«No va a ser fácil salvar el bosque»

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Julius Ng’oma, coordinador de la Red de la Sociedad Civil sobre el Cambio Climático (CISONECC).



El cambio climático tiene un gran impacto en Malaui. Una iniciativa no gubernamental, la Red de la Sociedad Civil sobre el Cambio Climático (CISONECC), intenta concienciar a la ciudadanía y a los gobernantes. De ello hablamos con su coordinador nacional.


¿Cuándo y por qué empezó en el activismo contra el cambio climático?

Mis padres solían llevarme a lugares en Malaui relacionados con la conservación de la naturaleza y formé parte de clubes ambientales desde Primaria. En la universidad estudié Silvicultura y Gestión Medioambiental y un máster en Ciencias Medioambientales. Tras conocer los programas que se habían puesto en marcha en el país para ayudar a las comunidades a adaptarse a los efectos del cambio climático empecé a seguir a algunas de las plataformas nacionales e internacionales que se ocupan de ese tema. En 2010 me incorporé a la sociedad civil para que el Gobierno pusiera en marcha políticas que ayudaran a gestionar el medio ambiente degradado. Un año más tarde organizamos la primera conferencia juvenil de la SADC sobre cambio climático en Malaui y cofundamos la Red Nacional Juvenil sobre Cambio Climático. Apoyé las caravanas juveniles a la COP y el trabajo de presión al Gobierno para que adoptara una política sobre el cambio climático y la gestión del riesgo de desastres. En aquel momento, intentábamos identificar cuáles eran las lagunas en cuanto a políticas, leyes y marcos institucionales que nos ayudaran a orientarnos, pero nos dimos cuenta de que necesitábamos datos y pruebas, de los que no disponíamos.



Desde el punto de vista ecológico, ¿cuál es la situación del país?

Malaui elaboró su primer informe sobre el estado y las perspectivas del medioambiente en 2010. Ya entonces se señalaba que el país se estaba degradando cada vez más. Los bosques se estaban talando a un ritmo alarmante, alrededor del 2 % anual, los recursos hídricos se estaban degradando y los niveles de contaminación se estaban incrementando con la llegada de las industrias. Con el paso de los años, no hemos visto que la situación cambie. He participado en la elaboración del nuevo informe, que hemos concluido este año, en el que se cuenta la misma historia: las cosas no están mejorando.



¿Qué efectos tiene el cambio climático en Malaui? 

El impacto se nota sobre todo en la alimentación y la agricultura, lo que nos afecta en términos de seguridad alimentaria. Eso es lo más importante. Se trata de comunidades agrícolas y sus cosechas, que han quedado arrasadas por inundaciones o se han secado antes de recogerlas. Las infraestructuras también se ven muy afectadas, lo que tiene un gran impacto en la prestación de servicios públicos. [Cuando se producen fenómenos climatológicos adversos] Los niños no van al colegio, no se puede acceder a los hospitales ni a otros servicios comunitarios. También hemos observado repercusiones en cuanto al desplazamiento interno, ya que ciertos lugares quedan inhabitables. Los campamentos no se desmantelan y, en algunos casos, la gente sigue viviendo allí. Los jóvenes, en especial mujeres y niñas, también tienen muchos problemas. Se han denunciado casos de acoso. En cuanto a la energía, sufrimos muchos cortes de luz. En 2022, el ciclón Gombe arrasó la presa de Kapichira, lo que hizo que se perdiera entre el 30 % y el 50 % de la producción de energía. Las soluciones que ha buscado la población, como el uso de generadores, también han tenido un impacto en el medioambiente. Por último, hay que señalar la situación del sector forestal. Las personas se adentran en el bosque para talar árboles para leña, para obtener madera o fabricar carbón vegetal. Esto ha tenido un gran impacto en nuestros recursos forestales. 

Vista del lago Malaui desde la carretera que une las ciudades de Mzuzu y Karonga. En la imagen superior, Julius Ng’oma. Fotografías: Boniface Gbama



¿Cuáles son los principales logros de la sociedad civil?

Malaui ha dado el paso para garantizar que exista un marco normativo que nos ayude a resolver la situación de forma sistemática. Que esas políticas y leyes se apliquen o no, es otra cuestión. Nuestra ley de ayuda en caso de catástrofes era arcaica, de 1991, y no se adaptaba a la situación actual. En 2013 empezamos a presionar hasta que conseguimos una nueva, pero ahora hay que ponerla en práctica. También necesitábamos una institución con competencias para intervenir, confiscar bienes o realizar un seguimiento de los infractores de delitos ambientales y, llegado el caso, procesarlos. Así que trabajamos para crear la Autoridad de Protección del Medioambiente que, aunque aún se está afianzando, puede ayudar a la hora de velar por el cumplimiento de algunas leyes y reglamentos, así como garantizar que otros ministerios, departamentos y organismos trabajen de forma ­coordinada. Además, hemos conseguido que el Gobierno elabore una ley sobre meteorología. Estos son algunos de los hitos más importantes que hemos conseguido a nivel político. Hemos intentado asegurarnos de que el Gobierno comprenda que necesitamos estas políticas. 



¿La población está concienciada?

Creo que la concienciación está aumentando. Hemos llevado a cabo numerosos programas y proyectos para que comprendan que lo que están viviendo está relacionado con el cambio climático. Aunque no es fácil explicar conceptos científicos, intentamos que los puedan relacionar con su situación. Si los diputados hablaran más sobre qué es el cambio climático y cuál es su impacto, las comunidades prestarían más atención. Creo que la Iglesia sí ha asumido ese papel. Tenemos que encontrar la forma de crear sinergias en el mensaje. En resumen, hay una mejora en cuanto a la comprensión de las cuestiones relacionadas con el cambio climático, pero sigue habiendo un conflicto en los mensajes por las prioridades que las instituciones, los dirigentes o la ciudadanía establecen a la hora de transmitirlos a las comunidades.



