La corrupción frena la lucha contra la pobreza en África

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Muchos de ellos están hartos, cansados. Ya no pueden más. Conductores de furgonetas y autobuses de transporte de pasajeros, de taxis o de mototaxis se rebelan contra los impuestos, las tasas y los abusos de la policía en distintas ciudades de África.

En Korhogo, en el norte de Costa de Marfil, el 11 de noviembre los chóferes de mototaxis se concentraron ante el ayuntamiento de la ciudad y lograron entrar en él para protestar por los muchos gravámenes que tienen que afrontar. Es el último tumulto de los tantos que se multiplican por todo el continente. «55.000 francos cfa (unos 85 euros) al año, de los cuales 35.000 son para el consistorio», explica Armand, un joven que conduce una moto. «Y a eso hay que sumar las mordidas que tenemos que pagar a la policía día tras día».

Arouna, pilota un taxi entre las ciudades de Garua y Marua en el norte de Camerún. Hace el recorrido en una media de siete horas por trayecto. A lo largo de él encuentra cada día cinco o seis puestos de control de las fuerzas de seguridad. En todos ellos le paran y le piden los papeles del vehículo. Él ya sabe lo que tiene que hacer. Saca los documentos que van metidos en una funda de plástico y debajo de ella, con gran astucia, coloca un billete de 2.000 francos. El servidor público hace que revisa los papeles, los devuelve y, con disimulo, introduce el dinero en uno de sus bolsillos. A veces, el agente con el que se topa tiene algunos galones y la cantidad ofrecida no le parece suficiente para su rango. Entonces, el conductor se ve obligado a salir y negociar. A menudo, la nueva transacción se realiza en un lugar apartado, a la orilla de la carretera, para evitar las miradas indiscretas de los pasajeros.

Un coche se detiene en seco delante del taxi de Ahmed en Dar es Salaam. Los dos vehículos se rozan de manera leve, nada sucede a ninguno de los dos. Los conductores así lo atestiguan. Pero un policía de tráfico de pie en una esquina no lejana ha observado la escena y corre hacia ella. Amenaza con multar al taxista, con llevarle a la comisaría, con encerrarlo en la celda por conducción temeraria. Él asegura, con el apoyo del otro afectado, que no es culpa de ninguno de los dos, que no ha habido daños. El agente insiste en sus amenazas. Por último, convence al taxista de ir con él detrás del vehículo para asentar la contienda con algunos billetes. Al final, los dos ríen y se saludan. «Así son las cosas aquí, nunca saldremos de pobres, pero no nos podemos resistir, aunque no sea justo», comenta Ahmed con cara de resignación.

Delante de las comisarías de policía de muchos pueblos y ciudades africanos se amontonan sobre todo motos que han sido requisadas a las personas que no pueden pagar los impuestos o los sobornos. Un ejemplo de lo difícil que resulta cumplir con esa imposición a muchos ciudadanos.

Los gobiernos africanos son conscientes de esta realidad y la permiten porque ven en ella una forma de complementar los bajos salarios que pagan a las fuerzas de seguridad. Mientras tanto, conductores que tienen que trabajar jornadas larguísimas para sacar algo de beneficio con sus vehículos observan, sin poder hacer nada contra ello, como impuestos, gasolina, reparaciones y, sobre todo, mordidas se llevan la mayor parte de sus ingresos. Por eso están hartos.

África es la región del mundo donde el índice de corrupción es el más alto y poco han hecho los gobernantes en los últimos años para revertir la situación. No solo los conductores deben enfrentarse a ella, también la mayoría de los ciudadanos tienen que afrontarla cuando quieren acceder a servicios básicos o requieren la actuación de la policía.

La corrupción es uno de los grandes retos del continente a la hora de luchar contra la pobreza. Si no se cambia la tendencia, le será muy difícil alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030. La pandemia de covid-19 ya ha provocado un alarmante aumento de la pobreza en África, revirtiendo así décadas de avances, lo que hace más duro alcanzar esa meta.

Los ciudadanos de muchos países sienten la garra de la corrupción en su día a día. Se ven forzados a satisfacer las demandas de los funcionarios públicos para que las cosas funciones. Si además son conductores, la policía que se lleva gran parte de sus ganancias. Por eso, no es extraño que de forma reiterada estallen protestas de estas personas que sienten que el mucho esfuerzo que realizan cada día para sacar adelante a sus familias se ve saboteado por la avaricia de los agentes del orden público.

En la imagen superior: Estación central de autobuses en Kampala, Uganda. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo



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