«Memorias en movimiento»

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Casa África (Las Palmas de Gran Canaria) y Casa Árabe ( Madrid y Córdoba) acogen la primera exposición colectiva de arte contemporáneo mauritano en Europa.

La exposición reúne a 11 artistas de varias disciplinas y generaciones, una muestra que pretende dar visibilidad a la capacidad de creación de un país en el que ser artista es un reto aún mayor del habitual.

Todo empezó en 1979, con la inauguración de la exposición Démarrage de la peinture mauritanienne contemporaine (Inicio de la pintura mauritana contemporánea) en el Museo Nacional del país magrebí, en la que la primera generación expuso de forma colectiva por primera vez. Más de 40 años después es en Madrid (viajará a Córdoba el 25 de mayo, y a Las Palmas de Gran Canaria a finales de septiembre) donde Mamadaou Anne, Oumar Ball, Zeinab Chiaa, Daouda Corera, Malika Diagana, Bechir Malum, Saleh Lo, El Moctar Sidi Mohamed (“Mokhis”), Amy Sow, Mohamed Sidi y Moussa Abdallah Sissako exponen sus obras reivindicando su capacidad creativa y necesidad de ser contemplados.

Aicha Janeiro Anne, comisaria de la exposición. Fotografía: José Luis Silván

En Mauritania no hay una escuela oficial de Bellas Artes, por lo que los artistas son autodidactas y se han visto obligados a fundar sus propios espacios de encuentro e intercambio artístico. Varias galerías privadas y, sobre todo, el Festival Libre Art –creado en 2010 por el colectivo M-Art– se encargan de que en las escuelas se sepa que existe una disciplina llamada «arte» y de invitar al público a conocer lo que es.

Aicha Janeiro Anne, comisaria de la exposición, asegura que los artistas se inspiran en «tradiciones populares como la poesía o la canción árabe, la tradición oral africana, la caligrafía árabe, china o el tifinag, la artesanía tradicional tuareg o los objetos y elementos de la vida cotidiana». En noviembre del año pasado visitaron a los artistas en sus talleres para conocer mejor la elaboración de su trabajo y concretar su participación en la muestra. Asegura Janeiro que lo más complejo fue la logística, el viaje de las obras. «Para la selección se ha tenido en cuenta la diversidad cultural de Mauritania, la variedad generacional, de técnicas y temáticas de los artistas, la diversidad de género y la inclusión, así como la calidad de las obras. El conjunto caracteriza el arte contemporáneo de Mauritania y nos remite a su situación actual, al hibridismo cultural».

A cada artista se le ha asignado un espacio, diferenciado por el color de la pared en la que está colgada la obra, por la luz que la ilumina o por el ángulo desde el que la observas al dejarte llevar por el recorrido de la exposición. Cuentan la historia pasada y actual del país. Hablan de sus pueblos y de las preocupaciones sociales. «En las últimas dos décadas ha habido una gran apertura de Mauritania hacia el mundo árabe, Asia, China, Japón y, por supuesto, la migración hacia Francia. Las historias personales y colectivas de los artistas nos remiten a la situación del arte africano y árabe, situado fuera de los centros europeos, y nos enseñan la situación del arte global caracterizado por las bienales», añade Janeiro.

Son artistas plásticos y visuales que, como explica la comisaria, «se lo han currado», por el escaso acceso a infraestructuras y la lucha para legitimar unas obras que «tradicionalmente se hacen desde el eurocentrismo y, en el caso de Mauritania, tienen una fuerte influencia de países como Senegal o Malí». Janeiro concluye que el artista en Europa sufre, pero en Mauritania no son solo las preocupaciones por si va a poder vivir de ello sino también por cómo les ve una sociedad no educada en la comprensión de las expresiones artísticas.

Aprovechando que cuatro de los artistas acudieron a Madrid para participar en la inauguración de la exposición, MUNDO NEGRO pudo profundizar en las particularidades de la obra de cada uno.



Fotografía: José Luis Silván


Oumar Ball (pintor, escultor e ilustrador): «En mi entorno está el material con el que realizo mis obras»

«Es una oportunidad de visibilidad. Somos artistas que trabajamos duro. El mundo que nos rodea se mueve y nosotros queremos hacerlo con él», asegura Ball, cuyos pájaros de metal y alambre reciclado dan la bienvenida a la exposición desde lo alto de la sala.

No tuvo que dar muchas explicaciones cuando se decantó por el arte como profesión porque su padre fue quien le introdujo en la fotografía, la escultura y la pintura. «No logró vivir de sus creaciones porque en su época el mundo no estaba interconectado con internet como ahora. Mi padre me enseñó a fabricar mis juguetes, a diseñarlos, me enseñó varias de las técnicas».

