Los sine iure: negros y esclavos en la obra de Cervantes

Texto José Luis Cortés López
Ilustraciones Alba Gómez Cimarro

 

En el cuarto centenario de la muerte del autor de Don ­Quijote de La Mancha, sacamos a la luz a uno de los personajes más ­asiduos de toda su obra: el ­negro.

 

Hoy ya estamos habituados a convivir con gentes de otros continentes, y especialmente con africanos –negros o árabobereberes–, los más cercanos en la geografía. Después de más de siglo y medio en que su presencia fue testimonial, a pesar de las pequeñas colonias que mantuvimos, ahora nos parece su llegada un fenómeno y nuevo su interés por alcanzar nuestras costas por todos los medios. Hasta no hace mucho era pintoresco ver algún jefe saharaui con su atuendo característico en las Cortes, o a algún negro guineano en el internado de un colegio. Habíamos perdido la noción de que habían formado parte de nuestra sociedad, y que hasta su desaparición paulatina en el siglo XIX habían vivido en nuestros pueblos y ciudades.

Eso sí, con una diferencia: ahora llegan por sí mismos u obligados por causas externas. En tiempos pasados se los traía de forma violenta y se los empleaba, desprovistos de personalidad jurídica, en mejorar la vida de otros. Nos referimos a la esclavitud, una institución vigente en España y en su Imperio hasta finales del siglo XIX, y cuyo estudio se ha soslayado como una lacra de nuestra historia.

Si decimos que en España hubo esclavos mucha gente no dará crédito o pondrá objeciones; pero la realidad fue esa, y el esclavo fue un componente normal de nuestra sociedad. Era un actor legal porque la esclavitud era una institución, como la Iglesia, la nobleza o el Estado llano, con sus características.

 

Cervantes, testigo de su época

El autor de Don Quijote de La ­Mancha no es un testigo cualquiera que solo señala lo que ve desde fuera, sino que pinta una sociedad activa en la que todos sus componentes se mueven según el papel que les ha tocado vivir; por eso sus obras son un espejo en el que se refleja la vida de cada uno de ellos con tal viveza que parecen adquirir actualidad a medida en que nos adentramos en su lectura. Para el historiador es una fuente de información social, y para el escritor un maestro en describir situaciones, enmarcar caracteres y expresar sentimientos. Cada analista podrá fijar su atención en un tipo determinado y encontrará material suficiente para delimitar su personalidad; y eso nos ha pasado con la figura del negro, del que hemos sido capaces de sacar el marco en el que se desarrollaba su vida.

Cervantes vive en una sociedad esclavista, y no se cuestiona su licitud porque era un hecho admitido por la doctrina oficial, eclesiástica y política, y practicado por la sociedad civil en bloque. Es verdad que había personas que no soportaban tener esclavos, como nos cuenta Santa Teresa de su padre, “que era hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos y aun con los criados: tanto que jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque les había gran piedad”. Esta compasión le llevaba a prodigarles un exquisito trato, tal y como aparece en el primer capítulo del Libro de la Vida: “Y estando una vez en casa una esclava –de un su hermano– la regalaba como a sus hijos; decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de piedad…”.

En esta misma línea se situaba nuestro autor, que conocía de cerca las calamidades que sufrían, porque él mismo las había padecido en su cautiverio, quedando reflejadas en Los baños de Argel. Igual que al padre de la santa le producía una gran angustia el hecho de que a una persona se le hubiera desposeído de su libertad, a Cervantes esta carencia le sume en una duda profunda y no comprende cómo puede ser posible tal contradicción, y así lo refleja en El Quijote, “porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y Naturaleza hizo libres”.

Y con la anulación de la libertad se desposee a la persona de toda su capacidad jurídica, y se la reduce a una simple cosa, como ya lo había hecho el Derecho Romano; y así pasó a ser considerado el esclavo en nuestras Partidas, siempre sometido a una autoridad determinada: “Señorío es poder que ome ha en su cosa de facer de ella e en ella lo que quisiere”.

El esclavo, pues, era por definición la persona sujeta a otro no por lazos sociales, sino por una dependencia intrínseca tan absoluta que no era posible el ejercicio de ningún derecho; así nos lo resume de forma magistral nuestro escritor en El gallardo español: “Ya no es nadie el que es esclavo”.

