El latido de Casamance

en |

Esta región de Senegal convive con el conflicto desde hace 40 años



Por Alfonso Masoliver



Han pasado 40 años desde que el Movimiento de las Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC) comenzara su lucha por independizarse de Senegal. A lo largo de las décadas, el conflicto ha evolucionado, los aliados han cambiado y se han firmado numerosos pactos de no agresión. Solo la población local se mantiene en la misma situación de pobreza.

Viajo a Ziguinchor en un sept-place –vehículo de siete plazas– lleno hasta los topes. Cada pocos kilómetros, el conductor tiene que parar y dos militares nos ordenan que bajemos para enseñar nuestros documentos de identidad. Los miran, nos miran, los vuelven a mirar y, finalmente, nos permiten subir de vuelta al coche. El conductor me sonríe con gesto amable y desliza su siete plazas lentamente entre las barricadas colocadas en la carretera, conduciendo con cuidado hasta que nos detengan en el siguiente control. Está cayendo el sol. A los lados de la carretera se derraman pedazos de enormes árboles centenarios talados hasta caer al suelo. Pequeños grupos de vecinos del entorno van y vienen arrancando las ramas y llevándoselas a casa para hacer fuego. Únicamente quedan intactos los enormes troncos, a la espera de una mano más grande que los recoja. Estoy en Casamance, al sur de Senegal, y, sinceramente, no esperaba este espectáculo. Creía que el robo de la madera senegalesa se llevaría a cabo con más discreción.

Hay tres materias primas que se trabajan en esta región encajonada entre Guinea-Bissau por el sur y Gambia por el norte y alejada de la poderosa capital, Dakar: la madera, el zirconio y, en menor medida, la marihuana. Es por esto que se trata de una de las zonas más ricas del país. O así era, al menos, durante los primeros años posteriores a la independencia de Senegal. Luego llegó 1980 y la situación se volvió demasiado complicada.



Manifestantes en Dakar piden transparencia en la gestión de los recursos naturales del país. Fotografía: Seyllou/Getty


Causa original del conflicto

En Casamance tiene lugar desde hace 40 años uno de los conflictos más longevos del continente, caracterizado por la intenciones independentistas de esta región con respecto al resto de Senegal, la rigidez del Gobierno de Dakar a la hora de concederles cualquier autonomía, y los saqueos de materia prima por parte de China y ciertos países europeos hasta producir un irreversible proceso de desertización en toda la región. Todavía quedan amplias zonas de selva –aunque, con el tiempo, son más reducidas– que, de no frenarse este expolio, terminarán por desaparecer.

Haría falta remontarse a 1980, cuando el movimiento nacionalista de Casamance cobró forma con la creación del grupo Mouvement des Forces Democratiques de Casamance (MFDC), y una de sus ramas derivó dos años después en un brazo armado conocido como Attika. Las causas que llevaron a este deseo de independencia son diversas, como me explicaría al día siguiente de ver los árboles talados Ricardo -Embaló –nombre ficticio para preservar la intimidad de la fuente–, aunque también son habituales en esta clase de movimientos. En primer lugar, las razones culturales. La mayor parte de la región de Casamance practica el cristianismo, mientras el resto de Senegal se caracteriza por la religión musulmana. Además, afirma Embaló, en un sentido estrictamente étnico tienen más semejanza con los bissauguineanos que con los senegaleses. Pero en lo que respecta a las razones económicas, siempre tan complicadas, Ricardo tiene más dificultades. Existen corrientes que opinan que esta es la verdadera razón del conflicto, aunque la región no se caracteriza por poseer ningún recurso natural diferente al resto del país: madera, anacardo, vino y aceite de palma, así como pequeñas plantaciones de cannabis. Ricardo titubea, pero añade que el zirconio también juega un papel importante en el conflicto, aunque el descubrimiento de este se diera hace apenas diez años. 

El conflicto se radicalizó y a partir de los 90 entraron en escena diferentes ayudas internacionales para ambos bandos. El MFDC ha -contado a lo largo de su trayectoria con el apoyo de Libia, Iraq y Gambia, -aunque estos son aliados desaparecidos hace años. Senegal, bajo el abrazo de Francia, también ha contado con ayuda militar, tanto en instrucción como en armamento. Estos apoyos provocaron una escalada en la violencia. Un movimiento independentista sin armas apenas puede hacer nada por evitar su situación, no más allá de estridentes griteríos en manifestaciones y estrategias políticas de fiabilidad dudosa. Pero con la llegada de las armas, la violencia se sirve en bandeja. Aquí el guerrillero tiene poder, por pequeño que sea, en forma de un AK-47 colocado entre sus manos. La voz es acallada rápidamente por los tiroteos y lo que empieza como un movimiento pacífico termina por convertirse en una violenta guerra. Así de simple;  siempre es lo mismo en las revoluciones regionales. 

