Slam Poetry: la poesía social que atrapa

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Los africanos releen a los clásicos
El éxito de la primera edición panafricana, celebrada en Chad, de la Coupe d’Afrique de Slam Poesie, un torneo donde se pone en valor el poder de la palabra, visibiliza a una cantera de jóvenes poetas que piden paso para ser escuchados.

El joven Al Fàruq nació en Ziguinchor, la capital de la rica y verde región de Casamance (sur de Senegal), un lugar con solera artística, ya que en esta misma ciudad correteó Ousmane Sembène antes de que la crítica lo encumbrara como el padre de las cinematografías africanas. Pero en realidad, el nombre real de Al Fàruq es ­Abdourahmane Dabo, un estudiante de la Universidad Gaston Berger de Saint-Louis, donde compagina su máster en Geografía con actuaciones en directo en las que desnuda la poesía más clásica para convertirla en un espectáculo transgresor y canalla que, cada vez, gana más adeptos entre africanas y africanos.

Hace unas semanas en Yamena, la capital de Chad, Al Fàruq se embolsaba la cantidad de 762 euros al ganar la primera edición de la Copa Africana de Slam Poetry (ACSP, por sus siglas en inglés), o Coupe d’Afrique de Slam Poesie (CASP, en francés), una iniciativa propiedad de un grupo de artistas y empresarios culturales de Chad, Togo, Camerún, Costa de Marfil y Angola. El representante de Senegal supo cómo manejar el lenguaje de Molière con frases rítmicas y juegos de palabras que no dejaron ninguna posibilidad para su oponente sudafricano. El encuentro reunió a artistas de más de 20 países africanos y ha tenido lugar del 5 al 10 de noviembre en un Estado con escasez de eventos culturales de ámbito internacional, y con una infraestructura desafiante, como lo demuestra, por ejemplo, el propio uso de la aplicación de móvil WhatsApp, la cual está restringida en el país.

 

Las bambalinas del slam poetry

El fenómeno cultural conocido como slam poetry (poesía del suburbio) nació hace unos 30 años en Chicago de la mano del poeta Mark Smith y un grupo de intelectuales excéntricos que pretendían saltarse los encorsetados moldes de la poesía realizada para una clase privilegiada. Sí, se trataba de leer poemas fuera de los entornos literarios y con un estilo teatral y excéntrico. Contaba con la experiencia de las reuniones que hacían en el local Get Me High Lounge, en Illinois. Pero la explosión no se desencadenaría hasta 1986, cuando Smith se acercó a Dave Jemilo, el dueño del Green Mill (un club de jazz de Chicago y antiguo refugio de Al Capone) con un plan para acoger un cabaret de poesía semanal durante las noches de los domingos. Jemilo aceptó y el 25 de julio de ese año nacía un estilo con el que se escupían e intercambiaban palabras en la barra del bar.

 

Entrega del premio de la Copa africana de Slam Poetry, celebrada en noviembre en Chad. Fotografía: Thomas Gesthuizen/Voice4Thought

 

La tradición oral y el hip-hop

Desde entonces, las ruidosas competiciones se han extendido internacionalmente, lanzando una serie de torneos anuales, inspirando a una generación de poetas jóvenes y suscitando un imperio comercial en el que se fusionan la poesía y el hip-hop. En África cada vez son más los adeptos que encuentran en la tradición oral una vía de escape para poner contra las cuerdas a los políticos, pero también, para hablar de identidad, raza o amor. Senegal, Costa de Marfil, República Democrática de Congo, Kenia o Mozambique son algunos de los países más aventajados.

En Sudáfrica, por ejemplo, la idea de hacer poesía en un entorno alejado de las convenciones eurocéntricas en cuanto a las preocupaciones estilísticas no es un fenómeno nuevo. Ya en la década de 1970, grupos como Dashiki fusionaban la lectura de poemas con sonidos de jazz. Los Allah Poets, Mihloti o Medupi Writers recitaban sobre el ritmo del tambor y los sonidos de las vuvuzelas. Todos ellos promovieron la noción de teatro participativo influenciados por la «teoría antipoética» de Bertold Brecht, el «teatro pobre» de Jerry Grotowsky o el «teatro de los oprimidos» de Augusto Boal. Pero también, sacaron a relucir las formas de expresión africanas anteriores al período colonial, donde no había límites rígidos entre música, poesía o danza. De hecho, durante la década de los 80 y 90, la poesía se realizaba en prisiones, albergues, asentamientos informales, campamentos de refugiados o en los campos de entrenamiento de los guerrilleros en el exilio.

 

Las claves para el éxito

Esta poesía ha reinventado la tradición oral. Debe reflejar emociones y experiencias personales. No se recita, no se lee. A diferencia de un poema en una página escrita, el autor tiene la oportunidad de proporcionar guías de interpretación al oyente. Los versos pueden ser polémicos, desestimados, rechazados, exaltados o abrazados por los críticos. Genuinos, despectivos, insolentes o sinceros… Todo vale para lo bueno y lo malo. Un estilo que cada vez adquiere más respeto y credibilidad, mientras sirve como un andamio para el compromiso social. Eso sí, ha marcado un punto de inflexión: la poesía como lugar para el conflicto cultural.

Aunque algunos argumentan que todavía hay mucho camino por recorrer en términos de implicación pública, este género ha salido a la calle en muchas ciudades del continente africano y los jóvenes están cada vez más interesados en esta forma de hablar en público. Quizás el caso de Senegal sea uno de los más carismáticos. Allí reside Matador, una de las personas más influyentes. Miembro fundador del grupo Thiaroye, ha obtenido un reconocimiento internacional en las escenas underground y, desde 2006, su lucha por representar a los jóvenes sin voz de Senegal ha dado un giro renovado con la creación de Africulturban. A través de este espacio, Matador ha reiterado su compromiso social y político a la vez que desempeña su papel de «enemigo del sistema número uno» y «jefe mayor general del ejército de personas moribundas».

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