Casas de plástico en el ‘Jardín del Demonio’

16/01/2018
Ideadas por un saharaui en los campamentos de refugiados de Tinduf.

 

Texto y fotos: Eugenio G. Delgado

 

Un joven ingeniero saharaui ha diseñado en los campamentos de refugiados de Tinduf (Argelia) 26 viviendas redondas, ecológicas y sostenibles que resisten el calor, las tormentas de arena y las lluvias estacionales.

 

Con 6.000 botellas de plástico. Esa es la cantidad que se necesita para construir una vivienda en mitad del Jardín del Demonio, uno de los desiertos más inhóspitos del planeta, cerca de Tinduf (Argelia) y donde sobreviven desde hace 42 años refugiados saharauis en casas de adobe y tiendas de campaña. Allí esperan más de 180.000 personas el referéndum de autodeterminación prometido por la ONU tras el alto el fuego con Marruecos en 1991, después de la fallida descolonización por parte de España en 1975.

La idea es local y ha nacido de la mente del joven saharaui Tateh Lehbib, licenciado en Energías Renovables en Argelia y con un posgrado en Eficiencia Energética por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, gracias a una beca Erasmus Mundus de la Unión Europea.

Todo surgió después de las lluvias torrenciales de finales de 2015 en los campamentos que destruyeron 6.000 casas de adobe y afectaron a más de 17.000 familias, además del 60 por ciento de las infraestructuras saharauis como guarderías, escuelas, centros médicos y dispensarios de alimentos. «El objetivo es aliviar el sufrimiento de los saharauis, que vivan con más dignidad, y edificar unas viviendas ecológicas y sostenibles que resistan el calor –más de 50 grados en verano–, las tormentas de arena y las estacionales, pero devastadoras, lluvias», explica el ingeniero saharaui, de 28 años.

A simple vista, llama la atención la forma redonda de la construcción que evita, según comenta Tateh, «que los rayos de luz entren directamente, lo que reduce los flujos de calor». Las dos ventanas de las que consta la casa a diferente altura también contribuyen a una mejor ventilación y a que corra el aire.

 

Una mujer llena las botellas de arena. Este tipo de vivienda, además de ser un efectivo método de reciclaje de plástico, da empleo a los refugiados saharauis en los campos argelinos. Fotografía: Eugenio G. Delgado

 

Además, su forma redondeada previene la acumulación de arena en el exterior, algo habitual en las viviendas cuadradas de adobe típicas de los campamentos en caso de tormentas de arena. «Cuando llega una muy fuerte, las dunas pueden llegar hasta el techo», asegura.

Hay ya construidas 26 viviendas y el 80 por ciento de los materiales utilizados son reciclados: plástico, paja, tierra y cartón. Las botellas, de uno o dos litros, de agua o de cualquier refresco, son la base de la estructura de los muros, para lo que se rellenan de arena y paja prensadas para dotarlas de mayor resistencia. «Una botella de plástico es 20 veces más resistente que un ladrillo de adobe», subraya el joven ingeniero saharaui.

Una vez levantada la estructura, el muro se recubre de cemento y cal y se pinta de blanco para mantener fresco el recinto y reflejar los rayos de sol; «así se evita que la casa se caliente, llegando a rebajar la temperatura hasta cinco grados», indica Tateh.

El techo es de doble capa para mejorar la ventilación, con una primera fase de esterillas y una segunda de cemento. Estas características arquitectónicas hacen que las viviendas de plástico sean mucho más eficientes y resistentes ante los rigores de la hamada negra argelina, también conocida como el desierto de los desiertos, un entorno duro, árido y pedregoso.

Lehbib comenta que estas casas son amigas del medioambiente: «Esa gran cantidad de botellas de plástico que utilizamos cada día terminan tiradas por los campamentos y envenenan el ambiente, el poco agua que tenemos, la tierra y el aire que respiramos. En los campamentos no disponemos de la industria de reciclaje de los países occidentales, así que esta es nuestra forma de reciclar».

 

Lugar de almacenamiento de las botellas delante de una de las tradicionales construcciones de adobe. Se necesitan 6.000 para completar cada edificación. Fotografía: Eugenio D. Delgado

 

Una casa por 250 euros

La primera casa de plástico se la construyó Lehbib a su abuela, con la que creció en los campamentos: «Quería que no sufriera tanto por el calor y que pudiera vivir mejor y más cómoda». Las otras 25 fueron financiadas en 2016 por ACNUR, organismo que eligió en tercer lugar este proyecto –entre más de 3.000 propuestas– que contó con un presupuesto total de 60.000 euros. «Estas viviendas también sirven para crear puestos de trabajo en un lugar en el que apenas hay. Se necesitan cuatro personas para recoger las botellas, otras cuatro que las rellenen y cuatro albañiles para levantarla. También se requieren conductores para transportar la arena y las botellas. En realidad, estamos creando una industria alrededor de las casas de plástico», afirma Tateh.Sin embargo, el creador asegura que, en caso de necesidad, las familias saharauis podrían construirlas ellas mismas entre cuatro personas y tendría un coste de «unos 250 euros».

En solo una semana puede estar construida esta vivienda unipersonal. Los destinatarios principales son familias sin apenas recursos –en un entorno de escasez–, discapacitados físicos y mentales y personas mayores o que no tienen familia.

