
Publicado por Butros Nicola Bazia en |
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El 18 de septiembre de 2025, la cooperación sanitaria mundial comenzó a remodelar silenciosamente la relación entre EE. UU. y el continente africano. En el marco de lo que Washington denomina la Estrategia Global de Salud «America First», EE. UU. está firmando acuerdos bilaterales en toda África que prometen miles de millones de dólares para apoyar los sistemas nacionales de salud, luchar contra las enfermedades y formar a los trabajadores sanitarios. Aunque la iniciativa ofrece inversión en un momento de recortes de los fondos internacionales, también plantea dudas sobre cómo evolucionan las alianzas sanitarias mundiales y qué significan para el futuro de África.
Durante décadas, muchos programas sanitarios africanos dependieron en gran medida de mecanismos de ayuda internacional basados en iniciativas multilaterales. El enfoque promovido por Washington se aleja de ese modelo y promueve acuerdos directos entre Gobiernos. Kenia, Uganda, Liberia, Nigeria, Mozambique y Costa de Marfil ya han firmado.
Estos acuerdos suponen un cambio de los bienes públicos compartidos por mecanismos impulsados por intereses. El principal objetivo oculto de esta estrategia es reposicionar el poder geopolítico para contrarrestar la influencia de China en África mediante la adopción de un modelo que replica la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda de Pekín. También surgen preguntas sobre las implicaciones económicas de los acuerdos. Los informes indican que pueden estar vinculados a intereses comerciales más amplios, como el acceso a minerales críticos y otros recursos estratégicos. Desde el punto de vista económico, la ayuda sanitaria se considera un mecanismo clave para asegurar la influencia en las regiones en las que convergen intereses económicos y securitarios de EE. UU.
Para los defensores de esta vía, la estrategia representa un paso hacia una mayor apropiación nacional de los sistemas de salud. Al alentar a los Gobiernos a aumentar su gasto sanitario, los acuerdos tienen como objetivo reducir la dependencia de la ayuda exterior a largo plazo y promover una mayor responsabilidad nacional. En teoría, esto ayudaría a los países africanos a construir sistemas de salud más sostenibles capaces de responder a futuras crisis.
Sin embargo, la iniciativa también genera debate entre expertos en salud pública y las organizaciones de la sociedad civil. A los críticos les preocupa que la sustitución de programas multilaterales de larga duración por acuerdos bilaterales pueda generar incertidumbre en los países que dependen en gran medida de la financiación externa. Otros han expresado su preocupación por la transparencia, en particular en lo que respecta al intercambio de datos sanitarios y muestras biológicas.
Para gestionar estos acuerdos, los Estados africanos deben desarrollar una resiliencia a largo plazo que dependa de la inversión nacional, una gobernanza responsable y unas instituciones públicas sólidas. Por lo tanto, esta nueva etapa invita a una reflexión más amplia. ¿Es el comienzo de una fase en la que los países africanos tienen más control sobre sus sistemas sanitarios? ¿O es un cambio hacia formas más transaccionales de cooperación internacional, en las que la ayuda y la diplomacia están cada vez más entrelazadas?
A medida que estos acuerdos comienzan a tomar forma en el continente, su impacto dependerá no solo de los fondos que movilicen, sino también de cómo reestructuren el equilibrio entre la asociación, la soberanía y la responsabilidad en el futuro sanitario de África.
En la imagen superior, una paciente se somete a una prueba de presión arterial en el Hospital Nacional de Referencia de Mulago, el 13 de enero de 2026 en Kampala, Uganda. Fotografía: Hajarah Nalwadda/Getty Images
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