Se refiere a la memoria de Mauritania para reivindicar la representación «del mundo animado, en el que hay objetos cotidianos que forman parte del hombre, son su reflejo, y los animales. En la Tierra no hay nada más representativo del hombre que los animales. Todos los comportamientos que tenemos están en los animales, son como nosotros. El ser humano tiene una parte animal que no acepta y quizás, si la aceptase, disminuiría su necesidad de generar violencia».

Oumar Ball. Fotografía: José Luis Silván



Defensor absoluto del «récup-art», el reciclaje de materiales cotidianos, que no abandona ni siquiera cuando hace residencias en el extranjero. «Nosotros no tenemos tiendas donde comparar material de pintura, disponemos de nuestro entorno para crear, y ahí está todo para realizar mis obras. Por eso reciclo metal, hilo de hierro, plástico… es un material que solo encuentro en mi país y que da una identidad a mi obra. Incluso, cuando viajo a Europa, me llevo el material conmigo porque tiene algo que decir en la creación del artista».

Ha interrumpido la serie de esculturas que va a presentar en la próxima bienal de Dakar para acudir a Madrid. No puede adelantar detalles, aunque mientras lo cuenta duda de las razones por las que hasta el nombre de su nueva obra no debe desvelarse. «Cuando hago una obra, me gusta dejar que se enfrente al público, que la gente piense que están pasando cosas en Mauritania, que hay artistas con algo que decir sobre el arte, que es un idioma universal».





Malika Diagana (fotógrafa y emprendedora cultural): «No hay estructura para desarrollar nuestra creatividad, pero sí la esencia para hacerla»

Malika Diagana. Fotografía: José Luis Silván


«En el continente el reconocimiento del arte mauritano es muy difícil, los artistas que exponen en el exterior brillan por sí solos, pero no hay una conexión. Estamos muy retrasados en relación a países fronterizos como Malí, Senegal, Marruecos… En Mauritania hay nada y todo. No hay estructura para desarrollar nuestra creatividad, pero sí la esencia para hacerla», explica.

Obra de Malika Diagana.

Cofundadora y coordinadora del D´art Espace des Creations en Nuakchot, para la promoción de las artes, Diagana cree que el artista debe hacer arte y también emprender. «No puedo quedarme delante de mi cuadro como hacían los pintores de los años setenta y ochenta, que contemplaban su obra. Hay que moverla en redes sociales, mezclarse,hablar de uno mismo, venderse, que la gente te conozca, salir de la sombra. Hay que aprender a comunicar, explicar y enseñar lo que haces, compartirlo».

Su trabajo se centra en la luz. «Hago fotos en blanco y negro. Es una elección autoimpuesta, porque mi abuelo tenía un estudio en los años 70 en Senegal, en Saint Louis, y cuando empecé con la fotografía fui a verle. Con el blanco y negro no nos interesamos tanto en la ropa o el aspecto sino en las emociones, la mirada, la postura… es la luz, las sombras, lo que da sentido a todo ello, un lenguaje, una narración. La luz ha evolucionado mucho en mi fotografía. Estoy buscando siempre ese ángulo en el que la luz y las sombras se complementen. Sin una no existiría la otra, como cada persona que tiene una dualidad: lado bueno y lado malo».

Asegura que en la evolución de su trabajo ha pasado de una luz muy plana, sin profundidad, a una en la que se convierte en protagonista del relato, como en su trabajo «Silencio de la humanidad», que comenzó poco después de que el mundo se encerrase para combatir la pandemia de la COVID-19. «Estaba en Francia haciendo una residencia y observé cómo nos encontrábamos en una situación que no creíamos que fuéramos a vivir nunca, en la casa, enfermos, un período raro. La gente no podía opinar ni decir nada, solo aceptar. Ahora sigue más o menos así, es una voluntad política llevar la mascarilla, quedarse en casa, ponerse la vacuna. Han desaparecido las elecciones si queremos seguir formando parte de esta sociedad. Es una imposición que debes aceptar. Ocultar los ojos, taparse la boca, dejar de hablar. Es un silencio en el que hay ruido, porque ha habido manifestaciones,  gente que se ha opuesto, pero la imposición de lo que toca hacer es mucho mayor».

Bechir Malum (pintor, escultor, ilustrador, fotógrafo y videógrafo): «No sabemos dónde situar a los artistas que se interesan por lo que ocurre»


Fotografía: José Luis Silván



«Me considero un artista visual, porque el concepto globaliza las diferentes ramas en las que me muevo. Soy pintor, ilustrador, fotógrafo, diseño y hago películas, pero son clicks, necesidad de cambiar, de ir al otro lado. Soy muy curioso y he tocado un poco todo para explicarme», explica Malum tras detenerse en la importancia de situarse primero como pintor «por miedo a que la foto dominase el cuadro». Y de hecho es lo que vemos en su obra, que siendo el origen la imagen perfectamente enfocada y delineada, va quedando difusa al añadirle la pintura y el collage. «Hay algo que se esconde, el fotógrafo, el pintor, son formas, símbolos, informaciones que recojo, es una iconografía porque lo que cuenta es la obra final. Adoro la foto actual, pero la impresa me choca. Hace 10 años cogí fotos que había impreso para una exposición, me puse a pintar sobre ellas, corregir, porque les falta algo. A veces cojo una revista, pego trozos. La foto desaparece poco a poco».

