Kenia, el negocio de la salud

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21/03/2016

Los dispensarios privados se multiplican ante el abandono de la sanidad pública

 

Texto y fotos María Ferreira

 

El deterioro del sistema sanitario público en Kenia ha provocado la aparición de numerosos dispensarios privados que, como denuncia la autora del reportaje, buscan con frecuencia la rentabilidad económica antes que la curación del paciente. Mientras, algunas enfermedades se convierten en endémicas.

 

“Un paciente muere tras pasar 18 horas esperando en una ambulancia” rezaban los titulares de los principales periódicos de Kenia el pasado 7 de octubre. La noticia hizo estallar una situación que lleva años en ebullición: el vergonzoso estado del sistema sanitario del país.

El caso de Alex Madaga, que así se llamaba el fallecido, hizo que políticos y ciudadanos se llevaran las manos a la cabeza durante una semana; el paciente permaneció en estado crítico, con una hemorragia cerebral, dentro de una ambulancia intentando ser admitido durante 18 horas, sin éxito, en diferentes hospitales. En el Kenyatta Hospital de la capital, Nairobi, alegaron que no tenían camas disponibles en la unidad de cuidados intensivos, así que el paciente fue trasladado al Coptic Hospital de Nairobi, donde no fue admitido porque la familia no tenía los 200.000 chelines (alrededor de 2.000 euros) que el hospital pedía como depósito antes de ni tan siquiera poder bajar al enfermo de la ambulancia.

El revuelo que causó el incidente derivó en una guerra de responsabilidades que distrajo la atención del verdadero problema: la situación de vulnerabilidad de los pacientes que no pueden pagar un hospital privado.

Muchas familias kenianas no pueden asumir ni el ingreso ni el transporte sanitario de los enfermos / Fotografía: María Ferreira

Muchas familias kenianas no pueden asumir ni el ingreso ni el transporte sanitario de los enfermos / Fotografía: María Ferreira

La salud como negocio

Un ciudadano necesita una intervención quirúrgica de urgencia en el centro de salud de Makuyu, un poblado de 190 habitantes que se encuentra a unos 60 kilómetros al norte de Nairobi. “Aquí no podemos operarle; no tenemos quirófano, no hay ni siquiera un médico, así que nuestra única opción es trasladarle al Kenyatta Hospital en Nairobi, pero la familia tiene que pagar la ambulancia. Si no tienen dinero no hay nada que hacer”, se lamenta Anne Ndung’u, enfermera del centro.

El sistema sanitario keniano agoniza en un país de 43 millones de habitantes. El 52 por ciento de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Cuando hablamos de salud los habitantes no se dividen en comunidades o grupos étnicos, se dividen en aquellos que pueden permitirse un servicio sanitario digno y aquellos que no.  Por eso, con frecuencia surge una pregunta incómoda: ¿cómo un país como Kenia puede no tener más de 50 camas en cuidados intensivos?

Cada región cuenta con un presupuesto anual para gestionar su sistema sanitario. Este presupuesto está perfectamente medido para que gastos como el traslado en ambulancia de pacientes estén cubiertos. Sin embargo esto no es así, la corrupción es un cáncer que está afectando gravemente los derechos de los kenianos. “Incluso si el centro de salud del área en cuestión tiene presupuesto para pagar la ambulancia, los enfermeros pueden optar por pedir desorbitadas cantidades de dinero a cambio de un servicio que debería ser gratuito”, me explica el doctor Nabil Khan. “La corrupción se lo está comiendo todo: el progreso, el desarrollo, el suministro de medicamentos y el equipamiento médico”.