Con la violencia, los casamanteses llegaron a las portadas de los noticieros de Occidente. Otra vez África sucumbía a la violencia, decían. Otra vez se enfrentan, desperdiciando su recién adquirida libertad. Embaló recuerda cuando él apenas era un muchacho y, de la noche a la mañana, llegaron las oenegés europeas y estadounidenses a ocupar Casamance. Hasta 100 organizaciones procuraron llevar a cabo su labor humanitaria en la zona cero del conflicto –que ha provocado 11.000 refugiados en Gambia y otros 8.000 en Guinea-Bissau–. Pero ya no quedan demasiadas organizaciones, dice Ricardo. La mayoría se marcharon antes de que terminara la década, cuando dejaron de recibir financiación. Aunque el conflicto siguiera en curso, poco a poco dejó de interesar al mundo. 



Un senegalés pide paz para la región de Casamance. Fotografía: Issouf Sanogo/Getty


Ni paz ni guerra

El conflicto ha evolucionado, pese a todo. La pérdida de apoyos del MFDC ha provocado que ya no tengan armas ni municiones para mantener latente la lucha armada, y la situación parece haberse relajado desde hace unos años. En lo que respecta a uno de los grupos rebeldes, el Frente Norte, se han llevado a cabo ciertas aproximaciones con el Gobierno en Dakar desde 2004 –cuando varios miembros del MFDC se incorporaron a fuerzas paramilitares del país–. Es cierto que a pesar de las negociaciones de paz han tenido lugar numerosas situaciones de violencia y combates entre los secesionistas y el Ejército, especialmente los años 2010 y 2011, pero tras la firma del Tratado de Roma en 2012, que prometía medidas especiales para la región de Casamance, Attika ha relajado sus actividades de combate. El 1 de mayo de 2014, el comandante del Frente Norte, Salif Sadio, pidió un alto el fuego que ha sido respetado parcialmente. Cada pocos meses, el líder secesionista y el presidente de Senegal, Macky Sall, se reúnen para mantener conversaciones de paz que no han avanzado en los últimos ocho años –a finales de febrero de 2020 tuvo lugar un encuentro auspiciado por la Comunidad de Sant’Egidio, sin ningún resultado aparente–. Pero, con todo, se han dado situaciones de delincuencia, como robos a bancos y ciudadanos, o la trágica violación de tres turistas españolas en enero de 2018.

El Frente Sur presenta una posición más distanciada del Gobierno senegalés y se muestra reticente a negociar. Reniega de los pactos del Frente Norte y su actividad delictiva es aún mayor. Además, esta facción cuenta con una influencia relativa en el lado bissauguineano de la frontera, una zona en la que la presencia gubernamental es casi nula y son los reyes locales quienes ostentan la mayor parte del poder sociopolítico. 

En resumen, la región de Casamance vive una situación de «no paz, no guerra». Una incierta escala de grises que amenaza con estallar cuando una nueva potencia decida participar en el juego.



Varios hombre sentados asisten al funeral por la víctima del ataque de un grupo armado en el bosque de Bayotte, cerca de Ziguinchor, en enero de 2018. Fotografía: Seyllou / Getty


Nuevas fuentes de financiación

¿Y cómo se financian esos restos de guerrilla que quedan desperdigados por la región? Sin el apoyo de potencias extranjeras, ¿quién paga los pocos cartuchos que llegan a disparar? Volvemos a las tres materias primas citadas anteriormente, a partir de las cuales descubrimos a los nuevos mecenas del conflicto, ocultos tras el telón: China y Europa.

En primer lugar, el zirconio. Este mineral de color variable, más o menos transparente, con brillo diamantino y gran dureza y peso, es utilizado principalmente para la joyería y la fabricación de bidones destinados a los residuos nucleares, así como diversos materiales de tecnología móvil. En Senegal hay dos zonas para su extracción: Diogor, en la zona norte del país, y Niafrang, en el sur de Casamance. España recibe el 27 % de las exportaciones de zirconio, niobio, tantalio y vanadio de Senegal. Ricardo me explica que mientras que la extracción de zirconio en Diogor se pudo efectuar sin inconvenientes, no ha sido así en Niafrang, donde diferentes grupos de activistas medioambientales –tanto senegaleses como franceses– y el Frente Sur del MFDC se negaron a permitirla en un principio. En palabras de los secesionistas, los permisos del Gobierno de Dakar suponen una «declaración de guerra» en Casamance, cuya situación es ya de por sí extremadamente delicada. Argumentan que 44 poblados de la localidad se verían afectados por el proceso de extracción, ya que la duna que pretenden excavar sirve como barrera natural al mar –la región se encuentra apenas un metro por encima de su nivel– y su desaparición supondría una seria amenaza para los poblados. 

