Radiografía de un conflicto

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Los enfrentamientos comunitarios en Etiopía manchan el milagro de Abiy Ahmed

 

Por P. Juan González Núñez desde Adís Abeba

 

El autor del texto, misionero comboniano en Etiopía, ofrece algunas claves para interpretar el conflicto que viven las comunidades oromo y gumuz. La primera, poderosa e influyente, oprime y discrimina a la segunda, que ve cómo algunos de sus derechos fundamentales se ven menoscabados.

 

Un conflicto nunca empieza donde parece empezar. Tiene siempre sus causas remotas. En el caso del que protagonizan los oromos y los gumuz, estas vienen de lejos. Son dos etnias que se pueden distinguir por el color de la piel casi con la misma facilidad con la que se distingue un africano de un europeo. Los gumuz son nilóticos, de tez muy negra; los oromos son hamitas –o cusitas–, más bien altos y delgados, y de tez más clara. Sus dos estados autonómicos, Oromya y Benishangul–Gumuz tienen fronteras comunes. En Etiopía, el ser muy negro equivale a hacerse acreedor de ser llamado esclavo. Y eso los gumuz lo llevan muy mal. Sentirse despreciados ha hecho de ellos un pueblo resentido y, a veces, violento.

Los oromos reprochan a los gumuz, desde hace tiempo, que son sudaneses y que se vayan a Sudán, pues la tierra que habitan pertenece a Oromya. Hace meses, los oromos residentes en Kamashi –al menos el 35 % de la población– pretendieron que en las escuelas de la provincia no se enseñase el amárico como lengua nacional, sino el oromo. Ante la negativa de los gumuz, la respuesta de los oromos fue multiplicar los insultos y las vejaciones cuando aquellos tenían que atravesar la región de Oromya. Y se da el caso de que los gumuz de Kamashi que quieran ir a Assosa, la capital de su región, tienen necesariamente que atravesar Oromya. Allí los policías oromos los hacían bajar del autobús, les abrían sus maletas, esparcían sus pertenencias por el suelo, los maltrataban físicamente…

 

Recibimiento a Dawud Ibsa, histórico líder del FLO, en su regreso a Etiopía. Fotografía: Getty

 

Ante esta situación, un grupo de gumuz subió en dos coches hasta Oromya para dialogar con las autoridades de la zona. Parecían haber llegado a un cierto acuerdo y estaban volviendo a casa cuando fueron bloqueados por elementos armados mezclados entre la gente. En el primer coche iban el gobernador del distrito de Kamashi y el jefe de la Policía. Los mandaron bajar y les dispararon. Los del segundo coche lograron huir.

Nadie, excepto los oromos, sabía nada todavía en Kamashi. Alguien los había telefoneado, alertándolos del peligro ante la previsible reacción de los gumuz. Unos huyeron y otros se encerraron en sus casas. Según fuentes gumuz, no se produjo la masacre de la que se habló. Los oromos, en cambio, hablan de un centenar largo de fallecidos. El Ejército federal intervino para escoltar a los oromos que no habían podido salir de Kamashi y querían hacerlo. Otros se han quedado, sobre todos los empleados del Gobierno. Los que se fueron, varios miles, difícilmente volverán. Como contrapartida, ningún gumuz se siente seguro de subir hacia Oromya. Por esa razón ha desaparecido el control policial que se encontraba a la entrada de Kamashi. Nadie viaja ni hacia arriba ni hacia abajo. Para llegar a Assosa, los gumuz de Kamashi han habilitado, con sus picos y azadas, una carretera por el interior. Los coches llegan al río Dabos, donde una barca les lleva a la otra orilla. Y, desde allí, otros coches les transportan a ­Assosa.

 

Jóvenes de la comunidad gumuz de Divaguya. Fotografía: Ana Palacios

Telón de fondo

En abril de 2018, Etiopía vivió el estallido de una primavera política, tras años bajo la férrea mano de los ­exguerrilleros del Tigray. Se liberaron los presos políticos, se dejó de encarcelar a los periodistas, se firmó la paz con Eritrea, volvieron los disidentes políticos que vivían exilados… Y, sin embargo, nunca se habían conocido tantos conflictos locales, hasta el punto de que, en un año, aumentó en más de dos millones el número de desplazados. ¿Qué sucedió? Alzada la mano dura, han resurgido las tensiones locales. La popularidad del primer ministro, Abiy Ahmed, ha comenzado a perder brillo. El desafío es hacer gobernable una nación de por sí conflictiva, sin caer en la represión. Y Ahmed no ha encontrado la solución.

El primer ministro es oromo, como prácticamente toda la cúpula del Gobierno central. Él se ha decantado por la unidad nacional frente a los nacionalismos exacerbados, y apuesta por un país que supere las diferencias entre comunidades. Sin embargo, a pesar de Ahmed –y en contra de él–, los oromos se han convertido en el elemento más deses­tabilizador de la nación. Son un tercio de la población y ocupan el centro del país. Desde hace tiempo está presente el Frente de Liberación Oromo (FLO), que mantuvo una lucha armada contra el DERG y que fue declarado ilegal por el Gobierno de Hailemariam Desalegn. Ahmed lo legalizó e invitó a su líder, Dawud Ibsa, que vivía en Eritrea, a volver a Etiopía y desarrollar una oposición constructiva. Ibsa volvió, fue acogido por la comunidad oromo en olor de multitudes, y se comprometió a operar dentro de la legalidad. El problema es que hay una facción –o varias– del FLO que no se han integrado y que no parecen obedecer ni a consignas del Gobierno ni de su líder. Se cree que el FLO está detrás de la mayoría de los conflictos que tiene abierta la nación. Porque en casi todos ellos, una parte es oromo.

¿Cuál es su meta final? ¿La independencia? ¿La hegemonía? Esta ya la tienen, con Abiy Ahmed. Solo que este les sabe a poco. Y avanzan tesis inquietantes como que el oromo debe ser la lengua nacional, en sustitución del amárico; o que la capital, Adís Abeba, debe ser suya, ya que está construida en tierra oromo. La comunidad presenta síntomas de un nacionalismo crudo, se perciben con un plus sobre los demás, un gen que les hace distintos y poderosos. Tampoco faltan los calculadores de turno que encauzan esa fuerza primitiva para sus propios intereses. No todos los oromos piensan así. Quizá ni siquiera la mitad. Están demasiado extendidos y diversificados como para poseer una mínima unidad interna que haga viable un estado oromo, ni siquera un frente oromo. Aquí, en esta zona occidental de Oromya donde me estoy moviendo, y el lector conmigo, es una de las más nacionalistas. Cada joven es, en potencia, del FLO, aunque no vista de uniforme; y cada persona mayor, un simpatizante del movimiento. Y quien no esté en esa onda, se callará para no crearse problemas.
Las brasas del conflicto van muriendo bajo las cenizas. Poco a poco, nuevos oromos vendrán a instalarse entre los gumuz. Y estos se aventurarán a viajar de nuevo hacia Oromya, hasta que otra chispa provoque un nuevo incendio.

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