No son pocas las ocasiones en las que los centros de salud no cuentan con medicación básica; hace tres meses, por ejemplo, varios centros de salud en el área del lago Victoria denunciaron que no contaban con medicinas para tratar la malaria. “El presupuesto para medicación había desaparecido”, cuenta el doctor Khan. Según datos oficiales del Ministerio de Servicios Médicos de Kenia, el gasto en medicinas por parte del Gobierno es de un 11,3 por ciento mientras que el gasto por parte de los particulares asciende al 69 por ciento. “Si los centros de salud del Gobierno no cuentan con las medicinas necesarias para tratar a un paciente grave, y este no se puede permitir un centro privado, no se puede hacer nada”, explica Khan. “En la sala de urgencias del Hospital Nacional Kenyatta hay casos que necesitan cirugía, la familia no puede pagar y el paciente permanece ahí hasta que se muere o se lo llevan. Los doctores pasarán hasta cuatro veces al día a verle, pero no cuentan con los medios para salvarle la vida, por lo tanto su presencia es inútil”.

El escepticismo a propósito del sistema de salud nacional ha servido para impulsar un negocio basado en la precariedad: los centros de salud privados. En un poblado como Makuyu podemos encontrar cuatro clínicas privadas en las que se ofrecen servicios que el centro de salud público no es capaz de dar a los ciudadanos, eso sí, a un precio desorbitado. Hablamos de precariedad en cuanto a que estas clínicas no cuentan con medidas de higiene mínimas. En 19 de las 22 clínicas que visitamos en los últimos dos meses en Kenia Central encontramos restos de sangre en las camillas, mala ventilación, polvo sobre las gasas esterilizadas… Sin embargo, la gente acude a estas clínicas –que en muchas ocasiones agravan el estado del paciente– con la esperanza de que el dinero sea la diferencia entre la enfermedad y la salud.

“El personal sanitario de estos centros tiende a diagnosticar sin perder el tiempo en pruebas. Si vienes con fiebre, síntomas de fatiga, dolor articular, náuseas o vómitos te recetan medicación para la malaria automáticamente”, explica Ndung’u, enfermero del centro sanitario de Makuyu. “En muchas ocasiones se tratan casos de gastroenteritis aguda con medicación para la malaria”. La mayoría de estas clínicas tienen una carta en la que ofertan sus servicios y solo cuentan con la medicación necesaria para tratar un número determinado de dolencias. “Por esa razón se diagnostica siempre lo mismo, para ahorrar en costes de laboratorio y a costa de poner en riesgo la vida del paciente”, critica el doctor Khan.

La malaria es la enfermedad que más muertes causa en el país, seguida de problemas respiratorios como tuberculosis. La prevalencia del VIH es del 5 por ciento y la estimación es de 1,4 millones de adultos viviendo con el virus, de los que solo un 35 por ciento tiene acceso a algún tratamiento. Además, para la población que vive en áreas a gran distancia de los núcleos urbanos no es fácil desplazarse y acceder a los mismos.

La corrupción afecta también a los grandes hospitales privados. El Coptic Hospital de Nairobi ofrece tratamientos gratuitos contra el VIH, incluyendo la toma de antirretrovirales lo antes posible después de que el paciente haya estado expuesto al VIH, así como la continuación del tratamiento durante cuatro semanas. “Hemos descubierto que muchas pacientes a las que se receta el tratamiento venden los antirretrovirales en el mercado negro. Las clientes suelen ser prostitutas que prefieren tener sexo sin protección ya que así ganan más dinero”, cuenta el doctor Feisal. “Estamos hablando de un tratamiento agresivo que puede provocar serios efectos secundarios. Y aunque el personal sanitario involucrado es consciente de ello, la prescripción ilegal sigue extendiéndose”.

 

Fotografía: María Ferreira

Fotografía: María Ferreira

 

La sanidad en las islas

Si el acceso a una atención sanitaria digna es difícil en las regiones del centro de Kenia, en las islas localizadas en la costa supone todo un reto. Acompaño a dos técnicos de Cruz Roja a comprobar que el equipamiento de los centros sanitarios del archipiélago de Lamu están en buen estado. Navegamos a gran velocidad en una lancha motora y tardamos casi tres horas en llegar a nuestro destino.

En el centro de salud de Kizingitini no falta equipamiento, sin embargo no cuentan con el suministro energético necesario para poder poner en funcionamiento el laboratorio. “Las donaciones de material no pueden ser utilizadas si el Gobierno no se hace responsable de las necesidades energéticas de las islas”, se queja Alan, uno de los técnicos de Cruz Roja. “El Gobierno está construyendo centros de salud y hospitales como si los edificios fueran suficientes para salvar vidas. Un dispensario no puede funcionar sin agua corriente, sin electricidad, sin medicinas, y es eso lo que nos falta. Se atienden pacientes que se mueren por falta de medicamentos que no cuestan ni un dólar”.

