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Por Alfonso Masoliver
Fue de casualidad, porque nunca había pensado dedicarme a la arqueología africana. Lo que pasó es que en mi departamento en la Universidad Complutense, el de Prehistoria, había una tradición muy fuerte de estudio del noreste de África a raíz de la campaña de salvamento de la presa de Asuán en los años 60. Desde entonces, hubo presencia de arqueólogos de mi departamento en Sudán y Egipto. Mi profesor de entonces, Víctor Fernández, que me dirigió la tesina, había participado en excavaciones en el norte de Nubia en los años 70 y yo empecé con él en Sudán. Fue en el Nilo Azul, al sur del país. Justo al año siguiente, mi profesor empezó un proyecto nuevo en Etiopía. Ha sido un proceso de avance hacia el sur desde Egipto, la Nubia sudanesa y el Nilo Azul hacia Etiopía. Yo he continuado el viaje hacia el este, porque desde allí empezamos a trabajar en Somalilandia, Yibuti y Somalia, donde estamos ahora.
Bueno, depende. Hay una tradición egiptológica muy fuerte que abarca tanto Egipto como Sudán, que es todo un campo de estudio. Y hay miles de arqueólogos que han trabajado allí. Después hay una tradición bastante fuerte en Etiopía, pero en el oeste de África también hay muchísima arqueología, sobre todo, una arqueología francófona muy fuerte que ha hecho muchísima investigación desde la época colonial. Los ingleses están en Tanzania y en Kenia con la arqueología suajili, que también es potente, pero en realidad todo es bastante fragmentario. Han quedado unas lagunas enormes de espacios en los que nunca se ha investigado en zonas más inaccesibles o selváticas. Quizás lo más complicado sea el centro, y pienso en el Congo y en África central. Por las dificultades que presentaba, la arqueología se ha desarrollado más tarde en estos sitios. De hecho, empezó a despegar a partir de los años 70 con el avance de las infraestructuras. En realidad, no sabemos lo que nos podemos encontrar allí. Cuando se ha empezado a entrar en zonas de selva ha habido sorpresas grandísimas, como en el sur de Benín. Un equipo sueco empezó a prospectar zonas de selva tropical hace 10 o 15 años y han encontrado ciudades de hace 2 000 años con 200 hectáreas de superficie.

Hace años que hay equipos nacionales trabajando allí y hay gente muy buena. En algunos sitios más que en otros, claro. En Ghana, por ejemplo, hay muchos profesionales formados localmente y algunos en universidades extranjeras que ahora trabajan allí y tienen un nivel muy bueno a nivel internacional. En Sudán también, pero hoy es una catástrofe. Allí había arqueólogos formados, muy buenos profesionales que eran los que llevaban la mayor parte de la investigación en el país. Las excavaciones las hacían ellos y con muy buen nivel, pero todo eso ha quedado interrumpido por la guerra. Después hay zonas donde no hay nada: República Centroafricana, Chad, Níger… Son territorios donde no hay una arqueología local o hay muy pocos profesionales locales formados fuera.
Nosotros no somos periodistas, por lo que rehuimos los conflictos en la medida de lo posible. Lo que tratamos siempre es de informarnos con nuestros colegas locales y ver dónde es razonable investigar. No queremos arriesgarnos nunca. Ahora bien, es cierto que la zona donde más trabajo, que es el Cuerno de África, es muy volátil e inestable y nunca sabes lo que va a pasar. En Etiopía, desde el año 2013 no hemos tenido una campaña pacífica en la que no haya pasado nada.
Parte de mi trabajo en África, sobre todo los primeros años, tuvo que ver con conflictos entre africanos relacionados con la esclavitud o sobre las conquistas imperiales etíopes. A mí me dicen muchas veces que creo que todos los africanos son maravillosos y que los idealizo. Yo respondo que llevo 26 años yendo allí y creo que tengo el culo suficientemente pelado como para no idealizar a nadie. A nivel histórico, África subsahariana está llena de sociedades muy complejas y muchas veces muy contradictorias, como en cualquier otra parte del mundo. Hay fenómenos terribles de esclavitud y de opresión, como en cualquier otro lado. Pero también es cierto, y eso me interesa cada vez más, que los africanos han sido capaces de desarrollar instituciones para la resolución de conflictos, crear mecanismos igualitarios y evitar las formas de opresión o despotismo más excesivas…. Es decir, existen las dos cosas, y creo que cualquiera que estudie sociedades africanas es consciente de esa complejidad y de esas ambivalencias. También es cierto que cada vez más, y sobre todo en mi faceta divulgativa, tiendo a poner el énfasis en los aspectos positivos de África. No es que no sea consciente de todos los problemas y los horrores que suceden, pero como esos horrores están muy presentes y ahí los periodistas estáis haciendo una labor fundamental, creo que mi labor como investigador del pasado es presentar otros pasados, otras trayectorias de las sociedades africanas que no están necesariamente marcadas por el conflicto, por el genocidio o por el enfrentamiento, sino por lo contrario. Ahí entran fenómenos como la hospitalidad, la convivencia entre culturas muy distintas, entre religiones y los préstamos culturales. Y eso es lo que quiero enfatizar, un poco para contrarrestar el aspecto negativo que nos llega.

