Motos

Por: Chema Caballero - 13/03/2019

No se entienden las Áfricas de hoy sin las motos. Están por todas partes. Invaden carreteras, caminos y calles de ciudades, pueblos y aldeas. Son la penúltima revolución que sufrió el continente antes de que Internet llegase a todos sus rincones.

Okada, boda-boda, mototaxi… son algunos de los nombres con los que se las conoce. Gracias a ellas, las zonas más remotas están conectadas con las urbes. Todo el mundo puede viajar y las mercancías llegan a cualquier punto del país. En algunos lugares como Uganda o Kenia, existen aplicaciones para móviles que facilitan el acceso a los servicios profesionales de mototaxis, incrementan la seguridad del viajero y evitan fraudes.

Sacos de cereales o verduras, en equilibrio sobre el asiento, llegan a los mercados desde las aldeas. Lo que antes parecía imposible o requería de días de camino, ahora demanda pocas horas. Las motos cruzan fronteras en busca de bienes de consumo, de alimentos, o van cargadas de bidones de plástico amarillo, de combustible. Personas que normalmente caminaban para llegar a las ciudades y acceder a los servicios de la administración, ahora viajan cómodamente. Enfermos o mujeres a punto de dar a luz son transportados hasta el centro de salud más cercano. Cualquier ciudadano se desplaza por las ciudades de forma más rápida, porque las mototaxis sortean los enormes atascos de tráfico, que caracterizan a muchas de ellas, con más facilidad. Padres que por la mañana llevan a sus hijos –hasta cuatro y cinco sentados sobre el sillín y el depósito de combustible, muy apretados, con sus uniformes y mochilas– al colegio. Mujeres que van a vender o comprar al mercado, con grandes cestos sobre la cabeza y el último vástago, que duerme felizmente, atado a la espalda.

Las motos se aprovechan al máximo: tres y cuatro personas, pilas de mercancías, cabras, ovejas, gallinas… Muchos jóvenes sobreviven como chóferes; un trabajo informal más, como el que tantos de sus coetáneos realizan por falta de mejores ofertas laborales.

La ruptura de fronteras entre zonas rurales y urbanas provocada por las motos, entre los lugares de producción y los mercados, beneficia directamente a las economías locales, ya que facilita el intercambio de bienes y mercancías. Los agricultores venden sus productos y las pequeñas tiendas de las poblaciones más remotas se llenan de artículos que, gracias al flujo de dinero, pueden ser consumidos.

China e India tienen mucho que ver con su profusión. La inmensa mayoría de las que circulan por las carreteras africanas tienen esas nacionalidades. Se sabe que los productos de esos países son mucho más económicos que los occidentales y, por tanto, más asequibles al bolsillo de los consumidores. La leyenda dice que siempre son más baratas en el país vecino. Por eso, en Camerún se va a Nigeria a comprarlas; desde Chad se pasa a Camerún, los sierraleoneses van a Guinea. Y los guineanos, a Senegal. Así por todas partes, en busca de una ganga que exhibir, sin quitarle los plásticos del envoltorio durante meses para que todo el mundo vea que es nueva.