Lección africana

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Grigri Pixel: cooperación ciudadana
Cine, música, urbanismo, inteligencia colectiva, teatro y emergencia social. Durante cuatro años, el programa de residencias y talleres Grigri Pixel ha compartido experiencias de creación entre África y Europa: iniciativas de origen africano de las que aprender y que acabaron transformándose en intervenciones urbanas. La última edición se centró en la hospitalidad.

Era necesario encontrar una manera de contar África desde el compartir preguntas sobre cómo vivir juntos en la ciudad, qué contextos materiales e históricos de otras culturas difieren… Y gracias a las tecnologías, y al trabajo desde la igualdad, potenciar el intercambio y cooperar, pero no desde el “te traigo unas herramientas para que mejores tus modos de vida”. El relato y el modo de vida occidental está en crisis, igual que el cómo generar y compartir voces. Hablamos de cosas transversales. Tenemos la necesidad de mirar a África desde otro lugar y dar visibilidad a iniciativas vinculadas a la innovación ciudadana. Y ahí entra el trabajo colaborativo, donde la práctica artística y cultural es una herramienta de empoderamiento», explica Susana Moliner con una dicción rápida, acumulando ideas pero sin perder el hilo de un razonamiento madurado durante años de experiencia en África occidental.

Gildas Guiella, cofundador de OugaLab, cree que los obstáculos son oportunidades. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

Grigri –un objeto mágico– ­Pixel –la unidad más pequeña de una imagen digital– es un programa de Grigri Cultural Projects creado en 2016 para «explorar las prácticas de cooperación cultural y ciudadanía entre África y Europa». Para realizarlo, cada año se ha fabricado un grigri que «protege y reencanta espacios urbanos a través de prácticas artísticas y de fabricación digital, con carácter colaborativo y experimental».
La cuarta edición, que ha incluido varias acciones, encuentros y talleres entre septiembre y octubre pasados, giró en torno a la hospitalidad con un doble objetivo: «Reflexionar sobre la potencia que surge en un territorio cuando este es capaz de abrirse, de facilitar el encuentro; y poner en evidencia la capacidad de estos procesos para enriquecer a las personas, ampliando sus horizontes e imaginando espacios comunes».

La última edición de Grigri Pixel ha sido posible gracias a la colaboración local entre Medialab Prado, SERCADE (centro de acogida de personas migrantes de África subsahariana) y la Asociación Vecinal del barrio de Las Letras de Madrid; y ha contado con la financiación del Ayuntamiento de Madrid y el programa ACERCA, de AECID.

Ingenieros, artesanos, diseñadores, bailarines, artistas visuales y makers (personas habilidosas) han participado en las actividades preparatorias que concluyeron con un taller de dos semanas al que asistieron 25 personas de profesiones y nacionalidades diversas para «trabajar la cultura desde un ámbito más colaborativo, mediante la “cultura libre”, en la que no se entienden las tecnologías solo como cacharros y softwares, sino también como un trabajo que se produce mediante redes como Wikipedia, el trabajo y los saberes compartidos», apunta Moliner. Y añade: «Ha sido un proyecto atípico de cooperación, donde los expertos en reencantar el espacio –de ahí viene el Grigri Pixel, entre lo digital y lo analógico– han mostrado la necesidad de reapropiarnos de la ciudad a través de lo mágico y lo poético. Es otra forma de ver los espacios de vida compartidos».

