
Publicado por Chema Caballero en |
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En una discreta capilla ortodoxa utilizada por la comunidad rusa en Bamako, un sacerdote celebra la liturgia ante una congregación que crece lentamente. Hace pocos años, la presencia de la Iglesia ortodoxa rusa en África subsahariana era casi inexistente. Históricamente, la mayoría de las iglesias ortodoxas en África subsahariana dependían de la tradición griega, concretamente del Patriarcado Ortodoxo de Alejandría, y estaban ligadas a las comunidades griegas y grecochipriotas. Estas comunidades estaban formadas mayoritariamente por comerciantes que se habían desplegado por el continente siguiendo la estela de los colonizadores. Sus iglesias apenas realizaron una labor de proselitismo entre las poblaciones locales. Hoy, sin embargo, Moscú impulsa una expansión religiosa de carácter misionero, orientada a ganar conversos, y que se suma a una estrategia dirigida a ampliar su influencia política, cultural y mediática en el continente. Por eso, en la pequeña capilla se divisan algunos malienses.
La religión, la diplomacia cultural, las becas universitarias y las campañas en redes sociales forman parte de un mismo entramado de influencia. A este conjunto se suma también la dimensión militar, visible durante años en la actividad del grupo Wagner y, más recientemente, en la estructura conocida como Africa Corps, vinculada al Ministerio de Defensa ruso, que respalda parte de esta presencia rusa en el continente.
África se ha convertido en un escenario clave de competencia entre potencias internacionales, y Rusia está desplegando una estrategia que combina instrumentos de poder blando con herramientas de seguridad.
El punto de inflexión de la expansión de la Iglesia ortodoxa rusa en África llegó en 2021, cuando el Patriarcado de Moscú decidió crear el llamado Exarcado Patriarcal de África. La decisión fue una respuesta directa a una crisis dentro del mundo ortodoxo provocada por el reconocimiento de la Iglesia ortodoxa de Ucrania por parte del Patriarcado de Alejandría.
Para Moscú, aquella decisión supuso una ruptura grave. La reacción fue establecer su propia jurisdicción eclesiástica en el continente africano. En pocos meses, decenas de sacerdotes africanos abandonaron la autoridad de Alejandría y pasaron a depender directamente de Moscú. Desde entonces, la Iglesia ortodoxa rusa ha comenzado a construir una red creciente de parroquias en varios países africanos. Junto a la actividad religiosa, el Patriarcado financia la formación de clérigos africanos, ayuda humanitaria y la construcción de templos.
La expansión eclesial tiene también una dimensión simbólica. Para Moscú, la Iglesia ortodoxa se ha convertido en una herramienta de proyección internacional que refuerza la narrativa de Rusia como defensora de valores tradicionales frente al liberalismo occidental, especialmente en cuestiones como los derechos LGTBI+, el divorcio o el aborto. Este discurso encuentra cierta resonancia en sociedades africanas, donde las instituciones religiosas mantienen un peso social considerable.
La expansión religiosa no es un fenómeno aislado. Forma parte de una estrategia más amplia de diplomacia cultural impulsada por Rusia en el continente.
En varias capitales africanas han surgido centros culturales rusos que organizan cursos de idioma, exposiciones y conferencias, además de actividades dirigidas a estudiantes y jóvenes profesionales. Estas instituciones buscan acercar la cultura rusa a las sociedades africanas y crear vínculos duraderos con las nuevas élites del continente.
Las becas universitarias desempeñan un papel importante dentro de esta estrategia. Cada año, miles de estudiantes africanos reciben financiación para estudiar en universidades rusas, especialmente en áreas como ingeniería, medicina o ciencias naturales. La política educativa recuerda a la estrategia que la Unión Soviética utilizó durante la Guerra Fría, cuando miles de estudiantes africanos fueron formados en instituciones soviéticas. Muchos de ellos terminaron ocupando puestos relevantes en la política o la administración de sus países. Para Rusia, estas redes de antiguos alumnos pueden convertirse en una herramienta de influencia a largo plazo.
