pero los belgas lo expulsaron a Tanzania, desde donde emigró a Uganda, Kenia y, ahora, Estados Unidos.

 

 

Palacio precolonial

El general belga Janssens posa con el rey Kigeli V en la entrada de Nyanza. Era el 17 de noviembre de 1959 / Fotografía: Getty Images
El general belga Janssens posa con el rey Kigeli V en la entrada de Nyanza. Era el 17 de noviembre de 1959 / Fotografía: Getty Images

Más nuevas, pero representativas de la antigua corte real, son las chozas circulares de cáñamo y paja –materiales reservados para la élite– que también forman parte del complejo real. En esta parte, la guía nos acompaña vestida con mushanana, la ropa ceremonial de las mujeres en Ruanda. De entrada nos cuenta que el antiguo palacio estaba constituido por un conjunto de 18 chozas que albergaban a la familia real, los principales dignitarios y los vasallos. El último monarca que vivió en una de estas fue Yuhi wa Musinga (1896-1931). Hoy día, en un espacio cercado y parcialmente reconstituido, quedan tres de estas viviendas tradicionales, a su vez reformadas: las casas del rey, de la leche y de la cerveza.

La primera citada tiene cuatro partes: una terraza, un salón para los hombres, el cuarto de la reina y sus doncellas, y el dormitorio. El monarca, también conocido con el título de mwami, recibía a sus visitas en una pequeña terraza de piso rojo rodeado de sus guardaespaldas. Por razones de seguridad, estaba prohibido sobrepasar el semicírculo establecido delante del palacio para saludar al rey. En el salón, un brasero que se alimentaba con heces de vaca servía para calentar la choza y ahuyentar a los mosquitos.

Para evitar indiscreciones, las paredes interiores de la choza se colocaban de modo que no se pudiera ver  desde fuera lo que ocurría dentro. En el dormitorio del mwami, además de la cama de adobe –de casi tres por tres metros–, se conservan unos cestos que servían de guardarropa. El rey dormía en el lado de la puerta por si de noche hubiera intrusos. Por esto mismo, sus armas se encontraban –y así se muestra en Nyanza– cerca de la puerta del dormitorio, al que la reina accedía desde su cuarto. De este modo, también se evitaba que la monarca tuviera que pasar por encima de su esposo a la hora de acostarse, pues esto traería mala suerte al rey.

 

Cerveza, leche y vacas

En Nyanza, detrás de la choza principal, se encuentran otras dos más pequeñas, reservadas respectivamente para la degustación de cerveza y leche. La primera estaba a cargo de un joven, cuya labor consistía en probar la cerveza antes que el rey y gestionar el depósito, donde se conservaban tres categorías de bebidas: hidromiel, cerveza de sorgo y cerveza de plátano. Dado el gran número de visitas que recibía la corte, uno se puede imaginar el estado en que quedaba el mozo catador al término de sus jornadas laborales. “Por esto mismo la entrada a esta choza es más llana”, comentó la guía entre risas.

En la segunda, era una joven virgen la que se hacía cargo de la leche que consumía el rey. Esta última no se casaba para evitar que su hipotético marido, en caso de tener celos del rey, pudiera intentar envenenarlo. Durante nuestra visita, ni rastro de la doncella, pero sí encontramos un muestrario de recipientes, de distintos tamaños, que servían para la conservación, tratamiento y consumo de la leche, la cual no se extraía de las vacas reales, inyambo, consideradas como las más bellas entre los bovinos. De color marrón, se caracterizan por sus largos cuernos en forma de lira y son, antes que nada, animales de exhibición, que se exponían o hacían desfilar durante grandes encuentros rituales.

Igual que en la época de los mwami, las vacas son mimadas. Mientras las admirábamos, un hombre se acercó y se puso a cantar al oído de una de ellas, que dejó de comer y se quedó quieta. “La prosperidad y la cultura de Ruanda giran en torno a las vacas”, nos cuenta la guía, quien nos informa de que los bailes del país, de algún modo, imitan la forma de sus cuernos. Consideradas como sagradas, estas vacas son enterradas cuando mueren, tras quitarles los cuernos. En cualquier caso, el relevo está garantizado. Al macho alfa, que parece estar en las últimas, le han designado un heredero que promete.

 

El rey Musinga en una reunión del consejo de jefes comunitarios celebrada en la entrada de la choza real. Musinga fue el último monarca que vivió en la choza / Fotografía: Getty Images
El rey Musinga en una reunión del consejo de jefes comunitarios celebrada en la entrada de la choza real. Musinga fue el último monarca que vivió en la choza / Fotografía: Getty Images