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Por Jaume Portell Caño
Los españoles interesados en la historia contemporánea de África han escuchado muchas veces el nombre de líderes como Patrice Lumumba (R. D. del Congo) o Thomas Sankara (Burkina Faso). Asesinados cuando eran líderes jóvenes, el paso de los años los ha convertido en mitos y símbolos de una África que nunca llegó a concretarse: un grupo de países independientes sin injerencias de las antiguas metrópolis. Sin embargo, a esos africanistas españoles –y al público general– les resulta mucho más desconocido un nombre más cercano a la historia de España: Acacio Mañé, de Guinea Ecuatorial, desaparecido después de ser detenido en Bata por las autoridades coloniales españolas en 1959.
Más veterano que Lumumba y Sankara en el momento de su muerte, Mañé (1904-1959) fue un líder independentista de Guinea Ecuatorial, asesinado nueve años antes de su independencia en 1968. Negro Limbo, un documental de Lorenzo Benítez, rescata su memoria a través de testimonios que vivieron esta historia de cerca: desde colonos españoles hasta familiares del propio Mañé, que han puesto su historia al servicio de Benítez para que la pudiera mostrar al público español. El metraje, de 75 minutos, presentado en Barcelona y Madrid, ha sido recibido con especial emoción por el público con raíces en Guinea Ecuatorial.
Se trata de un olvido consecuencia de una «losa que impuso el franquismo, que lo convirtió en materia reservada», comenta Benítez a Mundo Negro. La tendencia se mantuvo después de la transición a la democracia y el paso de los años ha relegado a Guinea Ecuatorial a una historia que solo conocen los españoles de más edad o los colonos cuyos recuerdos vitales están ligados a este territorio de África central: «Guinea estaba en los mapas de España, como lo están ahora las Canarias, pero después desapareció tanto del mapa como del imaginario colectivo», señala Benítez.

El documental Negro Limbo nació casi por casualidad. Benítez es amigo personal de Mon Fernández-Dans, hijo del último fiscal de la Guinea española, José Antonio Fernández-Dans. Mon nació en España, pero podría haber nacido en África si su madre y su familia se hubieran quedado allí un poco más: habían vivido y se habían criado en la actual Guinea Ecuatorial. Fue en ese contexto de silencio sobre el pasado donde nació el interés de Benítez por esta historia: Guinea, para la familia de Mon, era una página de su vida de la que se hablaba poco, y su padre nunca les contó exactamente por qué se fueron. Fernández-Dans había tenido un conflicto directo con el gobernador general de la colonia, Faustino Ruiz: «Con poderes absolutos y una amistad muy íntima con Carrero Blanco, Ruiz era prácticamente el último virrey del Imperio español», dice Benítez. El fiscal quería investigar la desaparición de Acacio Mañé, pero para conseguirlo se encontró con un gran obstáculo: su propio jefe.
Guinea Ecuatorial era una fuente de materias primas de vital importancia para España, en especial durante el periodo de la autarquía franquista. Enfocada en la producción de madera, café y cacao, la vida social allí giraba alrededor de la producción y distribución de estos recursos. Para los colonos españoles, residir en Guinea significó una vía de escape para acceder a una vida alejada de las estrecheces económicas de la larga posguerra española. Los guineanos, tal y como recuerda uno de los entrevistados en el documental, «no eran nada», excepto la clase social de la que formaba parte Mañé: «Acacio pertenecía a una élite, la de los emancipados, que tenían más derechos que el resto de la población negra para explotar las fincas», explica el director de Negro Limbo.
Con la acumulación de capital económico y social llegaron las peticiones de libertad política: tras el fin de la II Guerra Mundial, el mundo colonial –desde el sudeste asiático hasta el norte de África– se movía para conseguir la independencia, en algunos casos a través de la lucha armada. En la Guinea española, Acacio Mañé movilizó a varios miembros de la clase administrativa, más formada, para pedir una libertad política que en última instancia llevara a su país a la independencia. España convirtió entonces a las colonias en provincias españolas, para colmar los deseos de más autonomía de Mañé y los suyos, pero fue insuficiente: «Los activistas como Mañé querían trasladar una petición de soberanía a Naciones Unidas y exigir, como el resto de las naciones africanas, una negociación con la potencia colonial, con España, para llegar a un acuerdo», cuenta Benítez. España propuso, incluso, la división de Guinea a partir de criterios étnicos: Fernando Poo, de mayoría bubi, seguiría siendo española; la parte continental, de mayoría fang, podría integrarse en Camerún. Todas las opciones fueron desestimadas por los independentistas locales.

En un diálogo de la película, una colona española que vivió en Guinea sintetiza una de las actitudes más repetidas cuando se habla en Europa sobre colonialismo y memoria histórica: el autoengaño. En este caso, respecto al grado de represión aplicado durante su estancia en Guinea:
–¿Te suena algo de un tal Acacio Mañé?