Otra dimensión clave de la estrategia rusa se desarrolla en el espacio digital. En los últimos años han proliferado en África páginas de Facebook, cuentas de Telegram y perfiles de TikTok que difunden mensajes favorables a Rusia y críticas con las potencias occidentales. En algunos casos, estas campañas cuentan con la participación de influencers locales que amplifican determinados mensajes políticos. Las narrativas suelen presentar a Rusia como un aliado frente al pasado colonial europeo, especialmente frente a Francia en África francófona. También se difunde la idea de un «mundo multipolar» en el que África podría elegir con mayor libertad a sus socios internacionales. Estas campañas digitales suelen reforzarse con contenidos de medios estatales rusos como RT, Sputnik o la agencia TASS, que en los últimos años han ampliado su presencia en el continente y han firmado acuerdos con televisiones y radios africanas.
Uno de los ejemplos más claros de esta estrategia híbrida es la República Centroafricana. En este país, Rusia ha construido en pocos años una presencia que combina seguridad, influencia política y actividad mediática. Desde 2018, instructores militares rusos y contratistas vinculados al grupo Wagner —cuya estructura ha sido parcialmente absorbida por el llamado Africa Corps— han colaborado con el gobierno centroafricano en tareas de seguridad. A cambio, empresas vinculadas a Rusia han obtenido acceso a concesiones mineras.
Pero la presencia rusa no se limita al ámbito militar. En el país también han surgido radios locales, proyectos culturales y campañas en redes sociales favorables a Moscú. La Iglesia ortodoxa rusa también ha comenzado a desarrollar actividad pastoral en el país, lo que refuerza la dimensión cultural y simbólica de la relación bilateral.
En algunos países del Sahel, el avance de Rusia se ha producido en paralelo al deterioro de las relaciones con las potencias occidentales. En Mali, el gobierno militar surgido tras varios golpes de Estado ha reforzado sus vínculos con Moscú tras la retirada progresiva de fuerzas francesas. Rusia se ha convertido en un socio clave en materia de seguridad. Así, Bamako se ha transformado en uno de los principales focos de difusión de narrativas pro-rusas en el Sahel, con una intensa actividad en redes sociales y manifestaciones públicas de apoyo a Moscú.
Un fenómeno similar se observa en Burkina Faso, donde el creciente sentimiento anti-francés ha ido acompañado de manifestaciones públicas en las que se exhiben banderas rusas y se expresan mensajes favorables a Moscú. Más al este, Addis Abeba —sede de la Unión Africana— se ha convertido en otro punto clave para la presencia diplomática y mediática rusa en el continente.
En estos contextos, las campañas en redes sociales y los mensajes de influencers han contribuido a reforzar la imagen de Rusia como un aliado alternativo frente a Occidente.
Durante años, el instrumento más visible de la presencia rusa en África fue el grupo Wagner, una empresa militar privada vinculada al Kremlin. Wagner operó en varios países africanos. Proporcionó entrenamiento militar, protección para dirigentes políticos y apoyo en operaciones contra grupos insurgentes. A cambio, obtuvo acceso a recursos naturales y contratos económicos. Pero su papel no se limitó a la seguridad. Investigaciones periodísticas han señalado que Wagner también participó en campañas de propaganda, creación de medios locales y operaciones de influencia política.
Tras la muerte de su líder, Yevgeny Prigozhin, en 2023, muchas de estas actividades han sido reorganizadas bajo estructuras más directamente vinculadas al Estado ruso. Entre ellas destaca el llamado Africa Corps, una fuerza asociada al Ministerio de Defensa ruso destinada a mantener la presencia de Moscú en el continente.
La creciente presencia rusa se produce en un momento en el que África vuelve a ocupar un lugar central en la geopolítica internacional. China ha invertido miles de millones en infraestructuras, Turquía ha ampliado su red diplomática y comercial, y Estados Unidos y la Unión Europea intentan reforzar sus relaciones con el continente. En este escenario, Rusia apuesta por una estrategia diferente, que combina cooperación militar, influencia cultural, redes digitales y presencia religiosa.
La expansión de la Iglesia ortodoxa rusa en África es solo una pieza más de este complejo mosaico de influencia. Pero su crecimiento ilustra cómo la política exterior contemporánea utiliza cada vez más instrumentos que van más allá de la diplomacia tradicional.
Religión, cultura, educación e información se han convertido en herramientas clave en la competencia global por la influencia. Y en África, ese pulso entre potencias apenas empieza.
En la imagen superior, un hombre envuelto en una bandera rusa mientras los simpatizantes del Consejo Nacional para la Salvaguardia de la Patria (CNSP) de Níger se reúnen para manifestarse frente a las bases aéreas de Níger y Francia en Niamey el 27 de agosto de 2023. Fotografía: Getty.
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