Soweto 1976 – 2021

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45 años después de la manifestación de estudiantes que acabó en un enfrentamiento con más de 200 muertos, el sistema educativo no ha logrado un acceso igualitario.


El 16 de junio es una jornada festiva en Sudáfrica, se celebra el Día de la Juventud para recordar que en 1976 estudiantes de Primaria y Secundaria de los suburbios de Johannesburgo decidieron emprender una marcha pacífica para rechazar la enseñanza bantú (establecida en 1953) impuesta por el apartheid, y en la que el idioma afrikaan era vehicular y discriminaba las lenguas maternas de los otros grupos culturales de la sociedad sudafricana.

 
«Los jóvenes deben sentir que este país les pertenece, tienen que alzar la voz», declaraba una parlamentaria a varias televisiones frente al monumento que homenajea a Hector Pieterson, de 12 años, que fue uno de los primeros en caer ante los disparos de las fuerzas de seguridad que frenaron la. La icónica fotografía de Pieterson, malherido y trasladado en brazos por un aterrorizado Mbuyisa Makhubo junto a la nerviosa hermana de Hector, preside el lugar donde una fuente recuerda el sacrificio de los que lucharon para que en la Sudáfrica actual existan 11 lenguas oficiales y que las escuelas puedan ofertar en todas ellas la enseñanza de cualquier disciplina.



Una calle de Soweto con las torres que caracterizan al suburbio más grande de Johannesburgo al fondo. Fotografía: Carla Fibla / MN





45 años después, el lugar, situado en el emblemático barrio de Soweto, muy cerca de la calle Vilakazi –la única del mundo en la que vivieron dos premios Nobel (Nelson Mandela y el arzobispo Desmond Tutu)–,  es un hervidero en el que familias con padres narran lo ocurrido, políticos aprovechan para trasladar sus mensajes institucionales y calientan motores para las elecciones locales de octubre, líderes religiosos comparten sus oraciones y jóvenes de diferentes tradiciones realizan bailes y rituales.



Ritual para honrar la memoria de los muertos el 16 de junio de 1976. Fotografía: Carla Fibla / MN




Una mujer vestida de gala junto al monumento por los caídos. Fotografía: Carla Fibla / MN





Desde la plaza sale la calle Moeme, la llamada fighting line («línea de combate» en inglés), cuya acera fue pintada de rojo para recordar la sangre que se derramó aquel fatídico día. Los padres se detienen en varios puntos de la calzada, aminoran el paso para que les dé tiempo a completar el relato, y cuando llegan al conjunto de hierros con los que se han formado la figura de niños y adolescentes enfrentándose, con los brazos en alto, a los que les oprimían, se detienen para fotografiarse.



El monumento de hierro que representa a los estudiantes que se manifestaron y fueron masacrados. Fotografía: Carla Fibla / MN





Unos pasos más allá está la sede de Sowetan TV, que comparte espacio con otras iniciativas sociales y culturales, entre ellas la Umbuyisa Scool of Arts and Culture, cuyo nombre es un homenaje al adolescente que intentó salvar la vida a Pieterson. «Creé este espacio en 2005 porque soy del barrio, y cuando era pequeño no había un lugar adonde acudir al terminar la escuela. Era muy activo y necesitaba estar ocupado. El arte, la música, el teatro… les proporciona otra mirada sobre la vida», explica Tsepo Ramatumbu, fundador de la escuela y artista. En la actualidad acoge a 80 niños y niñas que provienen de familias desfavorecidas, con padres en paro (el desempleo asciende en Sudáfrica al 46%, el 74% entre los jóvenes) o huérfanos.