En realidad, para que se pueda salvaguardar su patrimonio, muchas veces son ellos los primeros que piden cooperación internacional en estos casos. Otra cuestión es qué hacemos en situaciones ordinarias y donde no hay ninguna catástrofe ni una guerra. Es verdad que muchas veces los países no disponen ni del interés ni de los medios para conservar ese material. Hice cuatro campañas en Guinea Ecuatorial y dejé de trabajar allí. Uno de los motivos fundamentales era que el Gobierno no garantizaba la protección de los objetos que nosotros estábamos desenterrando, con lo cual se iban a perder o destruir. Eran unos objetos alucinantes, de lo más espectacular de la Edad del Hierro que he excavado. Me dije: «Mira, mejor que se queden bajo tierra y que puedan seguir ahí varios miles de años, antes que desenterrarlos para que se echen a perder». Hay países donde todavía hay una absoluta ausencia de sensibilidad patrimonial. Es verdad que hay otros [países] que tienen unos protocolos muy bien establecidos y lo que necesitan es ayuda internacional para poder mantenerlos. Puede que no haya medios, puede que haga falta ayuda, pero esta idea de que no lo saben cuidar… A lo mejor no es que no sepan, es que no pueden, ¿no? Entiendo que para un país como Etiopía, sin ir más lejos, que tiene graves necesidades en temas de sanidad y educación, a lo mejor un museo no es lo más importante. Además, hay veces que nos olvidamos de la paja en nuestro propio ojo: a nosotros se nos están cayendo castillos continuamente. En España estábamos bombardeando el Museo del Prado hace 80 años. O los museos de Berlín hace 70. Es decir, que ninguna sociedad es inmune a la destrucción de su patrimonio de forma voluntaria o involuntaria.
Hay una cuestión importante: buena parte de las sociedades africanas más complejas se desmantelaron con el colonialismo o previamente, con el mercado de la esclavitud atlántica, que supuso una disrupción muy fuerte en las sociedades africanas. Todas las sociedades que colonizaron las potencias europeas a partir de mediados del siglo XIX fueron, en buena medida, sociedades que ya estaban ruralizadas, aunque no lo eran necesariamente en origen, o estaban en franca decadencia. Un ejemplo muy evidente es el de las ciudades suajilis. Toda la costa de África oriental era una sociedad esencialmente urbana. La gente vivía en la mayor parte de los casos en ciudades. A partir del siglo XVI llegan los portugueses y estas ciudades empiezan a entrar en declive. Algunas antes, otras después, ya de forma manifiesta a partir del XVIII. Cuando llega la colonización de Europa, en el siglo XIX, lo que quedaba era un reflejo de lo que había sido con anterioridad. Pienso también en la muralla de Benín, por ejemplo, que destruyeron los propios ingleses. Además de esto, lo que era más llamativo para los europeos eran las sociedades rurales, evidentemente, cuyos habitantes eran los que estaban en cueros y con una lanza. No había una otredad tan fuerte en el caso de los ámbitos urbanos.

Siempre pongo énfasis en la idea de que el pasado de África fue muy diferente al presente y que el futuro también puede ser muy diferente. Muchas veces pensamos que África está condenada a vivir este presente de desgracias y conflicto perpetuo, pero hablamos en realidad de un presente que es un período muy corto de tiempo. Hay sociedades que han sido esplendorosas, han vivido en paz, se han desarrollado y han sido prósperas durante siglos y siglos. Nadie dice que eso no pueda volver a suceder. Yo creo que hay parte de ese conocimiento y de esa memoria de otra forma de hacer las cosas que está todavía presente en las sociedades africanas. Lo que pasa es que la parte de la violencia, la depredación y el despotismo ha predominado en los últimos años. Pero existe ese elemento utópico y se puede rescatar.
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