Bechir Malum. Fotografía: José Luis Silván

Sigue vinculado a la fotografía porque fue un trabajo para una ONG, al tener que acudir a un campamento de refugiados que le trajo recuerdos de infancia y adolescencia, cuando se dio cuenta de que su faceta artística está también en la realidad cotidiana.

«Soy un pintor que fotografía», sentencia. «Mi padre de Mauritania, mi madre de Liberia donde viví la guerra. Emigramos a Sierra leona, luego Guinea Conakry. En un campo de refugiados empecé a pintar. Ahí surgió mi necesidad de expresarme. Al mirar a los refugiados recordaba mi infancia. a veces hacía fotos mientras lloraba. Cuando regresé de ese campo estaba convencido de que tenía un papel que jugar, testimonial. Por eso la temática de mi trabajo es la condición humana».

El trabajo de Malum, como su vida, es un cruce de caminos. Por eso asegura que se siente tan identificado con Mauritania, donde la mezcla es tan intensa. «En mi trabajo no me siento cerrado en una temática, soy libre de hablar de lo que quiera. Busco la libertad de expresión ». Y concluye: «Vivimos un momento muy difícil. Están pasando muchas cosas. No sabemos dónde situar a los artistas que se interesan por lo que ocurre. Pintar sobre el ser humano evoca algo, y mi parte es reflexionar sobre lo que pasa, sensibilizar. Cada uno tenemos nuestra propia percepción del mundo que nos rodea. En mi caso es la unión entre mi infancia y mi personalidad actual».

Amy Sow (artista visual): «Los jóvenes empiezan a interesarse por el arte, vienen a crear»

Amy Sow. Fotografía: José Luis Silván



«El arte plástico en mi país es complicado porque las artes no tienen visibilidad. Hemos creado cosas para acercar, aproximar lo que hacemos. Al principio era difícil por no tener el material para expresarse, y luego decidimos que necesitamos levantarnos o no habrá nada, nadie lo hará por nosotros. Nosotros tenemos que hacer que las cosas evolucionen».

Artista plástica, fotógrafa, realiza instalaciones y dirige y ha fundado Art Gale –que significa «Ven a casa»–, «un lugar importante porque somos autodidactas, sin posibilidad de hacer arte en la escuela, y carecemos de espacios». Sow lo percibía mientras comprobaba la eficacia de las redes de artistas, al viajar y hacer exposiciones. «Cuando regresaba pensaba que no es normal que estemos tan retrasados en materia de creación». Así es como creó en 2017 un espacio para los artistas.

«Lo importante es que los jóvenes empiezan a interesarse por el arte, vienen a crear. En nuestra sociedad, la gente vive otra imagen de lo que es un artista. En la familia te dicen que no es un oficio, por eso hay que desmontar que el arte plástico es un oficio como cualquier otro», añade aportando el dato de que al menos diez personas al día se acercan al espacio que ha creado para contarle que quieren dedicarse al arte, pero no saben cómo empezar.

Obra de Amy Sow.



«El objetivo del festival Libre Art es la sensibilización, dar a conocer las artes plásticas, porque la mayor parte de la población no las conoce, no saben lo que es ser artista, en qué pueden comprometerse a través del arte», añade antes de dar detalles sobre los dos proyectos que pueden observarse en la exposición Memorias en movimiento. «Empecé en el arte cuando era pequeña. Mi familia era demócrata, sin censura. Pintaba con mi padre y me encantaba. Y en 1999 tuve mi taller y conocía a artistas, pero había algo que faltaba. Quería hacer algo útil, hablar de mi arte, de mí misma, de lo que vivo. Soy una portadora de voz, mi arte refleja a la mujer, lo que vivimos, la violencia de género. Eso me impresiona y así he orientado mi arte, hacia la situación de la mujer que, por desgracia, sufre con frecuencia la violencia». Eso lo ha reflejado a través del transporte de agua de forma manual que muchas mujeres siguen teniendo que realizar en los países africanos.

«Dicen que en mi trabajo ven cosas que no habían percibido antes, es otra visión. Lo hago con colores, con mi cuerpo, con fotos. No aparece lo negativo sino, inmediatamente, lo positivo. Así consigo que entren en mi mundo. Por ejemplo, al hablar de la violencia contra las mujeres, al observar mi trabajo está lo estético, pero el mensaje está en el fondo».

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