Mauricio, la isla criolla

Bailarina Mauricio
12/03/2018
Descendientes de los esclavos ponen en valor su legado.

 

Por Jordi Canal-Soler

 

Un paraíso llamado Mauricio esconde un pasado de esclavitud, trabajos forzados y opresión. Pero también la aparición del pueblo criollo que ha dejado un acervo cultural que intentan perpetuar.

Desde lo alto de la montaña Le Morne Brabant, en la punta suroeste de Mauricio, tengo una magnífica perspectiva de la isla. El agua del océano Índico, cálida, tranquila y de un azul celeste, baña las dos caras de la estrecha península y bordea la costa hasta perderse en el horizonte nororiental. Las montañas del Parque Nacional de las Gorges de Rivière Noire, puntiagudas y forradas de vegetación, se pierden entre las nubes. Es una de las panorámicas más bonitas de esta isla africana, y al contemplarla pienso en la descripción que de ella hizo Mark Twain: «Primero se hizo Mauricio, y después el cielo; y el cielo se copió de Mauricio». Contemplada desde aquí, parece el paraíso. Y, sin embargo, desde la cumbre, a 556 metros de altura, me doy cuenta de que en realidad fue el infierno para muchos…

Isla Mauricio fue descubierta por los árabes en el siglo X y los portugueses la visitaron en 1507, pero hasta la llegada de los holandeses en 1598 nadie se había establecido en ella. Los primeros habitantes se encontraron con una isla repleta de especies de animales y plantas endémicas que habían evolucionado hasta ser únicas en la isla.

Muchas de ellas desaparecieron a los pocos años de la llegada de los primeros humanos: un par de tortugas terrestres, el famoso dodo y otros pájaros. Los holandeses encontraron 12 variedades de madera de ébano, que empezaron a exportar. Una vez desbrozados los bosques, empezaron a cultivar la tierra.

Con la llegada de los franceses, a partir de 1715, la isla cambiaría de aspecto. La llamaron Île de France, y la convirtieron en un cultivo extensivo de caña de azúcar que rivalizó con las colonias del Caribe. Para trabajar en los campos hacía falta mano de obra, y la importaron a la fuerza: trajeron a Port Louis, la capital, esclavos de Madagascar, Mozambique y el oeste de África. Algunos esclavos no llegaron a su destino. Uno de los naufragios más conocidos, ocurridos en la peligrosa costa norte, fue el del barco Saint-Géran en 1744, en el que murió casi todo el pasaje, cerca de 200 personas. Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre utilizaría el accidente como eje fundamental de su famosa novela Paul et Virginie de 1788, pero nunca mencionó que, encadenados en su bodega, perecieron también 20 hombres y 10 mujeres esclavos embarcados en la isla de Gorée, frente a Dakar. Como ellos, muchos otros esclavos perecieron en el transporte o por las duras condiciones de su trabajo. Solo con la llegada de los ingleses a Mauricio, a partir de 1810, se empezó a hablar de la abolición de la esclavitud.

 

Le Morne Brabant.

Le Morne Brabant. Fotografía: Jordi Canal-Soler

El refugio de las montañas

Pero mientras esta no llegaba, algunos esclavos se fugaron y se escondieron en bosques y montañas. La cima de Le Morne Brabant, que se extiende frente a mí como un altiplano, está llena de restos de chozas y herramientas utilizadas por esos fugitivos que se refugiaron en lo alto de la montaña de paredes escarpadas. Es por ello que el paisaje cultural de Le Morne fue inscrito en el año 2011 en la lista de la UNESCO del Patrimonio de la Humanidad, como testigo de esa época inhumana.

Para los mauricianos, Le Morne Brabant es un símbolo de la lucha de los esclavos por la libertad y un recordatorio constante de su sufrimiento y sacrificio, y especialmente por el recuerdo de su última tragedia: el 1 de febrero de 1835 un escuadrón de la policía de Port Louis se dirigió a la montaña para notificar a sus habitantes que se acababa de abolir la esclavitud. En vez de alegrarse, los fugitivos, pensando que les venían a capturar, decidieron saltar al vacío y «prefirieron el beso de la muerte antes que las cadenas de la esclavitud», como reza un poema de Richard Sedley Assonne, uno de los principales poetas contemporáneos de Mauricio.

La cruz de metal que corona Le Morne Brabant parece velar sobre el lugar de la tragedia. Llego ahí acompañado de Zachary Herbst, un joven guía de una de las dos únicas compañías que tienen la llave de la verja que protege el lugar, de acceso limitado. Zachary es un chico flaco de padre sudafricano y madre francesa que pertenece a la minoría blanca de la isla, apenas un tres por ciento. Pero se siente tan mauriciano como el más oscuro de sus habitantes. De hecho, en Mauricio la sociedad es multiétnica, y si alguna comunidad prevalece es la india (por la inmigración de mano de obra barata durante la época británica), y es el único país africano con mayoría de religión hindú (un 52 por ciento).

