Un sueño

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Por Hna. Valeria Ruiz Sánchez Armida





Vivo en Egipto desde hace cuatro años, en concreto en la misión de Asuán. El contexto es muy diferente al de Perú, mi país de origen. El aprendizaje del árabe y de esta cultura milenaria está suponiendo para mí un camino de esfuerzo y humildad. Soy profesora de inglés y supervisora académica en la Escuela Santa Teresa, la única escuela católica de la región, fundada en 1896, que acoge a alumnos desde el nivel inicial hasta Secundaria. Como misionera comboniana, me siento orgullosa de poder continuar el legado de Comboni en Egipto, quien, consciente del poder transformador de la educación, fundó en El Cairo tres institutos destinados a la formación de niños, jóvenes, catecúmenos y mujeres africanas.

Hoy, como ayer, las escuelas de este país son espacios de encuentro, diálogo y esperanza. La nuestra, de identidad católica, abre sus puertas a niños cristianos —coptos católicos y coptos ortodoxos— y musulmanes, convirtiéndose en un espacio único de convivencia y aprendizaje. Estoy descubriendo que el verdadero diálogo interreligioso no se produce en conferencias ni debates teológicos, sino en la vida cotidiana de las aulas. Los niños cristianos y musulmanes juegan, estudian y se ayudan sin prejuicios. Esta experiencia revela que el diálogo se encarna en la convivencia.

Tengo muy presente la historia de Yusef, un niño de tercero, hiperactivo, inteligente y extrovertido pero incapaz de escribir una sola frase en árabe o inglés. Sus tareas nunca estaban al día y, cuando quise saber el porqué, respondía con el silencio. Al consultar a otros maestros supe que su padre nunca se pasaba por la escuela y no respondía a las llamadas. Los intentos de contactar con la madre resultaron también infructuosos.

Con paciencia logré acercarme a Yusef y descubrí que su padre apenas estaba presente en su vida y que su madre recurría con frecuencia a la violencia. Me reveló además que su padre tenía una nueva familia y un hijo recién nacido. Todo ello explicaba la conducta inquieta y evasiva de Yusef, así como sus bajas calificaciones. Esta experiencia me hizo comprender que los niños no son la prioridad en muchos hogares. Duele ver a un pequeño sufrir por la ausencia y el descuido de sus padres, pero esta realidad me está impulsando a buscar caminos donde la escuela y las familias compartan la responsabilidad de una educación integral.

El diálogo interreligioso que se vive en las aulas, la convivencia sin prejuicios entre los alumnos y la historia de Yusef me recuerdan que la educación es un puente hacia la paz y la fraternidad. Cada gesto de amor puede transformar la vida de un niño. En nuestra escuela se construye el futuro de Egipto y el sueño de una humanidad más justa. 

Hoy reafirmo la importancia de continuar el legado educativo de san Daniel Comboni, especialmente en países árabes, donde el Evangelio se anuncia en silencio a través del servicio y el testimonio cotidiano. 




En la imagen superior, la autora del texto con varias alumnas de la Escuela Santa Teresa. Fotografía: Archivo personal de la autora





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