Abdeljalil Nafe es un adolescente de 16 años, ciego y autista. Desde noviembre de 2016 dispone de una casa de plástico para sus actividades más rutinarias como son jugar o descansar a la sombra durante las horas de más calor del día.

«Mi hijo duerme por la noche en ella y también es su lugar para el juego. Antes estaba en una jaima de telas con un tejado de chapa de zinc y muchas veces rompía las telas y las maderas», comenta la madre, Albatul, quien añade: «Está mucho más a gusto en la casa de plástico porque es más cómoda. En otra estancia la temperatura era muy alta, a veces, insoportable», debido a las chapas de zinc que hacían de tejado, uno de los mejores conductores para el calor. «Al principio, cuando se estaba construyendo, mis vecinos nos miraban extrañados, pero ahora les interesa mucho saber cómo es por dentro y qué tiene de bueno», dice Albatul.

Mohamed Salem Hassan ha cumplido 38 años y con la ayuda de su familia está construyendo otra vivienda de plástico. Cuenta que tiene la pierna derecha atrofiada desde 1997 cuando médicos españoles y franceses le pincharon «algo malo en una campaña de vacunación en los campamentos», según sus palabras.

«Espero que sea una buena casa para mí y que resista las duras condiciones que sufrimos aquí después de 42 años de exilio. Es una buena solución para los refugiados, aunque la mejor sería volver a nuestro país. La utilizaré para recibir a amigos, tomar el té y echarme la siesta. Además, tiene menos riesgos y es menos peligrosa en caso de derrumbe. Las casas de adobe pueden aplastarnos y herirnos si se caen porque los techos son de chapa», señala Mohamed.

Mohamed Salem Hassan, discapacitado físico, delante de su futura vivienda. Fotografía: Eugenio D. Delgado

Reticencias de los refugiados

Tateh Lehbib recalca otro beneficio: «Son más fáciles de reconstruir que las de adobe y más baratas –una de arcilla y arena puede alcanzar los 1.000 euros–. Y todos los materiales que se utilizan en mis viviendas de plástico se encuentran en los campamentos. Hay refugiados que piensan que las soluciones tienen que venir siempre de fuera. Y no, la solución está entre nuestros pies, no como el cemento o la arcilla que hay que comprárselos a los argelinos. Los vertederos están llenos de aislamientos térmicos y de botellas de plástico. Utilizándolos, los costes se reducen casi al mínimo».

Sin embargo, en un principio, estas construcciones no fueron acogidas con entusiasmo por los refugiados. «Al principio, me llamaban el loco de las botellas. Una vez construidas y viéndolas con sus propios ojos, mis compatriotas entienden el proyecto. Muchos saharauis se acercan y preguntan sobre las posibilidades que plantean este tipo de construcciones», comenta.

«El primer escollo que tuvimos que superar fue el rechazo de parte de la población porque no confiaba en que se pudiera construir una casa resistente con botellas de plástico. Y el segundo, la dificultad de poner muebles y alfombras, porque estos suelen ser con formas lineales, no redondas. Estamos probando alternativas para que la vivienda sea redonda por fuera pero por dentro cuadrada, y así puedan colocar sus pertenencias en repisas y estanterías. Esta modificación no afectaría a la idea original. También es importante que sea más grande y espaciosa, porque los saharauis estamos acostumbrados a sitios muy anchos para recibir a los invitados y hacer el té», explica el experto saharaui en eficiencia energética.

Una vez solucionados estos problemas, el siguiente paso será que las viviendas no sean unipersonales, sino que puedan acoger a una familia, indica Tateh: «En un futuro próximo haremos casas completas, no solo una vivienda adosada para una persona. Que tenga cocina, por ejemplo, sería muy importante. Estaría bien que cada familia saharaui tuviera una para mejorar sus condiciones de vida, pero lo ideal, y el objetivo por supuesto, es volver a Sahara Occidental ocupado por Marruecos cuanto antes. Mientras tanto, estoy convencido de que tengo que trabajar para que los saharauis vivamos con más dignidad».

 

Protegiendo el medioambiente

Y este experto en energías renovables añade: «No solo estamos protegiendo el medioambiente de los campamentos, sino el del mundo entero, porque los grandes países se reúnen cada año para hablar del cambio climático, pero no consiguen llegar a casi ningún acuerdo. Estas casas de plástico saharauis demuestran que existen otras formas de hacer las cosas, otras alternativas. Todos sabemos que el plástico no se deshace en la naturaleza hasta después de cientos de años. Hay cálculos que lo cifran en más de 300, y eso resistirán estas viviendas, siempre y cuando las botellas no estén expuestas al sol».

La ONU ha asegurado en el Informe sobre Plásticos Biodegradables y Basura Marina de 2015 que en todo el mundo se producen al año 280 millones de toneladas de plástico, de las cuales 20 acaban en los océanos del planeta.

«Esta forma de construir es una solución y, además, es exportable. Se puede llevar a otros países del mundo y se ha probado ya en India y en varios países de Latinoamérica. Cada día se tiran millones de toneladas de plástico y hay 65 millones de refugiados en el mundo. Sería un buen recurso también para todos ellos», concluye Tateh Lehbib, el loco de las botellas que ahora es reconocido, y nombrado, allá por donde va en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf (Argelia).

 

Casa terminada. Fotografía: Eugenio G. Delgado