¿Qué haríamos si fueran nuestros?

Por Julián del Olmo

 

África ha dejado de ser el ‘continente olvidado’ para convertirse en el ‘continente codiciado’. Su riqueza natural es objeto de deseo para muchos países –entre ellos China, Estados Unidos, Rusia, Francia o Reino Unido– y para empresas multinacionales que han encontrado en las élites políticas de muchos países africanos aliados para llevar a cabo su estrategia de conquista y enriquecimiento. Se ha dicho que ‘África está en venta’ y no le faltan compradores. Los grandes inversores andan a la caza y captura de tierras y materias primas porque África no es tan pobre como la pintan. Los pobres –los empobrecidos– son los africanos. Seis de los diez países más pobres del mundo son africanos: República Democrática de Congo, Zimbabue, Burundi, Liberia, Eritrea y Níger. Claris Madhuku, director de la Plataforma para el Desarrollo de la Juventud de Zimbabue ha dado la voz de alarma: “Nuestros antepasado protestaron cuando los colonos europeos se apoderaron de sus tierras hace más de un siglo, pero hoy la historia se repite ya que nuestros propios líderes políticos y compatriotas ricos están saqueando nuestra tierra”. Para rematar la faena, de vez en cuando se les monta una guerra para que no levanten cabeza y ‘a río revuelto ganancia de pescadores’.

En una de las guerras de Liberia me decía el arzobispo de Monrovia: “Cuente en su país que nosotros no fabricamos armas, son ustedes, Europa y Estados Unidos, quienes las fabrican para que nosotros nos matemos con ellas”. En África hay varias guerras activadas –algunas tan crueles como otras mucho más televisadas, como las de Siria o Irak–, con decenas de muertos todos los días y un interminable éxodo de desplazados y refugiados.

No hay que olvidar tampoco que la pobreza extrema también mata y obliga a salir de sus países a miles de personas para no morir de hambre. Según la FAO, en África subsahariana el 25 por ciento de la población padece desnutrición. La guerra, la persecución, los desastres naturales, el hambre y la corrupción están en el origen de la emigración y del refugio.

El Papa Francisco, en su mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y Refugiado de 2017 que lleva por lema “Emigrantes menores de edad, vulnerables y sin voz”, remarca que “los niños constituyen el grupo más vulnerable entre los emigrantes porque, mientras se asoman a la vida, son invisibles y no tienen voz: la precariedad los priva de documentos ocultándolos a los ojos del mundo; la ausencia de adultos que los acompañen impide que su voz se alce y sea escuchada. De este modo, los niños emigrantes y refugiados, sin protección y defensa, terminan con frecuencia en la calle, abandonados por todos y víctimas de explotadores sin escrúpulos que los transforman en objeto de violencia física, moral y sexual”.

Llama la atención el gran número de niños y niñas que se embarcan solos en pateras y lanchas neumáticas, o se quedan solos en el trayecto porque sus padres mueren ahogados. Las organizaciones humanitarias informan de la gran cantidad de niños y niñas sin familia que están solos en los campos de desplazados y refugiados, convirtiéndose en presa fácil para los traficantes de personas. El Papa Francisco denuncia que “el impulso más fuerte hacia la explotación y el abuso de los niños se debe a la demanda. Si no se encuentra el modo de intervenir con mayor rigor y eficacia ante los explotadores, no se podrán detener las numerosas formas de esclavitud de las que son víctimas los menores de edad”.

En África cuando un niño se queda huérfano siempre hay una familia cercana que le acoge. A nivel humano, la familia es una de las mayores riquezas de África. Son familias pobres pero acogedoras. Los países europeos tenemos leyes, justas y necesarias, que protegen a nuestros menores pero, en cambio, no damos la misma protección a los menores que llegan ‘de fuera’… Para empezar, cerramos las fronteras para que no pasen, para que no lleguen: ni solos ni acompañados.

Me resulta incomprensible que haya Gobiernos que se atrevan a devolver a sus países de origen a menores que, arriesgando sus vidas, consiguieron llegar a Europa solo –y mucha veces solos– para sobrevivir. Devolverlos es servírselos en bandeja a las mafias. Por eso me pregunto qué haríamos si esos niños fueran nuestros niños.