 

Maista

Maista, participante en el último Festival International Kreole. Fotografía: Jordi Canal-Soler

Nace una lengua

Llega otro grupo de excursionistas conducido por un guía negro conocido de Zachary. Se saludan y empiezan a hablar. No en francés ni en inglés, las dos lenguas oficiales de Mauricio, sino en criollo, un idioma de base francesa con palabras tomadas del inglés y de varias lenguas africanas y asiáticas. El kreol ­morisien se forjó en los campos de trabajo, como una lengua franca para que el amo y sus esclavos de múltiples orígenes se pudieran entender. Y los descendientes de esos esclavos, lejos de abandonar la lengua que recuerda sus orígenes encadenados, la usan como lengua madre. Y no solo los descendientes de esclavos, sino todas las etnias de la isla. Incluso los descendientes de indios y pakistaníes han tomado el criollo como su lengua materna.

La preponderancia criolla –una lengua todavía no oficial en un país en el que el inglés y el francés son las lenguas de la Administración– hizo surgir la idea del Festival ­International Kreole, que celebró su última edición en noviembre del año pasado con el lema «Kreolité, linité» (Mundo criollo, unidad). Su objetivo es dar a conocer al mundo la identidad cultural de un pueblo unido en el que los criollos no solo se identifican con los descendientes de los esclavos, sino con todos los que viven en Mauricio. Durante 10 días se organizan conciertos, bailes o soirées de poesía en lengua criolla.

En el bullicioso Mercado Central de Port Louis asisto incluso a un pase de moda africana dedicada al mundo criollo. Jóvenes estudiantes del Fashion & Design Institute ejercen de modelos para mostrar sus diseños en una pasarela instalada en una calle flanqueada de tiendas. Los vendedores y compradores del mercado miran fascinados el ir y venir de las guapas muchachas con vestidos inspirados en las telas africanas del continente, recordando el origen ancestral de sus antepasados. Caminan al ritmo de la música sega, el latido de la isla. Suena una canción que habla de los antiguos esclavos, Reve Nou Ancêtre, del grupo Cassiya, y las chicas contornean el cuerpo hasta el final de la pasarela, sonríen a los asistentes, dan la vuelta y se pierden otra vez tras la carpa en la que se cambian. Después hay parlamentos del alcalde, el ministro de Turismo y Mama Creole, la matrona de la asociación de vendedoras del mercado. «No importa el color de nuestra piel», dice esta última en un discurso emocionado, «ni tampoco importa nuestra religión; todos somos distintos pero todos somos iguales, ¡nou tou nou morisien!, todos somos de Mauricio!».

Al cabo de dos días, me encuentro tras el escenario de uno de los cuatro conciertos que se realizan en toda la isla y que tienen al criollo como nexo común: todos los grupos cantan en esta lengua. El Sware Konser de Flacq es de los más concurridos, con algunas de las estrellas actuales de Mauricio. Empieza a llover. El público no se inmuta, y escucha con deleite la primera actuación, de ­Maïsta, un joven con rastas que electriza al público con sus saltos en el escenario y su energía frenética. Llueve más fuerte aún. Los más preparados sacan los paraguas, pero casi no sirven contra el aguacero. Entra el grupo The Prophecy, que combina los instrumentos modernos con el ritmo del sega, el baile tradicional de la isla. Uno tras otro, los artistas tocan, cantan y bailan en el escenario protegido mientras el público aguanta estoico la lluvia. Y cuando salen ­Gerard Louis y Sandra Mayotte al escenario, la gente corea sus canciones en criollo. Son los más conocidos de los cantantes, con dos décadas de arte a sus espaldas. Cantan Mamzel Paula, una de sus canciones más famosas. Les siguen otros artistas, algunos negros, pero otros también de origen indio: Yohan Catherine, ­Yencanawa Crew, Vishnu ­Carombayenin y Ludovic ­Lamarque se suceden con sus estilos, ritmos y melodías diferentes. Pero todos tienen algo en común: cantan en criollo. La lengua de los esclavos, usada desde el inicio con la música, se consolida en la actualidad a través de las estrellas del rock y el folk de Mauricio: indios, europeos y africanos corean a los cantantes mientras cantan en criollo.

