
Publicado por Javier Sánchez Salcedo en |
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Pertenezco a esa generación en la que para trabajar, si eras de ciencias, tenías que hacer ingeniería, y elegí la que me parecía más guay. Acabé migrando a Bruselas para buscarme la vida porque España estaba mal. Migrábamos muchos en aquel momento. Tuve un paso breve, que me pareció espantoso, por una Comisión Europea muy inmovilista, y yo tenía muchas inquietudes. Acabé en una consultora ayudando a empresas agrícolas y alimentarias a trabajar con los legisladores europeos. Ahí descubrí mi talento para entender los sistemas, que todo era un engranaje y que, en función de qué pieza mueves, llegas a un sitio o a otro. Pero me producía tristeza porque la prioridad no era el bienestar colectivo, sino el bienestar económico de una estructura empresarial. Después de hacer muchas cosas y de ganar mucho dinero, intenté cambiar de sector y acabé en Oxfam Intermón.
Sí, ya no podía más. Tuve que trabajar para una empresa de pesticidas y no era lo que quería hacer. Empecé a meterme en el mundo de las organizaciones no gubernamentales, siempre desde el plano de la comunicación estratégica. Para mí, los procesos comunicativos deben tener un objetivo y tú tienes que diseñarlos para cumplirlo. Tú eliges si el objetivo es para el bien común o no lo es. Y yo he decidido dedicar mi vida a objetivos que sean para el bien común.
Pasé por el Ayuntamiento de una forma casual e involuntaria. A raíz de la crisis de 2008 surgió un cambio del que formé parte, con el movimiento 15M, donde conocí a mucha gente y muchos pequeños proyectos. En 2011 empezamos con la idea de la Fundación porCausa. Cuando llegó Manuela Carmena, todo ese proceso de apoyo popular y de movilización me pareció muy inspirador y esperanzador. Sol Gallego [fallecida el pasado 5 de mayo], que estaba en el patronato de porCausa, me dijo que necesitaban a alguien para dirigir la comunicación. Y de repente me encontré allí. Tuvimos que hacer un trabajo enorme, porque estaba empezando el discurso del odio y las noticias falsas y la gente ni siquiera era consciente de lo que era.
Empezamos a darnos cuenta de que algo no funcionaba en el sistema informativo. Había una gran crisis que afectó muchísimo a los medios. Además, no había conversación entre los periodistas y otra gente que estaba investigando y produciendo información. Yo estaba con Gonzalo Fanjul, que es investigador más académico y divulgador, y con Gumersindo Lafuente, que es periodista. Vimos que ambos sectores tenían que trabajar juntos. Aparte, estaba el vacío de lo social. En el momento en el que los medios de comunicación pierden capacidad económica, lo primero que dejan caer es lo social. Y es inaceptable, porque la cobertura de lo social es lo que te permite indignarte, identificar las injusticias y trabajar para cambiar el sistema. Si tú no consumes cosas de orden social, vives encapsulado en noticias de última hora con las que no tienes nada que ver y sobre las que no tienes capacidad de acción. Creamos una nueva forma de investigar, combinada entre periodistas y académicos, y diseñamos un sistema para que la información saliera hacia afuera.

