Menores y violencia armada

Por: Chema Caballero - 04/09/2017
No cabe duda das décadas, diversos informes de Naciones Unidas, especialmente desde el Examen estratégico 10 años después del informe Machel. La infancia y los conflictos en un mundo en transformación, de 2009, ponen de manifiesto que el carácter y la táctica de los conflictos armados está cambiando. Realidad que crea nuevas amenazas para los más pequeños.

Los niños se han vuelto más vulnerables debido a las nuevas tácticas de guerra, la ausencia de campos de batalla claros, el aumento y la diversidad de las partes en conflicto que se suman a la complejidad de estos y el ataque deliberado de refugios tradicionales como escuelas u hospitales. Por otra parte, el uso creciente de las actividades terroristas y la lucha contra el terrorismo muchas veces desdibuja la línea entre lo que es legítimo y lo que no lo es para hacer frente a las amenazas contra la seguridad. De ahí fenómenos como el encarcelamiento de menores por el mero hecho de ser sospechosos de sentir simpatía por un determinado grupo armado, o los niños y niñas utilizados como elementos de violencia. Lo vemos en dos casos concretos que están sucediendo en la actualidad y que muestran la impotencia de las organizaciones internacionales, a pesar de su buena voluntad, para revertir la situación.

 

Menores soldados en la República Centroafricana

Miles de niñas y niños son utilizados como soldados por los distintos grupos que luchan en la República Centroafricana pese a que en 2015 sus líderes se comprometieron a no hacerlo y liberar a los que ya se encontraban en sus filas, denunciaba a mediados de agosto Donaig Le Du, jefa de Comunicación de UNICEF en el país.

La agencia de Naciones Unidas señala que en los últimos años se había conseguido reducir el número de menores en manos de los combatientes. Desde 2013, cuando se estaba en el punto álgido del reclutamiento, UNICEF comenzó a aplicar programas para liberar a los menores y reintegrarlos en la sociedad, y consiguió que más de 10.000 abandonasen los grupos armados. Pero en los últimos meses, con los nuevos episodios de violencia que se viven en el país, el reclutamiento de niños y niñas vive un fuerte incremento. Todavía no se conoce con exactitud el número de los menores en manos de los grupos combatientes, “pero son unos pocos de miles”, afirmó Le Du.

La República Centroafricana vive un proceso muy complicado desde que en 2013 los rebeldes de la Seleka derrocaran al presidente François Bozizé, desatando una ola de violencia que obligó a las milicias locales, conocidas como anti-Balaka, a organizarse para defenderse. Desde entonces la guerra ha causado miles de muertos y ha obligado a más de un millón de personas a abandonar sus hogares.

Como señalábamos no hace mucho en estas páginas, en los últimos meses la violencia en la República Centroafricana ha experimentado un incremento dramático. Los grupos armados operan fuera de la capital Bangui, donde existe una calma relativa y la vida, poco a poco, vuelve a la normalidad, como ocurre en el sudoeste. La mayoría de los problemas se producen en el sureste, junto a la frontera con la República Democrática de Congo, el centro y el noroeste del país. Es en estas zonas donde se produce el reclutamiento de los menores por parte de los distintos grupos armados.

Los enfrentamientos raramente se dan entre los 15 grupos armados que existen en el país. Estos atacan principalmente a la población civil y cometen graves violaciones de derechos humanos y abusos contra ella, uno de los cuales es, precisamente, el reclutamiento de niños para ser utilizados como soldados. Todo ello con el objetivo de conseguir posicionarse para controlar los recursos naturales del país.

En los últimos meses, las escuelas se han convertido en uno de los objetivos de las distintas facciones armadas. Estas son atacadas y saqueadas con el objetivo de llevarse el mayor número posible de niños, de ahí que profesores y alumnos desistan de acudir a ellas.

UNICEF está realizando un gran esfuerzo para poner fin a este drama, pero los grupos armados no son capaces de mantener los acuerdos firmados.

 

Niños suicidas en el norte de Nigeria

Desde enero en el norte de Nigeria ha habido al menos 83 atentados suicidas ejecutados por niños, cuatro veces más que el año pasado, como informa también UNICEF. Esto es consecuencia directa del recrudecimiento de la guerra contra los civiles que el grupo terrorista Boko Haram lleva a cabo en el noreste del país. Este hecho desmiente las informaciones del Ejército nigeriano que afirman que los yihadistas pierden fuerza y están a punto de ser derrotados.

Los civiles, las principales víctimas de los terroristas, tienen miedo, sobre todo en las áreas rurales. Se han creado grupos de vigilancia contra los ataques suicidas. Así, por ejemplo, en las mezquitas de Maiduguri, la principal ciudad de la zona, se reza por turnos: mientras unos oran, los otros vigilan.

Como respuesta al aumento en el número de ataques, el presidente en funciones, Yemi Osingajo, ordenó  en julio el traslado de todos los jefes militares a Maiduguri. Esta acción hasta el momento no parece haber servido de mucho.

Otra de las consecuencias de esta situación de inseguridad es la falta de alimentos en varias zonas de la región. De ahí que Boko Haram haya aumentado el saqueo de alimentos en sus ataques a las comunidades.

El Ejército, por su parte, es acusado de amenazar a los civiles para que no abandonen sus comunidades para mudarse a los campos de desplazados, donde a pesar de la escasez de servicios parecen sentirse más seguros. Pero los que se quedan atrás no solo corren el riesgo de ser atacados por Boko Haram, sino que igualmente se enfrentan a la confiscación de sus bienes y al encarcelamiento acusados por los militares de ser simpatizantes de los terroristas.

Los últimos informes sobre las actividades del grupo en torno al lago Chad indican que este ha entrado en el comercio tradicional de pescado y guindillas. Esto no solo les ayuda a financiarse, sino que hace más difícil la identificación de los combatientes al estar mezclados con los comerciantes.

Ante todo esto, el Ejército nigeriano ofrece una imagen de impotencia al no ser capaz de neutralizar a los yihadistas. Tal es la frustración de los militares que han llegado a acusar a los padres de “regalar” o “donar” sus hijas a Boko Haram para ser utilizadas como terroristas suicidas. Igualmente, se ha acusado a las agencias humanitarias y a sus trabajadores de proveer comida, combustible y medicinas al grupo armado. Esto no dejan de ser excusas tras las cuales el Ejército quiere tapar su ineficacia. En medio del cruce de acusaciones, los menores siguen sufriendo las consecuencias de la guerra.

Estos dos ejemplos ponen de manifiesto que no basta la buena voluntad de las agencias humanitarias y de los organismos internacionales para terminar con el uso de los niños y niñas como herramientas de violencia. Haría falta implementar medidas fuertes que realmente convenzan a los terroristas de dejar usar a los menores y para ello hace falta coraje e inventiva, que por el momento no parece existir.

 

Imagen: 123RF