 

Sandra Mayotte

Sandra Mayotte, participante en el último Festival International Kreole. Fotografía: Jordi Canal-Soler

 

De vuelta a Morne Brabant

Durante mi última noche en la isla vuelvo a Le Morne Brabant. A los pies del monolito de piedra de la montaña, el pueblo de Le Morne es un conjunto de cuatro casas frente a una larga playa. Aquí venían los esclavos a divertirse después del trabajo del campo, lejos de las miradas de sus amos y preparados para eliminar sus penas a través de la música y el baile. La tradicional sega sigue celebrándose así, en las playas, con una gran hoguera que ilumina el escenario y donde los músicos calientan la piel de sus tambores ravanes. Otros músicos esperan al lado con unas maracas rectangulares hechas con caña de azúcar, llamadas kayamb, a la vez que los muchachos menos expertos sostienen indecisos un triángulo de metal. Todos van vestidos de blanco, con las telas que llevaban también los esclavos. Las muchachas, de pies descalzos, llevan un vestido largo de falda blanca, enaguas y un pañuelo en la cabeza. Así trabajaban en las plantaciones de caña de azúcar, y así bailaban también al ritmo de las canciones que hablan del amor y de las dificultades de la vida. Así sigue siendo el baile sega tipik, que desde 2014 está inscrito en el Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO como una de las expresiones más genuinas del mundo criollo. Dicen que la danza es una mezcla de estilos y ritmos de Mozambique y Francia, fusionando las dos principales culturas que iniciaron el mundo criollo.

 

Grupo de mauricianas baila

Un grupo de mauricianas baila sega en la playa cerca de Le Morne Brabant. Fotografía: Jordi Canal-Soler

 

Un modelo de convivencia

Veo a varios grupos danzar junto a la playa. Los componentes varían, pero el ritmo, cada vez más acelerado, es el mismo. La danza sega es típicamente criolla, bailada por los esclavos africanos, pero veo blancos e indios bailando en el escenario y entre el público, disfrutando de la fiesta. Quizá esto es por lo que dicen que el sega tipik une, que trasciende las barreras culturales y sociales y que convierte a todos sus seguidores en hermanos. Como principal elemento reconocido de Mauricio, la danza sega y la lengua de los esclavos han permitido lo que muchas otras naciones pluriculturales ansían: la unificación de todas las procedencias en una sola cultura, la criolla. Y en Mauricio es cierto. Todos bajo una misma bandera. Todos morisien.

El espectáculo debería terminar a las 12 de la noche, pero la luna ya está alta cuando llega esa hora y aún suenan los ritmos del sega en la playa. En la noche oscura no importa el color de la piel o el origen étnico: todo el mundo baila apasionado en la arena siguiendo la letra del solista y las palabras en criollo se levantan en el aire espeso y cálido del trópico hacia la cima de Le Morne Brabant. Poco debieron imaginarse los esclavos que habitaron ese refugio en el siglo XIX que algún día Mauricio llegaría a ser, como es hoy, un modelo de convivencia étnica y religiosa de la que el mundo debería tomar ejemplo.

 


 

50 aniversario de la independencia de Mauricio

El 12 de marzo de 1968, hace ahora 50 años, la isla de Mauricio se independizaba formalmen­te de Reino Unido. Fue una decisión pactada entre el Gobierno británico, que reconocía que necesitaba liberarse de algunas colonias ya en los años 50, y el movimiento independentista liderado por ­Seewoosagur ­Ramgoolam, el padre de la nación, que pasó a ser el primer ministro del nuevo país después de haberlo sido de la colonia durante los últimos siete años. La reina Isabel II, como líder de la ­Commonwealth (a la que pertenece Mauricio), siguió siendo su jefa de Estado como reina de Mauricio hasta 1992, cuando el país se convirtió en una república. Desde entonces, el país ha sido gobernado por seis presidentes, la última de las cuales es ­Ameenah ­Gurib-Fakim, una doctora en Bioquímica que ha estudiado en profundidad la biodiversidad botánica de la isla. Desde 2015 ocupa el cargo, siendo la primera mujer electa como presidenta en el país. Mauricio ha tenido desde su independencia cinco primeros ministros, el último de los cuales es Pravind Jugnauth, en el Gobierno desde 2017. De 2003 a 2005 lo fue Paul ­Bérenger, el único blanco elegido en un país africano desde la independencia de las colonias.

 

Independencia Mauricio

Fotografía: Archivo Mundo Negro

 

No se puede decir que le haya ido mal desde entonces a Mauricio. Con una industria basada sobre todo en la caña de azúcar y en el turismo, a pesar de su limitada superficie (solo un poco más de 2.000 kilómetros cuadrados), ocupa el puesto número 56 en el mundo en PIB por cápita, por delante de países mucho más grandes como Argentina, México o incluso China.

Queda mucho por hacer todavía, especialmente en el empleo de los jóvenes, que a pesar de poder acceder a la universidad de forma gratuita (como toda la educación), ven que difícilmente podrán trabajar en la isla en aquello en lo que se han formado y se ven forzados a emigrar.