En 2015 se produce la crisis de los refugiados. Nos encontramos en una situación histórica de retroceso de derechos donde, de repente, empiezan a tratar a la gente, a mucha gente, como si fueran cosas. Se hundió un barco en el Mediterráneo en el que murieron 800 personas ¡y no pasó nada! En 2016 ocurrió otra cosa tremenda. Nuestra amiga Jo Cox, que era miembro del Parlamento británico, fue asesinada por defender el derecho al refugio, en pleno movimiento principalmente sirio. Y no pasó nada. En ese momento me senté con Gonzalo y le dije: «Este es el tema». No puede ser que nos deshumanicemos tanto. La gente no puede estar muriéndose en el mar y no puede permitirse que se asesine a una persona por defender a los que se mueren, porque eso abre una brecha social que va mucho más allá de la migración. Empezamos a aplicar toda esa metodología de investigación y a sacar la información, perfeccionándola hasta llegar al punto actual, en el que somos extremadamente exitosas. Se ha visto con la regularización, que ha sido como el gran proyecto triunfador después de seis años de trabajo. Toda la narrativa de la regularización extraordinaria ha sido diseñada e investigada por porCausa y puesta al servicio de unas portavocías migrantes que le han dado más sentido.
A nivel personal, emocional y como ciudadana, que la regularización haya funcionado me parece emocionante y esperanzador. Además, nos sitúa internacionalmente como un proyecto exitoso, lo que me parece importantísimo para los valores que defiendo. A nivel profesional, para mí, el éxito es que hemos conseguido frenar la contranarrativa antirregularización y que esta ha sido rechazada por la sociedad española. Eso me da mucha fuerza para seguir trabajando. Creo que la sociedad española es buena, es generosa, está harta de polarización y lo que quiere es vivir en paz. Para mí es un éxito de todas, de una sociedad situada en un espacio claro de «no quiero más odio». Ahora tenemos que defender la regularización hasta el final, y una vez que acabe, evitar que se sigan creando bolsas de irregularidad. También hay que trabajar la externalización de fronteras, que es una vergüenza. ¿Por qué el Gobierno de España decide con mi dinero promover que se encierre a gente de otros países en cárceles que, encima, he pagado yo, que se maltrate a gente y que mueran personas en ese proceso? Me parece indignante.
El problema que tiene el discurso del odio es que es extremadamente doloroso. No necesitas a media España odiándote. Con que tengas al 10 %, ya te vale. Creo que la forma de superarlo es creando comunidades para protegernos, espacios alternativos donde sí encuentras amor y cariño y donde no intentas convencer al que no puedes convencer. Al que es extremo, no se le convence, y perder tiempo y energía en esto es un gran error. Contrarrestar las narrativas desde dentro no funciona. Hay que sustituirlas por otras. Y cuando las sustituyes te das cuenta de que somos muchas y muchos más.

Nos dimos cuenta de que el proceso migratorio es positivo en todos los aspectos, menos para el migrante, que lo pasa fatal. Es positivo económica, cultural y socialmente. ¿Por qué resulta tan complicado que la sociedad lo perciba así? Ahí empezamos la creación de marcos alternativos. El odio tiene un manual de trabajo que pasa por provocarte. No hay que entrar. Hay que crear un nuevo relato. ¿Qué está pasando con el migrante? ¿Por qué le vemos así? Le estamos viendo como algo que no somos nosotros y tenemos que eliminar esa otredad. Hay que hablar de personas. El migrante es una persona que se mueve de un sitio a otro, simplemente. Sobre el odio se pueden construir comunidades extremadamente fuertes, que no comparten nada más que el odio a la misma persona. La franquicia antiinmigratoria, que está estructurada, que tiene redes de apoyo y bots, que representan ciertos partidos –Vox en España, Le Pen en Francia, Meloni en Italia, Trump en EE. UU.– solo tiene en común un odio declarado al migrante. Si el odio crea comunidades, ¿cuál es la alternativa?, el amor. Las sociedades unidas, con comunidades que se quieren, son difícilmente manipulables. Si miras atrás te das cuenta de que ha habido grandes movimientos –como los hippies, que pararon la guerra de Vietnam–, que han conseguido grandes conquistas de derechos sociales universales, un movimiento cultural y social brutal, revolucionario, como no lo ha habido en los últimos tres o cuatro siglos. Necesitamos recuperar la palabra amor para poder construir de forma colectiva, para explicar lo que es poner por delante el bien común al bien individual. Ese es nuestro camino. El amor entendido como un acto político, como una herramienta de construcción colectiva masiva, como la alternativa a lo que estamos viendo y no queremos.
No creo que seamos individualistas, pero hay que esforzarse para no dejarse llevar por un modelo capitalista extremo que es absolutamente insatisfactorio y ocupa mucho espacio narrativo. Al final, cuando hay problemas, la gente responde a tope. Se vio en la dana o con el COVID, donde hubo una necesidad colectiva de ayudar. Nos dicen que somos individualistas, pero no lo somos. A la hora de la verdad, cuando está en una situación extrema, el ser humano, de forma natural, vuelve a lo comunitario.

«Nunca más habrá un libro como este en mi vida. Son diez años de trabajo. Está escrito gracias a muchísimos intercambios con gente que me ha enseñado, con comunidades que me han acogido y que he construido. La gente que lo lee me dice que es un libro de esperanza, que les ha dado ganas de volver a salir a la calle a hacer cosas. Tenemos la sensación de que estamos solas frente al mal, y no es verdad.El mal está solo frente a nosotras, que somos más».
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