La empresa encargada de la extracción es Astron Corporation Ltd, multinacional asentada en Australia y con fuertes relaciones comerciales en China. De hecho, el primer cargamento de zirconio extraído en Niafrang ha sido manufacturado en el país asiático. Las conversaciones entre el Gobierno senegalés y la multinacional tardaron seis años en fructificar, y las extracciones comenzaron –pese a los riesgos que suponen para la población local– en 2018, con un contrato de duración ilimitada. A cambio, un 10 % de los beneficios irán a parar directamente a las arcas del Gobierno senegalés. Para la región de Casamance apenas llegará el salario de los mineros y, según me dice Ricardo, una generosa cantidad para los líderes guerrilleros que, finalmente, han aceptado su extracción.

El tráfico de cannabis también permite financiar la guerrilla, aunque en menor medida. La calidad de la planta en esta región es relativamente mala y no se utiliza para exportar al extranjero, sino para su consumo local. Prácticamente toda la marihuana que se puede comprar en Dakar proviene de -Casamance. Un pequeño ingreso que, pese a todo, pasa a engrosar las arcas del MFDC. 



El líder rebelde Salif Sadio durante una entrevista en un lugar no identificado de Casamance. Fotografía: Allen Yero Embalo / Getty


Un as en la manga

Y por último entra en juego la madera. ¿Por qué es tan importante la madera de Casamance? ¿Por qué observé asombrado los árboles talados a los lados de la carretera, tan grandes y evidentes? A ojos del mundo, en Casamance no se corta madera. Ni una sola rama. Y aun así, el negocio maderero tiene una influencia inmensa en la región. Su tala se centra en dos variedades muy concretas: el palo rosa y la madera de teca. Ambos tipos poseen un alto valor y son utilizados para la creación de muebles de calidad en todo el mundo. Su tala está prohibida en Senegal para evitar la inminente deforestación de Casamance, pero esta práctica no tiene penalización. Aunque se han efectuado tímidos intentos por endurecer la ley en este sentido, el resultado ha sido prácticamente nulo, ya que debido al conflicto de Casamance y a raíz de las prohibiciones efectuadas en 2010 se ha creado un sistema comercial que afecta directamente al norte de la región, Gambia y China.

Informaciones del Observatory of Economic Complexity (OEC) muestran que el 51 % de las exportaciones de Gambia son de madera –es el cuarto exportador mundial–, mientras que en Senegal no alcanzan el 1 %. Sin embargo, y de forma sorprendente, las políticas contra la deforestación en Gambia son más duras que las de Senegal, y se ha demostrado que las desarrollan de forma correcta. ¿Dónde está el truco? 

En 2016, el entonces ministro de Medioambiente senegalés, Haidar El Ali, hizo sobrevolar un dron por encima de la frontera entre Gambia y Senegal para demostrar el contrabando de madera desde su país al vecino. El proceso es muy sencillo: la madera se tala en Senegal, se transporta ilegalmente a Gambia, y Gambia la vende al mundo. Pero, ¿a quién, exactamente?

Ahora toca señalar a China. El 98 % de la madera exportada por Gambia es al gigante asiático. Entre 2010 y 2014 las exportaciones de palo rosa a China crecieron un 700 %. Es cierto que Burkina Faso, Costa de Marfil, Ghana, Guinea-Bissau, Guinea, Malí, Níger, Nigeria, Senegal, Sierra Leona, y Togo pidieron expresamente a China que rebajase su demanda de madera, pero el país asiático nunca llegó a dar una respuesta a la petición. Empresas madereras, junto a la población local y supuestamente sin el apoyo de ningún gobierno, son las partícipes de este comercio: primero de tala ilegal, y segundo de contrabando. El analista senegalés Abdou Sane confirmó en una entrevista que los compradores chinos operan fuera de Senegal para no dejar evidencia del saqueo.

Este es el as en la manga del MFDC, su fuente primaria de ingresos: la madera. Reciben cientos de miles de dólares por ella, pagada a precios tremendamente bajos pero en grandes cantidades desde hace diez años. Allí tienen su dinero, guardado a buen recaudo, a la espera de una potencia que quiera aceptarlo a cambio de armas y municiones con las que continuar su lucha.   

Colabora con Mundo Negro