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Por Javier Sánchez Salcedo y Javier Fariñas Martín
Hablar de mí siempre es una cosa muy… compleja. Cuando me preguntan quién soy, yo pienso que soy tantas cosas que me faltan palabras para describirme. Soy una mujer caboverdiana que vive del arte desde hace 25 años. Aunque eso no me define, soy madre de dos hijos. Trabajo en Raiz di Polon, una compañía de danza que conocí en el 99. Desde entonces no hago nada más que bailar, mi vida es danzar. Puedo decir también que soy una amante de la belleza de la vida y de las personas, esto me motiva y me inspira a cuidar de mí y de los otros y me ayuda a entenderme y entender al otro. Pienso que soy mi propio arte. Mi forma de estar y de vivir gira alrededor de eso.
Sí, yo sé que hay otras cosas, que también está el mal, pero escojo alimentar el bien. No es porque no vea lo demás, sí que lo veo, pero sé separar ambas cosas. No soy indiferente, pero no me afecta hasta el punto de estar en conflicto con ello. A pesar de que vivo con un niño de seis años, amo mi soledad, me siento sola y eso es suficiente para mí. En esta soledad puedo conocerme y conocer al otro.
Sí, en esta casa. Nací aquí y estoy viviendo aquí.
Viví en Portugal cinco años, recorrí más de 40 países con la compañía. Cuando estoy fuera, lo de aquí es como si no existiera. Siento la distancia con mi familia, pero estoy allí y allí está mi casa. No importa si es un hotel u otro sitio, el momento es allí. Pero esta casa es muy importante. Lo que ustedes ven está igual [que cuando era más pequeña]. A veces hago algún retoque, pero no quiero cambiar nada. No cambio esta casa por nada, por nada, me gusta la simplicidad. Aquí construí un espacio, un mundo donde tengo todo. Estoy protegida. Tengo estos árboles que adoro, que para mí son como mis abuelos. Aunque ya no están aquí, así puedo conectar con ellos. Cuando regresé [de Portugal] tuve que volver aquí. Vivo de la danza y tuve que hacer que mis necesidades sean muy básicas.

Esta casa es un vientre, estar aquí es como estar en un vientre.
Sí, sí. Aquí tienes una calidad de vida preciosa, el tiempo es diferente, parece que a veces las cosas se paran. Tienes tiempo, puedes salir de trabajar y dar un paseo por la playa, estar con amigos, visitar no sé qué y volver a trabajar. Si tengo que salir puedo ir a la vecina y preguntarle si se puede quedar con mi hijo. A veces es ella la que llama a la puerta: «¿Tienes un poco de azúcar o sal?». Aún hay esa complicidad y esa ayuda mutua de las personas.
Cabo Verde es un buen lugar para trabajar las cosas que necesitan luz y atención. Creo que este país facilita eso. Las personas que estamos fuera, cuando volvemos, a veces tenemos la impresión de que todo viene cuesta arriba, pero aquí tienes tiempo para estar contigo y sentir tus demonios y hablar con ellos. Creo que Cabo Verde es muy importante. A través de mi trabajo siempre quiero reproducir la belleza que siento y que veo. Y quiero que las personas vean esto en sí mismas y en los demás.
Mi madre siempre me dice que tengo la vida que ella deseó. Ella quería ser bailarina, pero no lo sabía. Mi madre emigró a Estados Unidos cuando yo tenía 12 años, y regresó hace dos, después de pasar mucho tiempo allí. Recuerdo con claridad cuando veía el ballet en la televisión. Estaba tan fascinada que me pegaba al aparato y parecía que entraba en esos cuerpos. Aquello me enamoró. A partir del momento en que empecé a ver el mundo, las únicas cosas que me cautivaban eran las personas, los lugares, las artes… No hablaba mucho. En realidad, no hablaba casi nada. Mi abuelo decía que yo hablé con dos años y parece ser que la primera palabra que pronuncié fue «no». No decía nada. Hasta los 16 o los 18 años era así: observaba y no hablaba. Entonces me encontré en la calle a Mano Preto, que es el director artístico de Raiz di Polon, que me dijo: «¿Quieres entrar en un grupo de danza, en Raiz di Polon?». En aquel momento vivía con mis abuelos y mi hermana mayor, que me dijo que no podía porque estaba estudiando. Con el tiempo fui a ver al grupo y encontré algo que me interesaba, tal vez ahí podía expresarme, tal vez aquella podía ser mi voz. Después de varios acercamientos y de trabajar intermitentemente con ellos, me quedé en Raiz di Polon hasta hoy. Si quieres saber de mí y entenderme, ven a verme bailar.

Sí, también.
Pienso que es muy complejo. Nosotros somos complejos. Pero sí, puede ser. Esto es muy sutil también. A veces tú misma no te comprendes, no sé.
Sí, mucho, mucho, mucho. Cada vez me conozco más, cada vez que profundizo en mí encuentro más hondura, más cosas. El silencio y mi soledad también me ayudan a entenderme, a evolucionar. Y eso se trasluce en mi trabajo, en cada performance.
Yo estoy aquí, pero también amo el mundo de fuera. Aunque esté pegada a la calle, el ruido de afuera no afecta a este silencio. Puedo dormir y puedo estar tranquila, no es algo que vaya a buscar o que me esfuerce para lograr.
Sí, es una actitud.

