Sifa Kaité: «Ahora las niñas conocen mejor sus derechos»

Sifa Kaité

 

Nació en República Democrática de Congo. En Bélgica creció y estudió Derecho. Desde hace cinco años trabaja con el Servicio Jesuita a Refugiados con población sudanesa en los campos de Chad. Coordina el Programa de Protección a la Infancia, prestando especial atención a la situación de las niñas.

 

 

 

Sifa Kaité, el día de la entrevista. Fotografïa: Javier Sánchez Salcedo

¿Cómo fue tu propia infancia?

En un entorno familiar bastante normal, con unos padres que estaban presentes, con hermano y hermanas de los que yo era la mayor. Mi madre tenía una personalidad muy fuerte. Nos transmitieron la importancia de los estudios. Gracias a ellos podríamos hacer todo lo que quisiéramos. Así que fue un entorno muy estimulante para estudiar y reforzaron mucho la confianza en nosotros mismos. «Puedes hacerlo todo», me decía. Y eso es lo que espero aportar a los demás a través de mi trabajo.

 

¿Qué recorrido te ha llevado hasta los campos de refugiados?

Mi vocación era ser abogada. Pero hice un viaje a Sudáfrica por un proyecto de cooperación que me marcó profundamente. Me di cuenta de que deseaba implicarme más en un proyecto de cooperación a largo plazo. Cuando llegué a Chad como voluntaria en un proyecto jurídico conocí la defensa para quienes no tienen medios. Y en ese contexto me encontré con el tema de la protección. Me pareció que tenía en cuenta tanto el aspecto de la defensa como el de la infancia, al que soy muy sensible, así que me pareció que lo incluía todo y me quedé.

 

¿Cómo es la vida de una niña sudanesa en un campo de refugiados en Chad?

Se le exigen muchas cosas desde muy pronto y crece con la idea de que no vale lo mismo que el hombre. Crece pensando que le corresponde trabajar mucho en casa, para ayudar a sus padres, a sus hermanos y al resto de la familia. Las niñas están muy sobrecargadas, se les piden muchas cosas: limpiar la casa, cocinar, ir a por agua, a por leña. Es un riesgo porque es uno de los motivos del abandono escolar. Si sus padres son sensibles a la educación, irá a la escuela. Pero puede que no termine el ciclo si los padres no tienen dinero suficiente. También puede que le pidan que se quede ayudando a la familia. O que la casen porque la familia ya no puede mantenerla. O que, cuando ya sea adolescente y tenga la menstruación, a sus padres les parezca peligroso dejarla sin supervisión y la prometan a alguien para casarse en  un breve plazo. Aunque también hay que decir que hoy en día hay más opciones y que si sus padres han sido muy sensibles a la educación, la niña acabe el ciclo escolar, e incluso que consiga una beca para estudiar en una universidad en Chad fuera del campo. Antes había un camino ya trazado, pero ahora las jóvenes tienen más alternativas. Aunque vaya a la universidad, ayudará en la casa, pero se tendrán en cuenta sus estudios, un tiempo de ocio y un tiempo de descanso. También es posible que la niña crezca con una personalidad fuerte y lleve la voz cantante. Es algo que me alegra muchísimo.

 

¿Podrías desarrollar por qué suceden los matrimonios precoces?

La idea que prevalace allí es que una chica adolescente está en riesgo porque podría quedarse embarazada sin padre reconocido, lo cual constituiría una vergüenza para la familia. Por ese motivo se pone a esa adolescente rápidamente bajo la supervisión de un protector. También ocurre que cuando la niña va creciendo hasta la adolescencia, algunos padres carecen de medios económicos para mantenerla. Así que buscan a alguien que lo haga y dan a la niña en matrimonio a una persona que ella no ha escogido.

 

Sifa Kaité

Sifa Kaité, el día de la entrevista. Fotografïa: Javier Sánchez Salcedo

¿Hay un problema también de violencia sexual?

En regiones como el este de Congo o en Darfur, la violación se ha usado mucho como arma de guerra. Sin embargo en los campos de refugiados, las chicas que están ahí que nos hablan de agresiones sexuales, principalmente de violaciones, son niñas que incluso han nacido en el campo. En este caso la violación ya no es un arma de guerra, pero están expuestas a sufrirla cuando están realizando tareas domésticas como ir a buscar agua fuera del campo o cuando van a buscar leña para el fuego. Las chicas que no tienen padres en el campo son las más vulnerables.

 

¿Qué ocurre con la mutilación genital femenina?

Sigue estando muy extendida en los campos del este de Chad, aunque ha disminuido un poco con el trabajo de concienciación que las ONG llevan haciendo desde bastante tiempo. Es una forma de controlar la sexualidad de las mujeres. El placer femenino es realmente un tabú. No se quiere en ningún caso que la mujer tenga placer y por eso se aplica la mutilación genital femenina. Para algunas comunidades se trata de un rito de iniciación: para que una niña se convierta en mujer, le tienen que practicar la ablación. Para otras, está asociada a la identificación cultural. Su práctica está muy extendida en el propio Chad. Hay leyes para luchar contra ello pero, como forma parte de la cultura, es muy difícil combatirlo. Sin embargo, podemos afirmar que está disminuyendo. Lo dicen las propias jóvenes con las que hablamos.

 

¿Algún riesgo más al que tengan que hacer frente las niñas?

