Traficar con emigrantes

Por Gerardo González Calvo
Las cifras son escalofriantes: en los últimos quince años más de 23.000 personas han muerto en su intento de llegar a Europa, en su mayoría desde las costas africanas. Lo han conseguido un millón doscientas mil personas. Hay otro dato estremecedor: en los últimos cinco años solo en la ruta del Mediterráneo hacia las costas españolas, los emigrantes han pagado 1.200 millones de euros; se calcula que desde el año 2000 los traficantes se han embolsado unos 16.000 millones de euros. Dicho de una manera cruel: la emigración es para ellos un negocio redondo y, además, libre de impuestos.

gerardo_gonzalez    Por Gerardo González Calvo

 

Las cifras son escalofriantes: en los últimos quince años más de 23.000 personas han muerto en su intento de llegar a Europa, en su mayoría desde las costas africanas. Lo han conseguido 1,2 millones de personas. Hay otro dato estremecedor: en los últimos cinco años solo en la ruta del Mediterráneo hacia las costas españolas, los emigrantes han pagado 1.200 millones de euros; se calcula que desde el año 2.000 los traficantes se han embolsado unos 16.000 millones de euros. Dicho de una manera cruel: la emigración es para ellos un negocio redondo y, además, libre de impuestos.

Si para acabar con las guerras habría antes, aunque no solamente, que detener el comercio de armas, para poner fin a esta riada migratoria clandestina habría que desarticular, aunque no solo, las mafias que les facilitan cayucos, pateras o barcas que llevan el invisible marchamo de una guadaña afilada.

Los emigrantes no suben a las barcas a la fuerza o a golpe de látigo, como los antiguos esclavos, sino forzados por la necesidad y, además, pagando previamente un oneroso peaje a las mafias. Hay un neto ganador: el traficante. Sucede lo mismo con el tráfico de mujeres, atraídas con el señuelo de un trabajo en Europa pero que en realidad la mayoría de ellas acaban varadas en los prostíbulos, donde son explotadas por los proxenetas que las engatusaron y facilitaron un pasaje que deben pagar con la especie de su cuerpo.

Los canallas siempre han proliferado al socaire de la necesidad y de la desesperación. Estas angustias son su caldo de cultivo, en donde meten el cazo sabuesos de toda ralea. A los esclavos se les deshumanizó, es decir, se les arrebató la condición de seres humanos -hasta el barón de Montesquieu negó la posibilidad de que los negros tuvieran alma- para justificar su captura y compra-venta. A los emigrantes que consiguen llegar a esta orilla de la abundancia y del bienestar se les infravalora, o sea, a muchos de ellos en el mejor de los casos se les ofrece un trabajo clandestino y humillante.

En los momentos difíciles es cuando aflora lo mejor y lo peor del ser humano, como sucedió en la matanza entre tutsis y hutus en la primavera de 1994. Es también cuando uno lamenta o se siente orgulloso de pertenecer a la especie humana. Esto se puede comprobar en la actualidad y en todas las guerras y calamidades padecidas a lo largo de la historia.

Creo que la forma en que se aborde y resuelva en Europa el problema de los emigrantes que huyen de sus casas con lo puesto es la mejor vara para medir el nivel de nuestra calidad humana.

Está en juego el mismo sentido de humanidad en un continente que se precia de ser el paradigma de la civilización. Escribió hace ya 36 años el lúcido sacerdote belga Phil Bosmans en su libro El derecho al amor: “El 90 por ciento del sufrimiento en el mundo lo causan los hombres mutuamente”. Y subrayó: “El problema es insoluble, no por falta de medios, sino por falta de solidaridad humana”. Corresponde solucionarlo a los hombres y mujeres de hoy ejercitando la fraternidad y desechando el egoísmo y la animadversión.

 

Gerardo González Calvo es periodista y escritor. Durante 25 años ha sido redactor jefe de la revista Mundo Negro. Gran conocedor de la realidad africana.

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