 

 

 

 

Esclavos y cautivos

En su tiempo, la esclavitud coexistía con otra sumisión violenta que también eliminaba toda capacidad jurídica del individuo: el cautiverio; pero de él podía salirse y recobrar la libertad pagando un rescate, como le pasó a él mismo, que vivió cautivo entre 1575 y 1580 antes de ser rescatado por los Trinitarios. Sin el pago del rescate el cautivo se convertía en esclavo, y este era el temor existente en gran parte de la sociedad cristiana, sobre todo la que vivía en zonas costeras o la que practicaba actividades marinas, porque el corso y la piratería de turcos y berberiscos les llevaba a atacar embarcaciones y recorrer costas, y las presas capturadas se convertían en cautivos, aptos para la negociación de un rescate.

No era el nacimiento la única causa de esclavitud, y el miedo de verse un día reducido a tal estado por un rapto violento era motivo de desazón para quienes llevaban una vida apacible y hasta próspera, tal y como dejó escrito Cervantes en La ilustre fregona: “Toda esta dulzura que he pintado tiene un amargo acíbar que la amarga, y es no poder dormir sueño seguro sin el temor de que en un instante los trasladen de Zahara a Berbería”.

Y esta misma idea se vuelve a repetir en Los trabajos de Persiles y Segismunda, aludiendo a las vueltas que puede dar la vida: hoy se es libre y feliz y mañana uno puede encontrarse en los peores momentos de su existencia. Y, por experiencia propia, Cervantes sabe que la esclavitud puede ser el peor de todos: “Libre pensé yo que gozara de la luz del sol en esta vida; pero engañóme mi pensamiento, pues me veo a pique de ser vendida por esclava: desventura a quien ninguna otra puede compararse”.

Idéntica situación podría aplicarse a los negroafricanos, a los que particularmente dedicamos estas líneas. La mayor parte de ellos estarían en sus aldeas pasando su vida tranquilamente, hasta que se vieron arrebatados de su entorno y trasladados con violencia a los buques que los traían a España o los llevaban a América. Este comercio de esclavos estaba en pleno apogeo en tiempos de nuestro escritor: banqueros, contratistas y armadores se hacían con licencias reales para sacarlos de África, trasladarlos a distintos lugares y emplearlos en diversas tareas coloniales. En 1595 las licencias fueron sustituidas por el asiento, que era un contrato exclusivo de importación de negros en nuestras colonias por un tiempo determinado y a cambio de una cantidad de dinero.

 

De la realidad a los libros

En tiempos de El Quijote se había impuesto el segundo método, y así se reflejó en el episodio en el que a Sancho se le prometió parte del reino de Micomicón, en alguna parte de Guinea. Su tristeza por estar tan lejos y ser negros sus vasallos se cambió en alegría por el negocio que podía hacer con ellos: “¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros?, ¿habrá más que cargar con ellos y traerlos a ­España, donde los podré vender, y a donde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título, o algún oficio, con que vivir descansado todos los días de mi vida? ¡No, sino dormíos, y no tengáis ingenio ni habilidad para disponer de las cosas, y para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas! Par Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, y que, por negros que sean, los he volver blancos o amarillos… Con esto andaba tan solícito y contento, que se olvidaba la pesadumbre de caminar a pie”.

La alegría que siente por la riqueza que se le avecina guarda una pequeña sombra, y es la situación geográfica de la parte que le va a corresponder; para lo que ya tiene pensado, su lugar ideal sería al lado del mar. Por eso insta a su señor a que se case pronto con la reina Micomicona y así pueda él quedarse con el sitio apropiado: “Pero mire vuestra merced que lo escoja hacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcar mis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced no se cure de ir por agora a ver a mi señora Dulcinea, sino váyase a matar al gigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que ha de ser de mucha honra y de mucho provecho”.

