El país de la profecía autocumplida

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Seis crisis atenazan a la segunda potencia económica de África


Por Oscar Van Heerden desdeJohannesburgo


La eterna crisis política y económica, el reto ambiental y la disolución de los valores que sembró Mandela  para terminar con el apartheid hacen prever un futuro incierto para el país. El autor del texto se plantea si la sociedad sudafricana será capaz de revertir esta situación.

Desde que Mandela pronunció su famoso discurso en Ciudad del Cabo en 1990 hemos afrontado múltiples catástrofes como nación. Cuando el filósofo y activista afroestadounidense Cornel West habla del «imperio americano» recuerda que vivimos tiempos para los que se necesita resistencia y resiliencia. Estamos, dice West, en una época de decadencia y caída. En esa reflexión se refiere a Estados Unidos, pero podría también haber hablado de nosotros y de nuestras circunstancias en Sudáfrica. Aunque no es así, quizá algunas lecciones de West nos sirvan para hacer introspección.

Es evidente que vivimos un momento en el que nuestra joven democracia posapartheid se derrumba, incapaz de lidiar con una serie de catástrofes: ecológica, por los desastres naturales y la escasez de agua; económica, por el desempleo, la pobreza y el estancamiento de los salarios, así como la desigualdad en el reparto de la riqueza; política, por unos liderazgos corruptos y una apatía ciudadana generalizada; cívica y social, justificada en unas relaciones, unas familias y unas comunidades destrozadas; y, finalmente, espiritual, por la que la codicia está bien vista, impera el poder del más fuerte y se percibe como incómodo o desequilibrado a cualquiera que se oponga a esto. El sistema, afirma West, se desangra y está roto, y nosotros nos preguntamos por qué no puede transformarse ni ser reformado. Para ver si hay una posibilidad de cohesión social que nos permita luchar contra estas corrientes destructivas debemos tomar conciencia de cada una de ellas.

Edificios dañados por las inundaciones que sufrió Durban en mayo de 2022. Fotografía. Darren Stewart / Getty. En la imagen superior, un miembro de la Organización para Eliminar el Abuso Fiscal protesta en agosto de 2018 contra las prácticas corruptas del Gobierno de Zuma y la familia Gupta. Fotografía: Alon Skuy / Getty

El gran reto para la nación

Puede que la catástrofe ecológica sea la mayor amenaza que afrontamos como nación. Son múltiples desgracias que van desde las pandemias actuales –que empeorarán con el tiempo–, a desastres naturales como incendios descontrolados o sequías en muchas partes del país –y no solo en el Cabo Oriental–, la piratería de los recursos naturales en nuestros océanos o el asesinato de especies animales como los rinocerontes… Ninguno de estos desastres está bajo nuestro control. Las fuerzas del orden están perdiendo la batalla contra los elementos naturales y los de naturaleza criminal.

La catástrofe económica es un desastre sin paliativos en Sudáfrica. El desempleo está por las nubes y sigue aumentando, lo que hará crecer una frustración y una ira que quizá se canalizarán con protestas pacíficas al principio, pero que se convertirán en desobediencia y, al final, crecerán hasta ser revueltas en toda regla, mucho peores que los disturbios de julio del año pasado. El subsidio de desempleo mantendrá a raya estas revueltas durante un tiempo, pero si pronto no se producen cambios ni soluciones estructurales, esa hipotética revolución se hará realidad. Los niveles de pobreza están directamente relacionados con el desempleo. Nuestra gente quiere dignidad y la quiere ahora, porque lleva tiempo esperándola. La única manera de solucionar esto es creando trabajos y más trabajos. Aunque los empleos sean duros, servirán para que los sudafricanos levanten la cabeza y mantengan a sus familias. Tendrán dignidad. La desigualdad sigue siendo una mancha en nuestra nueva democracia, nuestra nueva bandera y nuestra nueva Constitución. La única manera de limpiarla será solucionar estos desafíos. Si no se arreglan de manera consistente los problemas económicos, estaremos sentenciados.

Manifestación en Pretoria el pasado 16 de junio para pedir al Gobierno que aborde el paro juvenil, la violencia de género, la delincuencia y los efectos del cambio climático. Fotografía: Lee Warren / Getty


Preguntas ¿con respuesta?

Todo el mundo habla de la catástrofe política. Todos parecen saber qué deben hacer los políticos: «No gastar dinero en energía nuclear», así de sencillo; «No gastar dinero en -centrales eléctricas de carbón», aunque tengamos ingentes cantidades de carbón»; «No comprar una bandera gigantesca ni contratar a una orquesta nacional por 30 millones de rands (1,76 millones de euros). ¿Quién necesita el arte cuando la pobreza y la desigualdad son tan altas en Sudáfrica? ¿Quién necesita equipos olímpicos o selecciones nacionales? ¿No es esto un derroche de dinero?». 