En la sala de urgencias yace una mujer embaraza de 8 meses visiblemente deshidratada. “No contamos con medicinas básicas como antieméticos (para evitar el vómito)”, admite Hasan, el enfermero responsable del centro. “La única solución para un caso como este es que la familia pague una lancha y la lleven al hospital de Lamu”. Encontrar una lancha privada que pueda trasladar a un paciente no es fácil. Muchos se niegan ante la posibilidad de que la situación del paciente se agrave en medio del océano, por esta razón los precios son desorbitados en muchas ocasiones.

“Por favor, llevad a mi hija a Lamu”, nos pide el padre de la paciente. El capitán accede, sabiendo que el viaje es largo y que no contamos con suero para administrar a la mujer. En el puerto se agolpan los familiares de la chica, junto al imán de la mezquita de la isla y los líderes locales. Cuando estamos a punto de partir empiezan a rezar y la paciente llora asustada. “A veces nuestro trabajo en la costa se trata de suerte”, dice Alan. “Llegamos a un lugar y resulta que podemos ayudar trasladando a un enfermo, pero mañana habrá más pacientes que necesiten un antiemético, agua corriente, electricidad, suero o transporte. No lo tendrán. La responsabilidad es del Gobierno.”

 

Ante la falta de medios de los centros públicos de salud en Kenia, están proliferando por todo el país dispensarios privados muy caros para los pacientes y con pocas garantías sanitarias / Fotografía: María Ferreira

Ante la falta de medios de los centros públicos de salud en Kenia, están proliferando por todo el país dispensarios privados muy caros para los pacientes y con pocas garantías sanitarias / Fotografía: María Ferreira

 

La corrupción rentable

“A pesar de que las evidencias de corrupción en el Ministerio de Sanidad han sido sistemáticamente señaladas y los ciudadanos reivindican una y otra vez su derecho a un sistema sanitario digno, el cambio no parece viable”, afirma el doctor Nabil Khan. La categorización lógica pero inútil del sistema sanitario es en sí misma una manera de facilitar la mala utilización del presupuesto que le corresponde a cada región. También la relación de dependencia que tiene el país con las empresas farmacéuticas y de equipamiento médico extranjeras supone un gasto altísimo. “El Gobierno no se plantea la producción propia de medicamentos porque estaría dañando la relación con las empresas farmacéuticas internacionales, y eso supondría una pérdida de millones de dólares que anualmente van a bolsillos particulares”, declara Peter M., empresario farmacéutico de la keniana Dawa Limited. “Las empresas farmacéuticas kenianas cuentan difícilmente con ayudas del Gobierno, tenemos un límite, se nos impide el crecimiento de modo evidente, y eso es una vergüenza para el país”.

El estado del sistema sanitario público no parece preocupar al Gobierno, sencillamente porque no se ven afectados por el mal rendimiento de sus hospitales. En el Kenyatta Hospital hay que esperar hasta seis meses para recibir radioterapia, pero no serán los políticos los que mueran antes de que les llegue el turno de ser tratados. Los hospitales privados se enriquecen día a día gracias al mal funcionamiento de los públicos. ¿Y qué pasa con los pacientes que no pueden permitirse la sanidad privada? “Se mueren. Se mueren ante los ojos de un médico frustrado que termina trabajando para la sanidad privada o se marcha al extranjero porque en la sanidad pública de Kenia no cuentan con los medios para poder salvar vidas”, lamenta Nabil Khan.

Un mes después del caso de Alex Madaga, el paciente que murió en la ambulancia, la polémica se había olvidado. Un caso más de negligencia rentable. Una prueba más de que la sanidad de este país necesita de políticos y de personal sanitario que recuerden que trabajan con vidas, no con cheques de cifras millonarias.

 

Fotografía: María Ferreira

Fotografía: María Ferreira