 

 

 

Personalidad de los negros

En la descripción de la sociedad, Cervantes fija su atención en el mundo marginal y en él nos sitúa a los negros, precisándonos aspectos sobresalientes de sus vidas, situación en la que viven, algunos rasgos característicos de su forma de ser y también los defectos que se les achacaban, teniendo en cuenta que siempre a la parte débil e indefensa se le atribuían con vicios que estaban presentes en todas las capas sociales. Vivían en cubículos fuera de la parte ocupada por la familia, y así lo cuenta en El celoso extremeño: “Hizo una caballeriza para una mula, y encima de ella un pajar y apartamiento donde estuviese el que había de curar de ella, que fue un negro viejo y eunuco”. De otro esclavo negro nos advierte en El coloquio de los perros que “dormía en el zaguán” de la casa.

Pero más que fijarse en situaciones concretas, se hace eco del concepto negativo que mucha gente tenía de la conducta moral de los negros. En esta última obra, además de referirse uno de los perros a una negra y de las “muchas cosas que robaba”, le asegura al otro haber visto con frecuencia “la insolencia, latrocinio y deshonestidad de los negros”, porque “la negra de casa estaba enamorada de un negro, asimismo esclavo de la casa… y no se podían juntar sino de noche, y para esto había hurtado o contrahecho las llaves, y, así, las más de las noches bajaba la negra y tapándome la boca con algún pedazo de carne o queso, abría al negro, con quien se daba buen tiempo…”.

En los procesos inquisitoriales en los que hay negros implicados es bastante frecuente que se les acuse de sostener que las relaciones sexuales no son pecado, como la esclava Ana, procesada en Córdoba por “haber dicho no ser pecado ser puta pues se permitían las mancebías”, o Catalina, que al ser reprendida por su ama por andar con hombres, respondió que “no era pecado tener cuenta con un hombre que era su amigo y tenía cuenta carnal con ella”. Esta permisividad sexual parece corroborada por nuestro escritor, cuando al referirse a una fiesta improvisada en casa del celoso extremeño señala con ironía las posibles consecuencias: “No sería razón que a trueco de oír dos o tres o cuatro cantares nos pusiéramos a perder tanta virginidad como aquí se encierra, porque hasta esta negra, que se llama Guiomar, es doncella”.

Ante los delitos imputados las dos justificaciones más comunes eran que cuando dijeron o hicieron aquello fue a consecuencia de los malos tratos recibidos o que estaban borrachos. Diego, acusado de ateo, asegura ante el Tribunal de Granada que “dijo aquellas palabras con el corage que tenía de hazelle aquellos malos tratamientos cada día”. El negro Juan, testificado por haber dicho que la fornicación no era pecado, “confesó que él avía dicho las dichas palabras y que al tiempo que las dixo estava borracho”. De esta afición al vino da muestras el negro encargado de vigilar a la mujer del extremeño: “Aquí tengo un jarro que cabe un azumbre justa y cabal; este me llenan las esclavas sin que el dueño lo sepa, y el despensero, a solapo, me trae una botilla, que también caben justos dos azumbres con que se suplen las faltas del jarro”.

 

 

Formas de castigo

El trato dado a los esclavos dependía en gran manera de la catadura de los dueños. El castigo más común era el azote ­ejecutado mediante un látigo; si la falta había sido muy grave, se recurría a derramar grasa derretida sobre las heridas dejadas por aquel. Esta forma de actuar se conocía como ‘lardear’ o ‘pringar’. Este cruel castigo se aplicaba sobre todo al negro fugado, por eso Cervantes recurre a esta imagen en La Gitanilla para asegurar la firmeza de un propósito: “Y si de aquí a dos horas la conociere, que me lardeen como a negro fugitivo”.

Una de las manifestaciones de trato vejatorio era “herrar” a los esclavos, es decir, ponerles una señal en alguna parte del cuerpo que indicara pertenencia a un dueño determinado. Se practicó con asiduidad en América y menos en España. El rico extremeño, con recursos para tener un gran servicio, “compró asimismo cuatro esclavas blancas y herrólas en el rostro y otras dos negras bozales”. El adjetivo bozal se empleaba para designar a los esclavos que habían llegado hacía poco y apenas conocían nuestras costumbres. El herraje se empleó como figura literaria para expresar un amor firme y sumiso hacia otra persona; así pues, cuando Repulida, en El rufián viudo, quiere expresar su entrega total a la persona que ama, le dice: “Tuya soy: ponme un clavo y una S en estas dos mejillas”. El clavo era una ‘I’, inicial de la palabra latina iure, y la ‘S’ de sine, que unidas darían Sine Iure (sin derecho), expresando la nula capacidad jurídica del esclavo.

