Entre la distracción y la abstracción

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Por P. Juan G. Núñez, desde Etiopía



Hoy me he dejado alimentar por los recuerdos en la misión de Shafina, mientras asistía a la ordenación sacerdotal de Daniel Dawit, nacido en esta parroquia. Más que distraído, casi diría que estuve abstraído, dejando que mi mente reconstruyera episodios relacionados con esta misión, con el Vicariato de Awasa y con mis 50 años en Etiopía. 

Shafina es anterior a mi llegada. Se remonta casi a los comienzos del Vicariato, en diciembre de 1964. «Comienzos» no es una palabra dicha al azar. Awasa comenzó con dos padres combonianos a quienes se les había confiado un territorio con ocho millones de habitantes y ningún católico. Luego, de prisa, cada año nuevos misioneros y nuevas misiones. Shafina fue la cuarta, abierta en 1968. Estaba situada en un lugar frondoso y fértil, donde crecía el café y todo lo que plantaras de frutas y hortalizas, sin mucho frío ni mucho calor. Casi el paraíso terrenal.

Mi primera visita fue en 1977 por motivos más bien sentimentales. Había hecho el curso de amárico junto a un comboniano que llegó a Etiopía al mismo tiempo que yo. Al terminar la formación, a él lo destinaron a Shafina y a mí a Dilla, dos misiones no muy lejanas. En 1977 vine a verlo para consolarnos mutuamente contándonos nuestras historias. Ambos hemos cumplido 50 años en Etiopía. Él acaba de ser destinado a Italia para ser superior de una comunidad nueva, mientras que yo sigo aquí.

Tras cinco años en Dilla, fui llamado a abrir el seminario mayor interdiocesano en Adís Abeba. Allí me llegaron, en su momento, tres candidatos de Shafina. Todos fueron ordenados sacerdotes, aunque dos de ellos lo dejaron al poco tiempo. Esto fue lo que pasó con bastantes de los que llegarían al sacerdocio a lo largo de estos años.

A Daniel lo he conocido recientemente y lo he seguido, aunque de lejos, en mi período de administrador apostólico del Vicariato. Pequeño y delgado, discreto, pero no apocado. Hoy está a los pies del altar ante el nuevo obispo de Awasa, que le impondrá las manos. Y todos los muchos sacerdotes que estamos concelebrando se las impondremos, implorando la fuerza del Espíritu sobre él, Espíritu que suplican también las más de 1 000 personas que abarrotan la nueva y espaciosa iglesia de Shafina. Dios le necesita para mantener viva esta iglesia de Awasa con sus 300 000 católicos.

Yo imploro y recuerdo. Comencé mi vida misionera aquí, en la misión de Dilla, durante cinco años. Luego me fui, aunque sin perder nunca el contacto con ella, hasta que, 40 años más tarde, cojo de oído y manco de vista, fui llamado para dirigirla, haciendo por cuatro años de obispo sin serlo. Y ahora aquí estoy de nuevo, prestando algún servicio en la medida de mis fuerzas. Mañana celebraré en la catedral las dos misas del domingo, cada una de más de dos horas. Parece tarea titánica, pero no lo es. Es cuestión de relajarse y disfrutar de lo que allí se realiza. La mayoría del tiempo lo ocupan los cantos, que son muy hermosos. Otra buena parte se la llevan los comentarios a las lecturas, algunos casi homilías. Lo mío es lo estrictamente reservado al sacerdote y una homilía que, siguiendo los consejos del papa Francisco, intento que sea breve y jugosa. Y hasta que Dios quiera.



Fotografía: Archivo personal del autor





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