Otra opinión popular es que el Congreso Nacional Africano (CNA) debe implosionar para que todo esté bien en Mzansi (nombre informal con el que se conoce a Sudáfrica). Todas estas son, en esencia, opiniones populistas y cortas de miras. En contra de lo que muchos creen, no somos un país del primer mundo y, por tanto, no podemos darnos el lujo de fiarlo todo a fuentes de energía alternativas como la solar y la eólica. Tendremos que aumentar su capacidad, pero no vamos a poder reemplazar nuestra dependencia del carbón. Alemania sustituye el carbón con gas y petróleo –a finales de diciembre, Berlín anunció que tendrá que reactivar algunas centrales de carbón para paliar la -reducción de gas suministrado por Rusia–. -¿Podemos permitírnoslo? No. Un plan que combine distintos tipos de energía es el mejor camino para desarrollar un país del tercer mundo como Sudáfrica. Y sí, el carbón y la nuclear tienen que formar parte de nuestra ecuación para que no nos quedemos atrás en materia tecnológica. 

Tenemos que combatir la corrupción, pero no puede convertirse en lo único en lo que centrarse, por delante incluso de los problemas de raza o clase en nuestro país, que todavía no han sido resueltos. Tenemos que encontrar la manera de ayudar a los líderes políticos en su tarea de crear una vida mejor para todos los sudafricanos. Debemos ser ciudadanos activos que se responsabilizan en la realización socioeconómica de todos los ciudadanos, blancos y negros. 

¿Se prevén cambios?

Buena parte de la sociedad espera, y con razón, el próximo congreso del CNA –se celebrará el próximo mes de diciembre– en el que se elegirán los cargos del partido. Todos sabemos que lo que pasa en el CNA acaba encontrando su expresión en los asuntos de Estado. Creo que Ramaphosa continuará en la presidencia y que habrá una elección muy disputada de los seis principales puestos del partido. 

En mi opinión, en diciembre los modelos radicales de transformación económica no prevalecerán y la ley seguirá su curso, relegando a estos a la papelera de la historia. Un subsidio de empleo sustituirá al salario especial aprobado durante la pandemia para lidiar con el alto número de desempleados como solución a medio plazo. La economía irá poco a poco recuperando los niveles precovid. Los socios de Sudáfrica en el grupo BRICS jugarán un papel importante y el grupo se convertirá en una futura potencia que hará frente a Estados Unidos y la Unión Europea.

Las catástrofes cívica y social son igualmente importantes si tenemos en cuenta que el abuso de drogas y alcohol están desgarrando el tejido social de nuestras comunidades. El CNA se preocupa por las disputas por el poder mientras que a los parlamentarios les preocupa cualquier cosa que no sea importante para la vida ordinaria de los ciudadanos. El nyaope, también conocida como wonga, es una especie de «heroína negra» (es una droga que mezcla heroína y marihuana) que está destrozando a la juventud y, por consiguiente, nuestro futuro. En casi todo el país vemos a jóvenes sin ganas de trabajar porque no hay empleo; sin ganas de formarse porque la educación no sirve para encontrar trabajo; y abusando del alcohol para poder olvidar todo aquello que falla en sus vidas. Saben que son invisibles en nuestra sociedad, que no queremos hablar de ellos, ni ayudarlos, ni darles esperanza. No la tienen y tampoco podemos dársela. Parece que nos hemos quedado sin ideas valiosas que proponerles. Y así, nuestros jóvenes acaban muriendo en tabernas ilegales. ¡Nos hemos convertido en una nación insensible!

La crisis moral

A todas estas crisis se añade la catástrofe espiritual, por la que la codicia está bien vista e impera el poder del más fuerte. Construimos vallas más altas, las electrificamos y contratamos empresas privadas para asegurar la seguridad de nuestras familias. Pagamos sanidad y seguros privados y nos las arreglamos para vivir en urbanizaciones protegidas, que no nos permiten entrar en contacto con la pobreza, el desempleo o la desigualdad. Esto genera en nosotros una conciencia falsa.

Cornel West afirma que uno puede tomar la opción de condenarlo todo, y la mayoría de los blancos sudafricanos lo hacen. «¿Qué se puede esperar de un Gobierno negro?», oímos que dicen. «Te lo dije, era solo cuestión de tiempo». Sin embargo, debemos reconocer que este Gobierno es racista, xenófobo, corrupto y mucho más, pero solo en la medida que expresan un síntoma, un símbolo: este Ejecutivo es la materialización de aquellas cosas que se dan en nuestra sociedad. El combate en nuestro interior continúa. Aunque disfrutemos de la victoria del equipo de rugby y todavía siga siendo número uno en el mundo, sabemos que en lo más recóndito de nuestro subconsciente persiste una verdad incómoda: el racismo sigue vivo en nuestra sociedad y de vez en cuando su desagradable rostro asoma. La división por clases sigue siendo una mancha en nuestra conciencia. Crece la distancia entre los que tienen y los que no desde 1994, y no se adivina una cohesión social a la vista. Hemos fracasado en ver a los demás como lo hicimos en aquellos años de Mandela. 

En el corazón de nuestra democracia vive una niña abusada, torturada y atormentada que representa todas estas catástrofes. Podemos elegir combatir, convertirnos en ciudadanos activos y liberar a esa pequeña asustada, consiguiendo emanciparnos a nosotros mismos, o podemos elegir cerrar los ojos y actuar como si nada de esto sucediese.   

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