¡Qué pregunta! Cuando me llamaron para hacer esta representación [en Praia, la capital de Cabo Verde], pensé en hacer precisamente esto. Es la primera vez que hago esta performance aquí, porque la compañía no trabaja mucho en el país. Los nuestros son espectáculos grandes y aquí es muy difícil sacarlos adelante. Por eso pensé en llevar cosas con las que el público se identificara. Ya la había representado en Angola, en Santo Tomé y Príncipe, aunque en esos lugares fue diferente. En cada sitio quiero aportar cosas de la historia local o de las personas que viven allí.
Es complicado, porque ves y no ves. El espectador mira y yo le veo, pero también consigo sentir la energía de las personas que están ahí. Consigo sentir eso de una forma muy sutil. Después de la performance ellos vienen a hablar conmigo, pero en ese momento solo puedes prestar atención a lo que ves.
Cuando representé Sacralidade, buena parte del público eran familiares y amigos. En Cabo Verde todavía estamos en el proceso de crear al público específico de la danza contemporánea. Como hay pocos creadores, no tenemos un público propio. Esto nos exige a los artistas proponer y hacer, hacer, hacer, bombear esto en la calle. Hay que construir este mundo aquí. Siento que las personas también tienen saudade de ver danza y cosas diferentes.
Depende del artista. Si eres auténtico, trabajas y tienes dedicación, tendrás un público y podrás vivir incluso en este pequeño país. Aquí tenemos de todo. La música tiene este papel porque se hizo lo posible para que esto sucediera. En cuanto a la danza, a mí me parece que está así porque nuestro cuerpo todavía está muy reprimido. Guardamos muchas cosas en nuestro cuerpo. Bailamos y bailamos músicas como el funaná y otras, pero para llegar a implantar este tipo de performances todavía…
Veo a Mano [Preto] y otras personas. Mano crea historias de Cabral o historias sobre los esclavos. En la compañía siempre se trabaja a partir de estas historias, de Codé di Dona, el músico de funaná ya fallecido… En mi caso, las cosas que yo pienso son siempre cosas mías. Digo cosas mías, pero no es exactamente así, porque yo no vivo sola en este mundo. Siempre hablo de cosas como la espiritualidad, de estar tú contigo mismo, de cosas que te rodean, porque, para mí, así es más fácil ser auténtica y esas son mis verdades. No es que sea difícil hablar de otros, hablar de Codé di Dona, por ejemplo, pero me gusta más ir por este camino. Siempre parto de mí y de cómo veo el mundo.

Sí, sí. No hay mucha diferencia entre una persona y otra. La única diferencia es la esencia. Yo veo a las personas así y quiero hablar de esto, de esa belleza que todos tenemos, de esa divinidad que somos.
Yo soy el ejemplo. Llevo 25 años de danza, pero claro, con la ayuda de mi familia.
Todos estos temas están en mí de alguna forma cuando bailo, porque siempre hay una nostalgia y una soledad detrás de ese fenómeno. En Cabo Verde, [el género musical de] la morna es eso: la soledad de las personas que se van, de los padres, porque la mayoría nos hemos criado así. Los padres emigraron, la madre emigró y nos quedamos con los abuelos. Yo soy ese ejemplo y esa historia.
Los entiendo, claro que los entiendo. Puedo estar o no de acuerdo, pero entiendo que lo hagan, porque yo también lo hice a causa de la danza. En aquel momento necesitaba estar en Lisboa y conocer todo aquello, pero después de un tiempo allí me dije: «Tengo que volver. Necesito volver. Tengo mi identidad, tengo mi pasaporte, tengo un sitio, tengo todo. Necesito volver». Estoy aquí, ya está bien.
Sí, pero los entiendo. Ellos necesitan sentir eso y después decidir o no.
Cuando fui a España por primera vez, en concreto a Barcelona, estuve en una residencia, donde tuve la oportunidad de encontrarme con muchos artistas. Siempre me encantó su lengua, su dramaticidad y también algo agridulce de su actitud. Me parece que mi alma también ha nacido en algún lugar así, no sé… Me encanta la cultura y todo. Siempre oí a Chavela Vargas y me gustó Frida Kahlo, de la que tengo muchas cosas. Me gusta la intensidad de sus palabras, la manera de hablar… De ahí también heredé el gusto por la música. A veces escucho música española.
¡La adoro!
Por el cuerpo y el encanto. Tiene una belleza muy peculiar, es muy bonita.
A veces cuando acabo de actuar me gustaría tener una puerta al fondo para ir a mi casa o al hotel. De hecho, antes lo hacía así. Al salir del escenario no quería nada, salvo ir para casa, abrir la ventana, descansar en la bañera y quedarme allí. Y después, tal vez, hablar sobre aquello. Mi conocimiento es muy intuitivo y funciono precisamente a través de la intuición, de una memoria visual interior. No es que no sepa lo que hago, pero me parece que estoy dentro de un viaje, es como si aquello, la actuación, ya hubiera sucedido y no tuviera demasiado interés para mí.
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