Helado

en |



Abass probó el helado por primera vez hace varios años. Una compañera de la universidad decidió celebrar su fiesta de cumpleaños en una heladería nueva, abierta recientemente cerca del campus de Cocody (Costa de Marfil). A sus 22 años, Abass experimentó un placer inmenso con la primera cucharada que se llevó a la boca. Devoró la copa de vainilla y fresa que le habían puesto delante casi sin respirar. Cuenta que aquella experiencia le hizo reflexionar sobre las muchas cosas que se había perdido en la vida. Llevaba años, desde que empezó la escuela secundaria, centrándose en sus estudios, trabajando duro en la granja familiar para poder ahorrar el dinero que le llevase a la ­universidad.

Él es el primer miembro de su familia –y de su pueblo– en cursar estudios universitarios. Por eso, hasta aquel día en que probó el helado por primera vez, pensaba que su sacrificio, trabajo duro y abnegación eran lo importante. No quería que nada le desviase de la ruta que se había marcado. Su vida en Abiyán se movía entre la facultad, la casa que compartía con otros estudiantes y un pequeño trabajo como camarero en un bar de barrio que le permitía conseguir algo de dinero para sufragar sus gastos. No salía con amigos. Su vida se reducía al estudio y al trabajo. 

Pero aquella fiesta de cumpleaños, a la que acudió casi por compromiso, le revolvió por dentro. ¿Cuántos placeres de la vida, cuántas experiencias que vivían otros jóvenes de su edad, se estaba perdiendo? ¿Valía la pena tanto sacrificio? Durante días, estas y otras cuestiones daban vueltas por su cabeza. Para reflexionar mejor, se acercó varias veces a la heladería, y solo, con cierto sentimiento de culpa, probó nuevos sabores de helados hasta decidir que el de chocolate era su favorito. 

Abass tuvo un momento de rebeldía. Comenzó a salir con sus amigos a bares. Probó la cerveza. El primer trago le supo amargo, luego le gustó. Fue a discotecas de moda. Pasó domingos en la playa de ­Grand-Bassam con algunos colegas… Compró ropa nueva y dejó en el armario la de segunda mano, adquirida en mercadillos, con la que habitualmente se vestía. Todo ello repercutió en sus ahorros, pero eso no le importaba. Ahora disfrutaba de la vida. 

Más tarde, tenía que ir a recoger el cacao en la finca familiar. Eso le permitiría ver a la chica que le gustaba por entonces y le llevaría un regalo con el que esperaba conquistarla para siempre. Fue a la heladería. Compró una tarrina de chocolate. Cuando llegó a casa, se lo comentó a sus compañeros. Ellos se rieron. Le explicaron que el helado se derrite, ni siquiera tenían un frigorífico en el piso donde guardarlo. Además, eran diez horas en autobús hasta el pueblo. Le ofrecería a la joven una sopa caliente.

Abass ríe recordando la historia: «No dejo de ser un chico de pueblo», dice. «Pero un chico de pueblo que un día será catedrático en la universidad».



En la imagen, una pareja se toma una cerveza en una terraza de Abiyán. Fotografía: Sia Kambou/Getty





Colabora con Mundo Negro

Estamos comprometidos con la información sobre África

Si te gusta lo que hacemos, suscríbete a nuestra revista o colabora con nuestro proyecto