¿Ha llegado la primavera a Sudán?

Por: Chema Caballero - 15/01/2019
Desde el pasado 19 de diciembre, las manifestaciones se repiten por todo Sudán. Todo comenzó cuando en diciembre, el Ejecutivo anunció una subida del precio del pan. El pasado domingo, 13 de enero, dos nuevas zonas se sumaron a las protestas. La policía dispersó con gases lacrimógenos a las personas que protestaban en Al-Facher, capital del estado de Darfur Norte, y Niyala, la de Darfur Sur.

Sudán es una nación productora de petróleo que desempeña un papel crucial en el frágil equilibrio geopolítico que vive la zona del mar Rojo y el Cuerno de África.  A pesar de ello, el país se encuentra sumergido en una profunda crisis económica, con una inflación de casi el 70% y su moneda, la libra sudanesa, en caída libre frente al dólar. A ello se suman la corrupción y diversos conflictos al interior de sus fronteras que han originado una gran crisis humanitaria.

Al menos 5,5 millones de personas necesitan asistencia y dos millones están desplazadas internamente, principalmente en Darfur y en los estados de Blue Nile y Kordofán del Sur, donde todavía hay enfrentamientos y recientemente expiró un frágil alto el fuego. Naciones Unidas estima que se necesitan mil millones de dólares para dar respuesta a todas estas emergencias.

Algunos analistas comparan las protestas con la primavera árabe de 2011 que experimentaron algunos de los países de la zona, como su vecino del norte, Egipto, pero de la que Sudán se libró.

Lo que comenzó como una explosión de ira popular por las duras condiciones económicas se ha convertido, en poco tiempo, en un grito contra el régimen de Omar el-Beshir. De hecho, las primeras manifestaciones se produjeron en Port Sudan, la zona de la que procede el presidente y tradicionalmente uno de los bastiones donde tenía más apoyo. El descontento ha llevado a los manifestantes a quemar incluso la sede del Partido del Congreso Nacional, que gobierna el país, en las ciudades de Al-Gaderef, en el este, y Dongola, en el norte.

No es la primera vez, en los últimos años, que la población sudanesa protesta. Desde 2011, fecha de la independencia de Sudán del Sur que supuso la pérdida de las tres cuartas partes de las reservas de crudo, los ciudadanos tienen la impresión de que el régimen de el-Beshir ha llegado a su fin. En 2013, por ejemplo, la capital Jartum se revolvió contra la supresión de los subsidios al combustible, lo que provocó una fuerte respuesta de las fuerzas de seguridad que causó, al menos, 200 muertes. Desde entonces, las condiciones económicas del país no dejan de empeorar.

Sin embargo, las manifestaciones actuales tienen algunas particularidades, de ahí que se piense que el cambio político puede estar cerca. Primero porque no comenzaron en la capital, como en ocasiones anteriores, sino que se originaron en las zonas rurales desde donde se extendieron a las ciudades. Allí los estudiantes enseguida salieron a las calles y bloquearon universidades y centros de enseñanza. Además esta vez, a pesar de la represión policial, que según organizaciones de derechos humanos ya ha causado varias docenas de muertos y la detención de cientos de personas, se mantienen por casi un mes y no tienen pinta de que vayan a cesar. Al revés, cada vez más ciudades se suman a ellas. De igual modo, colectivos profesionales de médicos, ingenieros, profesores… hacen continuos llamados a unirse a ellas. De modo similar, una serie de pequeños partidos, todos ellos de corte islamista (un elemento a tener en cuenta porque podría marcar el futuro devenir de esta revolución), que hasta ahora apoyaban incondicionalmente a el-Beshir, le han abandonado y están junto a los manifestantes.

El-Beshir no parece dispuesto a ceder el poder. Ha movido tropas desplegadas en Blue Nile y Kordofán del Sur para apoyar a las fuerzas de seguridad, lo que podría animar a los grupos rebeldes que operan en esas zonas a lanzar nuevos ataques, recrudeciendo los conflictos. Por otro lado, el presidente sudanés se ha convertido en un aliado clave de la Unión Europea en su empeño en frenar la migración, y de los Estados Unidos y su lucha contraterrorista. Esto llevó a Washington a levantar dos décadas de sanciones a Sudán en 2017, aunque todavía lo mantiene dentro de la lista de naciones que apoyan al terrorismo. No hay que olvidar que, a pesar de haberse convertido en aliado de Occidente, el-Beshir sigue imputado por el Tribunal Penal Internacional (TPI) por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad cometidos en Darfur.

Su caída en este momento podría poner en peligro el equilibrio geopolítico de la región. Especialmente, el frágil acuerdo de paz de Sudán del Sur que se firmó el pasado mes de septiembre y del que es garante junto al presidente ugandés. Igualmente, a Estados Unidos y a la Unión Europea no les interesa, en este momento, que desaparezca, por lo que le apoyarían a cambio de pedirle que modere la represión contra los manifestantes.

El empecinamiento de el-Beshir podría degenerar en una espiral de violencia aún mayor en el país. Por eso piensan los analistas que la única salida pacífica que se vislumbra sea la dimisión del presidente y la formación de un nuevo gobierno que contase con el beneplácito de la comunidad internacional.

Mucho músculo diplomático se necesitará para convencer a el-Beshir de aceptar esta opción, pero de no ser así, las protestas subirán de intensidad y se transformarán en un conflicto abierto y mucho más violento.