En no pocas ocasiones, los encontramos acusados de magos y hechiceros que proporcionan venenos y pócimas a quien se las pide. A una esclava de Escobedo, el secretario de Juan de Austria, la ahorcaron acusándola de haberle intentado envenenar. En otros momentos se recurría a sus hechizos con otros propósitos, como el que nos refiere Cervantes –en Los trabajos de Persiles y ­Segismunda– sobre una medicina preparada para desvelar un secreto: “Apenas se puso una cuando perdió los sentidos y estuvo dos días como muerto, puesto que luego se la quitaron, imaginando que una esclava de Lorena, que estaba en opinión de maga, la habría hechizado…”.

 

 

Los africanos y la música

La proverbial habilidad para la música y el gusto por ella de los africanos eran conocidos en los tiempos cervantinos, y muchos nobles tenían sus pequeñas charangas formadas por negros. Uno de los personajes de El celoso ­extremeño destaca esta buena disposición: “Enseño a tañer a algunos morenos y a otra gente pobre, y ya tengo tres negros, esclavos de tres veinticuatros, a quien he enseñado de modo que pueden cantar y tañer en cualquier baile y en cualquier taberna, y me lo han pagado muy rebién”. Este maestro no era otro que quien quería, a toda costa, conocer a la mujer misteriosa y trataba de ganarse la confianza de su vigilante cantando: “Y Luis, el negro, poniendo los oídos por entre las puertas, estaba colgado de la música del virote, y diera un brazo por poder abrir la puerta y escucharle más a placer: tal es la inclinación que los negros tienen a ser músicos”.

El negro había sido uno de los personajes sobresalientes en el escenario de nuestro Teatro Breve de los siglos XV y XVI, y seguirá apareciendo con mucha frecuencia en las obras de los grandes autores del Siglo de Oro. Su función era causar distensión e hilaridad por su aspecto externo y, sobre todo, por su forma de hablar. Incluso el culto, ordenado y serio Calderón de la Barca no dudó en utilizar este recurso; por ejemplo, en La Sibila de Oriente, donde actúan varios negros, entre ellos Mandinga, el ‘gracioso’ que habla así: “Paleze se za dolmiro / al zon de lo ezturumento / y el zol, el agua y el viento / no ze atleven a hasel ruido…”. Cervantes no pone en boca de sus negros esta peculiar prosodia y sintaxis, pero sí resalta la gracia que hacía su forma de expresarse, como se lee en El celoso extremeño: “Pero lo que más risa causara a quien entonces las oyera, eran las razones de Guiomar la negra, que por ser portuguesa y no muy latina, era extraña la gracia con la que vituperaba”.

 

Los oficios de los negros

Ordinariamente se empleaba a los esclavos en el servicio doméstico y en trabajos manuales de todo tipo, dependiendo de la profesión del dueño. Pocos adquirieron una formación intelectual adecuada, y el caso del negro Juan Latino, que fue catedrático de Gramática y Latín en la Universidad de Granada, es una excepción. Es más, se les prohibía el ejercicio de ciertos trabajos, como el de escribano, realidad que se recoge en El licenciado Vidriera: “los escribanos han de ser libres, y no esclavos, ni hijos de esclavo”. Pero para ser libre había que contar con la voluntad del amo que, salvo raras excepciones, era el único que podía sacarle de la servidumbre.

Y en este punto Cervantes se muestra contundente denunciando a quienes por comodidad y ahorro liberan a sus esclavos cuando –por su incapacidad o vejez– se ven imposibilitados de cumplir con el trabajo encomendado. Refiriéndose al licenciamiento de los soldados viejos hace esta dura reflexión en su obra cumbre: “No es bien que se haga con ellos (los soldados) lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y echándolos de casa con título de libres, los hacen esclavos de el hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte”.