He hablado del abandono escolar, pero quiero subrayarlo una vez más, porque realmente es algo que afecta más a las niñas que a los niños, por muchos motivos de los que ya hemos hablado: el trabajo infantil, las tareas domésticas, y también la menstruación. La menstruación es un periodo difícil de gestionar para las jóvenes, porque para estar a gusto necesitan acceso a agua y jabón, y en la escuela el acceso al agua es complicado, y al jabón también. Tampoco es frecuente el acceso a letrinas o a servicios limpios, ni siquiera a servicios separados de los de los chicos. El resultado es que las niñas se ausentan de la escuela varios días al mes y muchas abandonan definitivamente. Hay otros muchos riesgos, como el de que acudan a la prostitución para satisfacer sus necesidades más básicas.

 

¿Qué hacéis para reducir estos problemas?

Para empezar, contamos con un sistema de identificación. Identificamos cada caso y vemos a qué categoría corresponde: si es abandono escolar, violencia o trabajo infantil. Y en función de la gravedad, aplicamos procedimientos distintos. Si es algo que nosotros podamos gestionar desde nuestra organización, algo ligado directamente a la educación, visitamos al niño o a la niña a su casa y hablamos para determinar cuál es el problema, con preguntas muy claras. No explica cómo vive, cómo se siente y qué necesitaría para sentirse mejor. En base a sus respuestas, hablamos con la madre, con el padre y con los vecinos. Analizamos su entorno. Evaluamos su nivel de bienestar y hacemos recomendaciones. Si es un caso de abandono escolar, hablamos con el director de la escuela e intentamos que se reincorpore. Si es un caso de violencia física, de malos tratos o violación, abordamos también el aspecto médico, derivando el caso a especialistas para que traten al niño o niña desde el punto de vista sanitario, que se aseguren de que todo esté bien, y hacemos un seguimiento. En caso de que el niño o niña requiera ayuda psicosocial, lo desviamos igualmente a un especialista. Tenemos lo que llamamos Espacio Infantil Amigo (Espace ami d’enfants). Son espacios de juego para los niños y niñas, donde se trabaja también el aspecto psicosocial. En ese marco, expresan sus frustraciones y sus dificultades.

 

¿Hasta el momento cuáles han sido los logros conseguidos?

Creo que donde ha habido un mayor avance es en un mejor conocimiento, sobre todo por parte de los propios niños y niñas, sobre la violencia en todas sus formas y sobre sus derechos. Ahora saben quiénes son las personas de referencia a quien acudir en caso de que tengan un problema. Saben que en las escuelas pueden ir a hablar con ciertos profesores que están al cargo de este tema, saben que nosotros estamos ahí y saben a quién acudir en la comunidad cuando se produce uno de estos casos. Otro punto importante es que ahora se habla más sobre estas cuestiones. Antes se sabía que existían todas estas prácticas, pero la información no era fácil de conseguir. Sin embargo hoy en día, la información nos llega más. Los propios niños y niñas hablan más de ello. Y en tercer lugar, la mayoría de las prácticas más graves que hemos detectado, como la mutilación o el matrimonio forzado, están disminuyendo. En Chad existen leyes y, aunque su aplicación sea complicada, la gente es consciente de que existen y de que puede recibir una sanción. Y otro aspecto es la presencia de más niñas en la escuela, más mujeres profesoras, más directoras y más inspectoras pedagógicas. Aún no son muchas, pero son más que antes. Su presencia es un mensaje muy potente para las todas las niñas porque demuestra que es el avance es posible.

 

¿Me cuentas alguna historia significativa?

Te voy a contar varias historias cortas. Una que me impactó fue la de una niña de doce años que vivía con su abuela, sus hermanos y hermanas. Como vivían con una persona mayor, que no tenía dinero, ninguno de los niños iba a la escuela, todos trabajaban. Y como la abuela era ciega, la niña de doce años era la que le servía casi de bastón. Cuando la conocí, llevaba dos años sin ir a la escuela. Y anteriormente, cuando asistía, tampoco asistía con regularidad. Prueba de ello es que ni siquiera sabía expresarse en árabe, que es la lengua que se aprende en la escuela. Solo conocía la lengua local. Se había convertido en un adulto y no tenía amigos. Le pedimos que fuera volviendo poco a poco. Primero la incorporamos a nuestro Espacio Infantil Amigo para que pudiera ir un rato simplemente a jugar y se fuera abriendo a otras personas progresivamente. Si ella y sus hermanos volvían a la escuela, no habría ingresos para la familia, así que conseguimos que una mujer de la comunidad pudiera ayudar a la abuela a vender en el mercado y logramos que aumentara la ración alimentaria que estaban recibiendo. La niña volvió a la escuela, sin necesidad de pagar con los gastos escolares y el uniforme, y con un profesor de apoyo. Fui testigo de cómo iba cambiando, de cómo volvió a convertirse realmente en una niña. Su historia me conmovió mucho porque en una niña de doce años se concentran todos los riesgos. Los doce años es la edad en que se practica la ablación. También es la edad del matrimonio precoz, porque supone una carga demasiado importante para la familia y no podrá seguir manteniéndola mucho tiempo. También está en riesgo de violación porque se desplaza muchas veces por el exterior sin compañía para ir a buscar agua o leña. Todos los riesgos la amenazaban. Pero no se produjo ninguno, salvo el abandono escolar al que logramos poner remedio. La segunda historia es muy corta. Es también de una niña que había abandonado la escuela desde hacía tiempo. Hicimos lo mismo por ella, pero lo más bonito es que su madre, que nunca había ido al colegio, decidió ir también. De modo que las dos se apuntaron a la misma escuela primaria. Me conmovió mucho ver a la madre y a la hija en la misma clase.

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