Robert Mugabe, héroe y villano

21/11/2017

Por Gerardo González Calvo

Robert Mugabe, de 93 años y presidente de Zimbabue desde 1980, se resiste a dimitir después de una revuelta militar que no se ha querido calificar de golpe de Estado, entre otras razones porque sería inmediatamente desautorizado por la Unión Africana. Por eso, el dirigente del golpe, el general y jefe de las Fuerzas Armadas Constantino Chiwenga, no depuso a Mugabe y le invitó a dimitir.

De todos modos, el extraño pronunciamiento militar ha zanjado los planes de Mugabe de presentarse el próximo año a las elecciones presidenciales y dejar expedito el camino para sucederle a su propia esposa Grace Marufu, de 52 años, la persona más ambiciosa y odiada del país. Grace era la presidenta de la Liga de Mujeres del partido gobernante y la líder del llamado G40, un grupo de jóvenes políticos afines en abierta rivalidad con los Veteranos de Guerra y con su jefe Emmerson Mnangagwa, que se perfila como el sucesor de Mugabe. El propio partido gobernante, la Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico, destituyó a Robert Mugabe el pasado 19 de noviembre y eligió sucesor a Mnangagwa, que fue desde 2014 hasta el pasado 6 de noviembre vicepresidente del país, cuando fue destituido por Mugabe después de acusarle de “deslealtad, engaño y falta de fiabilidad”. En esta destitución se vio la larga mano de Grace.

Robert Mugabe, líder indiscutible del país durante 37 años, ha llevado el país a la ruina. Zimbabue ha ostentado el mayor récord de inflación del mundo, lo que obligó a acuñar billetes de 100 billones de dólares zimbabuenses. El dólar zimbabuense llegó a valer 1,59 dólares americanos. Cuando visité Zimbabue en 1990 la cotización era de tres dólares zimbabuenses por 1 dólar americano. Zimbabue era entonces un gran productor y exportador de maíz, tabaco y excelente carne de vacuno. Comprobé asombrado en una explanada de Gokwe decenas de miles de toneladas de maíz apiladas para la exportación.

La debacle económica sobrevino después de la expropiación de granjas a los blancos a principios del año 2000, para repartirlas a los militares y paramilitares. El país tuvo que importar alimentos. Otro factor del desastre económico fue la participación del Ejército de Zimbabue en la llamada segunda guerra de Congo (1998-2003) para apoyar al presidente congoleño Lauren-Desiré Kabila. Hubo 10.000 soldados zimbabuenses al mando del general Vitalis Zvinavshe. Este general se convirtió en uno de los mayores accionistas de la empresa Zvinavshe Transport, encargada de transportar el material bélico comprado por Kabila a la Zimbabue Defense Industries por valor de 50 millones de dólares.

Como los negocios nunca van solos, el industrial zimbabuense Billy Rautenbach fue nombrado el 8 de noviembre de 1998 director de Gecamines, la compañía que explota las minas de cobre, de cobalto y de zinc de Congo con sede en Katanga. Rautenbach era el director de la compañía zimbabuense Ridgepointe, que ponía el capital y los medios técnicos para incrementar la producción de las minas de cobre. Tanto Mugabe como la cúpula militar se enriquecieron a costa de los congoleños.

Kabila fue asesinado el l6 de enero de 2001. Me comentó en marzo de 2008 un profesor congoleño que Kabila fue inmediatamente trasladado a Harare con el pretexto de que estaba gravemente herido. Quienes sabían que había fallecido en el acto le comentaron que el gobierno pretendió “enfriar” la tensión en un país en guerra. Sin embargo, lo único que importaba del cuerpo de Kabila era un dedo con cuya huella digital se podía abrir la caja fuerte que tenía en la capital de Zimbabue, bajo la protección no desinteresada de Mugabe. Probablemente, en un país occidental se hubiera cortado el dedo del cadáver, pero en África es peor que un crimen.

A pesar de estos desastres, Robert Mugabe consiguió mantener más que la admiración la devoción de la mayoría de los ciudadanos En el verano de 1990, vi en la televisión de Harare la vuelta de Mugabe de una visita al extranjero. En el aeropuerto le estaba esperando el gobierno en pleno. Mientras descendía por la escalerilla del avión, todos se arrodillaron, dieron unas palmadas en señal de respeto e inclinaron la cabeza, como si llegara el mismísimo Redentor.

Robert Mugabe alentó la leyenda de ser el gran líder de la lucha contra el régimen racista de Ian Smith, que había proclamado la declaración unilateral de independencia de Rhodesia el 11 de noviembre de 1965. Hubo otros tres grandes dirigentes políticos que lo combatieron: Joshua Nkomo, el obispo anglicano Abel Muzorewa y el Rvdo. Ndabaningi Sithole. Nkomo fue el fundador de la ZAPU (Unión Popular Africana de Zimbabue), Muzorewa de la UANC (Consejo Nacional Africano Unido) y Sithole junto con Mugabe de la ZANU (Unión Nacional Africana de Zimbabue). Mugabe expulsó a Sithole de la ZANU y se convirtió en el único líder de este movimiento. Creó el ZANLA (Ejército de Liberación Nacional Africana de Zimbabue), que llevó a cabo actividades guerrilleras en el país con el apoyo militar de China y Corea del Norte.

Al proclamarse la independencia de Rhodesia con el nombre de Zimbabue, el 18 de abril de 1980, Canaan S. Banana fue elegido presidente y Robert Mugabe primer ministro. Zimbabue adoptó este nombre en honor al Gran Zimbabue, que fue el centro de una poderosa civilización bajo el imperio Monomotapa, entre los siglos XV y XVII.

En 1987 Mugabe reformó la Constitución y creó una República presidencialista, de la que fue nombrado presidente. Entre 1983 y 1987 se produjo, con el apoyo de una brigada de milicianos norcoreanos, una matanza de ndebeles, la etnia de Nkomo, en la región de Matabeleland; hubo al menos 20.000 muertos.

No se puede negar a Robert Mugabe su lucha contra el racismo rhodesiano, que le costó diez años de cárcel, ni su habilidad política; pero ha gobernado el país de un modo arbitrario y despótico. Además de su ambición desmedida, promovió el aniquilamiento de toda disidencia dentro y fuera de su partido. Su mayor fracaso ha sido hundir a un próspero país en la miseria, mientras él acumulaba una gran fortuna personal.