Nana Kadidjatou Abdou Mounkaila coordina la compañía Arène Théâtre. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo
Proyectos africanos


Seleccionaron cinco iniciativas africanas. La de Ana Raquel Machava, arquitecta y urbanista mozambiqueña, que dirige el proyecto ­Maputo Cinema Festival; la de Amadou ­Mbaye, hispanista de origen senegalés que ha creado el espacio Hahatay en el que reflexionan sobre la relación con el otro, la acogida y el intercambio; la de Meryem Aboulouafa, diseñadora marroquí que ha estudiado el aspecto sonoro de la ciudad; la propuesta de Nana ­Kadidjatou, al frente de la compañía Arène Théâtre, que promueve espectáculos teatrales en espacios de proximidad en el norte de Niamey (Níger) y hace un trabajo psicosocial en campamentos de refugiados; y la de Gildas Guiella, cofundador de OuagaLab, el primer Fab Lab –taller colaborativo de fabricación digital– de Burkina Faso, que en la actualidad cuenta con tres espacios de trabajo y una incubadora de empresas donde están macerándose diez proyectos relacionados con la agricultura, la educación, la energía, el reciclaje y la alta tecnología.
«Nuestro lema es “transformar los problemas en soluciones”, ­porque África es vista como el país de los problemas, y sé que tenemos muchos, pero también son oportunidades. Cada problema en África es un posible negocio», comenta Guiella a MUNDO NEGRO. «No hay nada más democrático que la tecnología, porque es muy transversal. Puedes ­adaptarla a la agricultura, a la educación, al medioambiente. La tecnología es una oportunidad en África, por eso tenemos que apropiarnos de ella. Hoy en día, un joven con un ordenador y una conexión a Internet es un potencial emprendedor. Es posible adaptar la tecnología al contexto».

A partir de la experiencia de ­OuagaLab en la creación de una cartografía para detectar lugares vulnerables a la malaria se pueden tomar decisiones como la distribución de mosquiteras o determinar zonas donde sensibilizar con mensajes de audio que llegan a población mayoritariamente analfabeta; y del uso de la low tech –baja tecnología, manual o que se adapta a la realidad–, que es tan habitual en África, han creado el programa que recoge las entrevistas, datos e información recolectado por el equipo del Grigri. «Los africanos nacemos haciendo cosas, tenemos mucha facilidad con las manos para crear, y adaptamos la tecnología. Utilizamos mensajes de voz, porque tenemos más teléfonos que cepillos de dientes. Si implicas al móvil, movilizas al 95 % de la población», concluye Guiella.
Para la exposición y difusión del Grigri, Kadidjatou comparte el trabajo que han hecho con su compañía de teatro para analizar la memoria colectiva. «La hospitalidad interesa tanto a Europa como a África porque existe una migración y es importante que la población esté al corriente. Acoger, sentirse bien en la casa, en el barrio, en el país, sin dejar de estar atentos a lo que necesita el otro, que es demandante de asilo. En Europa se está empezando a olvidar ese trato cordial entre los humanos, hay una nueva relación con las máquinas».

Susana Moliner dirige el equipo de Grigri Pixel. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

En contacto con la gente

La memoria colectiva recogida en el Grigri Pixel ofrece trayectorias de vida de personas migrantes, gente de paso o nacida en el barrio. «Hay que estar en contacto directo con la población y cuando algo se cuestiona, sentarse alrededor de una mesa, ver cómo contribuir para remediar la situación y, si se puede, replicarla en otros barrios o regiones».
Kadidjatou explica que la compañía se convirtió en ONG para ser más efectiva en su implementación. «En Níger hay muchos ángulos en los que trabajar lo psicosocial de las personas migrantes respecto a su integración, la educación de forma artística, la inserción de jóvenes y el desarrollo de los derechos de las mujeres». También trabajan con personas migrantes que se preparan para hacer la travesía hasta Europa. «Utilizamos arteterapia, expresión corporal, danza tradicional, arte plástico…, todo lo que pueda permitirles recuperar la confianza en sí mismos», añade.

Es ejercer «el derecho a la ciudad». Por eso, en las ediciones anteriores de Grigri Pixel hicieron una romería en un barrio que está expulsando a sus vecinos, crearon un carrito con placas solares para poner música, y una cocina móvil para preparar platos de culturas diferentes. «Tomar la calle enriquece», sentencia la coordinadora del proyecto. Una lección que viene de África porque allí ya hace tiempo que confían en los espacios de creación.

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