Los mismos zapatos

Por Javier Fariñas Martín He vuelto a tierras africanas con los mismos zapatos con los que llegué hace dos años. Literalmente con los mismos zapatos. Negros, de cordones, desgastados –o casi rotos– y con más kilómetros recorridos que un satélite en el punto de apogeo respecto a su planeta de referencia –cuánto bien hacen al enriquecimiento de nuestro lenguaje la Luna con su trayectoria y nosotros, los periodistas, con nuestra insistencia–.

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Javier Fariñas Martín      Por Javier Fariñas Martín

 

He vuelto a tierras africanas con los mismos zapatos con los que llegué hace dos años. Literalmente con los mismos zapatos. Negros, de cordones, desgastados –o casi rotos– y con más kilómetros recorridos que un satélite en el punto de apogeo respecto a su planeta de referencia –cuánto bien hacen al enriquecimiento de nuestro lenguaje la Luna con su trayectoria y nosotros, los periodistas, con nuestra insistencia–.

Pero volvamos a los zapatos y, ante todo, a África. Hace 24 meses aquellos aterrizaron en Buyumbura y pasaron caminantes a territorio ruandés por un puente sobre el río Kanyaru. Ahora han aterrizado en Mozambique. En Maputo, al sur, muy al sur; y después en Nampula, al norte, muy al norte. En la terminal de este aeropuerto hay una única cinta para los equipajes. Una y pequeña, que tras un ventanuco se abre a la breve pista de despegues y aterrizajes –pocos; seguro que en un día no son más de ocho o diez los vuelos que de allí salen o allí terminan–. Y en el momento de la acción, la cinta se rompió. Ni siquiera echó a andar más allá de un espasmo.

Cuando las maletas llegaron de la bodega del aparato hasta la sala de recogida, la gente se arremolinó en un desorden controlado hasta que los bultos fueron alcanzando el perigeo de sus dueños. Mientras llegaba mi turno, esperé con mis zapatos negros, de cordones, desgastados y viajados, y una libreta que tenía todavía demasiadas páginas en blanco y muchas respuestas por anotar.

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