Interior de la Escuela de Arte y Cultura Umbuyisa. Fotografía: Carla Fibla / MN




Llevan semanas preparándose para celebrar el Día de la Juventud, pero esa mañana aún dan los últimos retoques a los murales en los que se repite insistentemente la frase: «I love Soweto». Cuesta un rato organizarles, pero Tsepo los separa en grupos para que los que esa mañana han decidido repentinamente formar parte de la escuela y así disfrutar de la celebración y la barbacoa, sepan que «no se puede aparecer de repente y unirse a la fiesta». Por eso, solo los que Tsepo va nombrando son los que acabaran subiéndose a un escenario para cantar a capela el himno nacional, mientras lo otros preparan la comida. «Para sacar a estos niños de la calle, de la violencia y permitirles tener un contacto con su capacidad de creación, cuento con el apoyo de otros artistas. Lo más duro es la financiación porque hay que comprar material y poder ofrecerles una comida cuando acceden al centro. Pero estoy muy orgulloso de estos niños de la calle», continúa Tsepo al referirse a chicos concretos que han acabado siendo arquitectos, médicos, profesores…, «personas que, a pesar de haber nacido en un entorno muy hostil, han conseguido salir adelante».



La actuación de algunos de los menores de la escuela de arte para niños desfaviorecidos. Fotografía: Carla Fibla / MN



Baile tradicional de los mineros interpretado por los menores de otra escuela para niños con pocos recursos de Soweto Este. Fotografía: Carla Fibla / MN




El secreto, confiesa Tsepo en voz baja, es la disciplina: «Tienen que ganarse estar aquí y valorarlo. Es verdad que si no vas a la escuela no apruebas los exámenes ni pasas de curso, pues para disfrutar de días como el de la Juventud hay que trabajar y formar parte de la escuela».


Mural en la calle Moeme de Soweto. Fotografía: Carla Fibla / MN




La lucha continúa

De las fotografías en blanco y negro de manifestaciones posteriores al 16 de junio de 1976 en las que los menores aparecían con carteles donde podía leerse: «No estamos luchando. Por favor liberad a nuestros compañeros estudiantes»; a las que pueden verse en color en el Café Bohemia, situado en Orlando Este Soweto, con otros carteles que rezan #Asinmali («no puedo pagar», en zulú)» –refiriéndose a las tasas universitarias que no pueden permitirse muchas familias negras –, han pasado más de cuarenta años. La campaña en redes sociales #FeesMustFall, que acompañó a las manifestaciones de 2015-2016 en la que se exigía la congelación de las tasas de matriculación para las que se había anunciado una subida de hasta un 12%, terminó en un enfrentamiento en el que las fuerzas del Servicio de Policía de Sudáfrica (SAPS) dispersaron a los estudiantes con granadas detonadoras y balas de goma. Imágenes de violencia que recordaban demasiado la brutalidad del apartheid. #FeesMustFall surgió ante las estadísticas del Consejo Superior de Sudáfrica que en 2013 apuntaba que solo el 16% de los sudafricanos negros van a la universidad frente al 54,7% de los blancos, el 47,4% de los de descendencia india y el 14,2% de los de color (etnia mixta).



Exposición inaugurada el 16 de junio de 2021 en el Café Bohemia sobre la campaña #FeesMustFall. Fotografía: Carla Fibla / MN





A pesar de que hace 27 años, el mismo tiempo que Mandela pasó en la cárcel, que el Congreso Nacional Africano (CNA) asumió el poder en las primeras elecciones democráticas del país, la implantación de los 11 idiomas oficiales sudafricanos ene l sistema educativo sigue siendo una utopía. El afrikaans ya no es el prioritario ni el único en el que se puede estudiar matemáticas, aritmética o estudios sociales, dejando para el idioma materno de la mayor parte de la población negra (en la actualidad el 8% de la población es blanca) asignaturas como música, religión y educación física; ni existe la inmensa desproporción en el gasto en educación que había en 1976, siendo 15 veces mayor para la minoría blanca; pero el acceso justo y en proporción a las condiciones económicas de las familias negras más desfavorecidas se mantiene y recuerda que, por el momento, el CNA está fracasando al no garantizar desde Primaria a los estudios universitarios y posgrados un derecho fundamental para todos los ciudadanos como es la educación.


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