¿La urbanización es un reto vinculado al cambio climático?

La ciudad está creciendo a un ritmo que está llegando a lugares que debemos empezar a preservar. Se teme que en los próximos años se seque el río Lilongüe, que da nombre y pasa por la capital, lo que supondría más problemas para los recursos hídricos de la ciudad. La gestión de residuos también es muy importante. La basura se recoge, pero acaban tirándola en otro sitio porque no hay vertederos adecuados. También está la cuestión de los plásticos. Hay trocitos de plástico azul por todas partes. Obstruyen el alcantarillado y acaban en los ríos. Llevamos haciendo campaña sobre esto desde 2013. El Gobierno presentó una normativa en 2016 que fue impugnada por los fabricantes. Aunque este año se ha prohibido la fabricación de ciertos plásticos, las empresas los siguen produciendo, en parte por confabulaciones con algunos ­políticos.

Joseph Kamanga, un agricultor malauí, mostraba en 2018 los efectos que la sequía había causado en una plantación de maíz. Fotografía: Amos Gumulira / Getty



¿Cómo es el trabajo con organizaciones internacionales que trabajan contra el cambio climático en África?

Queremos conectar África con otras regiones y hablar con una sola voz en foros internacionales como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático o las COP. En la CISONECC están afiliadas más de 60 entidades de pleno derecho. Este modelo también se ha adoptado en países como Tanzania, Mozambique, Zambia, Marruecos o Nigeria, donde hay plataformas similares a la nuestra. Además, intentamos colaborar y coordinarnos con América Latina y el sudeste asiático.



¿Qué le frustra? 

Nos esforzamos mucho por intentar proteger ciertas cosas, pero de la noche a la mañana nos encontramos con decisiones políticas que hacen que los logros, incluso dentro de los propios ministerios, se vean mermados. Hay personas que trabajan en organismos del Estado que sienten una gran pasión por proteger el medioambiente, pero hay decisiones que van en contra de todo lo que intentamos construir. Eso genera confusión y frustra. 



¿Es optimista de cara al futuro?

Tengo que ser optimista. Quiero ver que en los próximos cinco o diez años la situación haya mejorado, que haya más bosques protegidos y que el negocio del carbón vegetal pierda protagonismo. Los problemas de la sobrepesca son cada vez mayores porque la cuenca hidrográfica está degradada en su mayor parte. Al ritmo al que vamos y con la forma en que gestionamos nuestros recursos, no tengo mucha confianza en que las cosas vayan a cambiar en los próximos cinco años, a menos que, con el tiempo –o de la noche a la mañana–, contemos con unos dirigentes que intenten aplicar las medidas tal y como están recogidas en las leyes. Si como país estamos haciendo una apuesta por la minería, no va a ser fácil salvar el bosque, porque algunas explotaciones se ubicarán en el bosque o en áreas con importantes recursos hídricos, salvo que seamos muy estrictos en la forma en que queremos llevar a cabo la actividad minera para no alterar en exceso los recursos ecológicos. Pero no, no tengo mucha confianza en que podamos ganar esta batalla en los próximos cinco o diez años.   


Chifundo Dalireni. Fotografía: Boniface Gbama



«El lago es nuestro tesoro»


Chifundo Dalireni, presidente de Wildlife and Environmental Society of Malawi


¿Es importante el ecosistema del lago Malaui? 

El lago es vital desde el punto de vista económico y de la biodiversidad. Ocupa el 25 % del territorio y sustenta muchos medios de vida: la pesca, el turismo y el transporte acuático. La mayor parte del pescado procede del lago y los turistas no pueden irse sin visitarlo. Hay muchos hoteles en sus orillas, además de numerosos alojamientos rurales, lo que impulsa el sector alimentario y el turístico. 



¿El turismo está afectando al lago? 

Aún no tiene un impacto en la biodiversidad, aunque existe ese riesgo, ya que cuando los turistas acuden allí se generan muchos residuos. El turismo todavía se está consolidando, pero contamos con una política de ecoturismo que está promoviendo el Gobierno. Hay que hacerlo de manera correcta, pues no es posible que cualquiera vaya con una lancha a motor y pesque como le plazca.



¿A qué desafíos se enfrenta el lago? 

Hace unos años había menos agua, lo que afectaba a otros medios de subsistencia. Los pescadores tenían que recorrer muchos kilómetros para encontrar peces. Las numerosas inundaciones han causado muchos problemas, sobre todo por cuestiones relacionadas con la sedimentación de los ríos, pues la mayoría desembocan en el lago. La gente cultiva más cerca de los cauces y no dejan zonas de amortiguación, así que, en caso de crecida, se pierde mucha tierra y los ríos se llenan de arena, que acaba en el lago y cambia todo el ecosistema. 



¿Existen políticas públicas para protegerlo?

Hay leyes que protegen el lago. Hay una política medioambiental, una pesquera y una turística, además de otras políticas relacionadas con él. Encontramos respuestas del Gobierno, pero los responsables tienen distintos intereses, aunque pertenezcan a la misma administración. Proponemos convertir todo el lago en un área protegida. Ya tenemos el Parque Nacional del Lago Malaui, en el sur, pero es menos del 5 % del lago. La mayoría de las especies únicas de peces se encuentran en esta zona. Imagina lo que supondría la protección en todo el lago. Sería un gran avance en términos de conservación. Hay más de 1 000 especies diferentes de peces y siguen apareciendo otras nuevas. Es nuestro tesoro y, si lo perdemos, no podremos recuperarlo.

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