–Lo mataron (…). Mataron a mucha gente. Mientras estaba yo, no, pero sí después. Muchísimo.
–Este es un caso del 59.
–Pues entonces estaba.
El período colonial estuvo marcado por la supremacía racial y la explotación económica. En el período previo a la independencia, 1 500 ecuatoguineanos fueron reprimidos a través de detenciones, torturas y estancias en la cárcel. Otros prefirieron exiliarse a países vecinos: «France Press explicó durante los años 60 que hubo un retorno de más de 1 000 ecuatoguineanos desde países vecinos», recuerda Benítez. Aunque no lo logró, el objetivo de Franco era que Río Muni y Fernando Poo –el nombre que se daba entonces al actual territorio de Guinea Ecuatorial– se quedaran en España con el mismo estatus que tienen Ceuta y Melilla en la actualidad. En 1960, un año después de la muerte de Mañé, Guinea apenas superaba los 250 000 habitantes: la represión afectó a un porcentaje importante de la sociedad, y buscaba enviar un mensaje ejemplarizante al resto.
Más allá del número de personas reprimidas, insiste Benítez, esta inmersión en la memoria histórica guineana sirve para romper el relato del colonialismo español en África, que en algunos casos pretende presentarse como una fuerza más benevolente que otras metrópolis (Francia, Bélgica o Reino Unido, entre otras). Una vez independizada en 1968, Guinea Ecuatorial quedó silenciada en la historia española, convertida en materia reservada hasta 1976. La transición hacia la democracia no cambió demasiado las coordenadas: excepto aquellos españoles que habían vivido en Guinea o que guardaban lazos familiares y afectivos con ella, este territorio africano pasó al olvido mediático en España.
Las pocas narraciones que quedaron encima de la mesa fueron aquellas que recordaban un vergel de naturaleza donde algunos pasaron sus años de juventud –en algunos casos, los mejores de su vida–. La corrupción de los nuevos regímenes poscoloniales –Guinea solo ha tenido dos presidentes desde la independencia y jamás ha celebrado unas elecciones libres– sirvió, en algunos casos, para que los colonos españoles confirmaran sus prejuicios sobre los africanos y su escasa habilidad para gobernarse.
Negro Limbo, de momento, ya ha conseguido una pequeña victoria: la película ha servido para avalar a Acacio Mañé como una víctima de la represión política y colonial franquista. «No sé si por la parte española va a haber muchas ganas de ver la película», sonríe Benítez, que considera que este tipo de historias abren un «melón complicado a nivel de diplomacia y de política exterior» para España. Para llevar a cabo la investigación, tanto él como el equipo de investigación del documental tuvieron que enfrentarse a grandes retos: la falta de transparencia de los archivos oficiales españoles, la falta de libertad de información en Guinea Ecuatorial y la pandemia. Con todo, consiguieron tirar adelante con el filme gracias a algunas aportaciones inesperadas, como el archivo de la Fundación Franco o el archivo personal del ministro de Asuntos Exteriores en la época, Fernando Castiella.
Estas consultas han permitido a Benítez trazar mejor la trayectoria política de Mañé y de algunos de sus compañeros de lucha. Estos practicaban un doble juego clandestino: se relacionaban de forma cordial con los españoles mientras se organizaban políticamente para conseguir la independencia. Las autoridades coloniales seguían sus pasos: «Se podría hacer un libro, una novela sobre el operativo que montó el franquismo para hacer el seguimiento de los líderes, de todos los activistas, de sus reuniones», apunta Benítez. Pese a todo su disimulo, estaban «perfectamente controlados y fichados». Las filiaciones iban más allá de la nacionalidad, ya que los fang –el grupo del que formaba parte Mañé– estaban repartidos más allá de las fronteras ecuatoguineanas, un hecho que facilitó sus operaciones y reforzó la efervescencia política en Guinea –alimentada, a su vez, por el éxito de otros movimientos independentistas en todo el continente africano–.
Guinea Ecuatorial obtuvo la independencia nueve años después de la muerte de Mañé, pero su familia aún no descansa. Su cuerpo sigue sin encontrarse. Uno de los logros del documental es seguir la trayectoria de Joaquín Mañé, hijo de Acacio, que ejerce de narrador de la vida de su padre, acompañado de los testimonios de otros entrevistados, imágenes y vídeos de archivo de la época. Este mosaico de miradas confluye en una pregunta definitiva que Joaquín plantea a la audiencia, tantos años después, y que aún espera respuesta: «¿Cómo es que no aparece su cadáver, el de una gran personalidad como Acacio Mañé, que fue vicepresidente del Patronato de Indígenas?».
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