Amor

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Pensé que cuando nació mi hijo, la familia de mi pareja iba a cambiar de opinión. No ha sido así. Insisten en que me convierta al islam, porque nunca darán a su hija y hermana a un cristiano. Yo no quiero renunciar a mi fe. Aquí, en Senegal, hay matrimonios mixtos que conviven sin problemas. No entiendo su ofuscación. 

Fatou y yo nos conocimos en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar. Los dos estudiamos Derecho. Nos enamoramos al instante. Nuestros amigos decían que éramos la pareja perfecta. En la facultad nació entre nosotros una complicidad que los demás miraban con envidia. Cuando terminamos los estudios, decidimos que era hora de hablar con su familia para manifestar la intención de casarnos. Fue una ocasión muy humillante para mí. Aquel día, por primera vez, su padre y sus hermanos aseguraron que nunca consentirían que Fatou se casara con un pagano. Dijeron que, si tanto la quería, me convirtiera a la fe verdadera. Hasta ese momento nunca habíamos pensado que nuestros distintos credos pudieran ser un obstáculo para vivir plenamente nuestro amor.

Éramos jóvenes y creímos que nuestro amor acabaría por derretir su intransigencia. Decidimos vivir juntos. Nuestras carreras empezaron a despegar y el futuro se mostraba esperanzador. Nos hemos hecho un nombre como abogados. Vivimos bien. No nos falta de nada y cuidamos de nuestras familias. La madre de Fatou viene de visita de vez en cuando. La lleno de regalos y cumplo todos sus deseos, como corresponde a un buen yerno. Intento que cambie de parecer y sea ella la que convenza a los hombres de su familia. Pero mi suegra permanece dura, impenetrable.  

Llevamos diez años viviendo juntos y han pasado tres desde que nació el pequeño. Pensamos que cuando naciera nuestro primer hijo las cosas serían distintas. Que un nieto les haría cambiar de opinión. El niño fue recibido con alegría. Festejado como uno más de la familia y mimado por los abuelos. Pero ni siquiera su llegada les ha hecho moverse de su postura. Insisten en que me convierta al islam si tanto quiero a su hija. Sin ese requisito nunca consentirán que nos casemos.

Me preguntas que por qué no nos casamos aunque no tengamos la aprobación de su familia. Aquí las cosas no funcionan de esa manera. El amor no basta. La boda es un contrato entre dos familias. Necesitamos la bendición de las dos. Los hombres deciden, pero la madre es la más importante. Si ella no aprueba el matrimonio, podría maldecirnos y no hay nada que pueda contrarrestar la maldición de una madre.

Me han llegado rumores de que mi familia política está buscando un marido musulmán para mi mujer. Ella calla. Temo que un día termine cediendo ante su padre y sus hermanos. Y por primera vez siento que puedo perderla.



En la imagen superior, una senegalesa enseña un vestido de novia en una calle de Rufisque, a las afueras de Dakar, la capital de Senegal. Fotografía: Carmen Abd Ali /Getty

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