Un picapedrero en Kinshasa

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Por P. Fernando Zolli



Tras más de dos décadas en Italia, a pesar de mis 78 años y de haber perdido las cuerdas vocales debido a un tumor que apareció en el año 2000, no pude contener el impulso interior que me pedía regresar a la República Democrática del Congo (RDC).

En los años 90 y principios de este siglo, viví 12 años en la periferia de Kinshasa y en el este del país. Fueron tiempos de esperanzas y turbulencias. Viví con la gente de la capital la iniciativa de la Conferencia Nacional Soberana (CNS) para la democratización del país. El 16 de febrero de 1992 estuve entre los miles de participantes en la Marcha de la Esperanza para pedir la reanudación de los trabajos de la CNS que el presidente Mobutu había cerrado.

He padecido en Congo situaciones de angustia y ansiedad por el descontento y las revueltas populares, los saqueos y las violencias de todo tipo. Viví el estallido de la llamada guerra de los Grandes Lagos en 1996, que obligó a la mayoría de la población al aislamiento y a carecer de medios de subsistencia. Asistí al nacimiento de una guerra de guerrillas que continúa hasta hoy en el este del país, fomentada por grupos rebeldes como el M23, apoyados por Ruanda y otros países industrializados, a quienes no les interesa la estabilidad del territorio, sino saquear impunemente minerales preciosos como el coltán y el uranio, destruir los bosques para obtener maderas preciosas, intimidar a la gente pobre con violencia y asesinatos en los pueblos del interior o abusar y humillar a las mujeres, a las que se utiliza como arma de guerra. 

Volví a la RDC convencido de que el primer compromiso de un misionero es el de «estar presente» de manera humilde, respetuosa y silenciosa. Las expectativas de la gente y la misma realidad dictarían luego la agenda de lo que debo hacer. El día de mi llegada a Kinshasa, el 6 de junio de 2025, en la carretera que va desde el aeropuerto a nuestra comunidad, vi un gigantesco cartel con un lema que llamó mi atención: «Kin Bopeto», es decir, ‘Kinshasa limpia’. De inmediato comprendí que era solo un eslogan, porque la megalópolis está invadida por los desechos, sumergida en plástico, con arroyos nauseabundos y un tráfico caótico e impredecible. 

Si preguntas a las personas que caminan frenéticamente por la calle a dónde van, muchos responderán «Nakei ­kobeta ­libanga», que significa ‘Voy a romper la piedra’. Esta expresión se puede interpretar de varias formas: superar los obstáculos para llegar al final del día y poder comer algo, tener suerte, inventar algún truco para ganar lo necesario para cuidar a un hijo o buscar ayuda para pagar la matrícula de la escuela. Esta quiere ser mi primera prioridad aquí: ocuparme de la casa común y de los indefensos, de aquellos que, sin tener culpa, pagan las consecuencias del cambio climático provocado por la avaricia de los países industrializados.

Estos primeros meses he aprendido a purificar la mirada para captar también las cosas bellas y las potencialidades que se van haciendo realidad, como, por ejemplo, el compromiso de los Bilenge ya Mwinda (‘Jóvenes de la Luz’, en lingala), un movimiento juvenil católico que se dedica a la limpieza de las áreas públicas y recoge las botellas de plástico que la gente tira en los desagües y arroyos.

En estas estaba cuando me llegó una solicitud: ser formador de jóvenes combonianos que estudian Teología en el escolasticado de Kintambo, una de los distritos de Kinshasa, y se encuentran en el final de su preparación para la Misión. Confieso que la propuesta me sorprendió, pero los superiores de Roma insistieron y acepté. En esta comunidad somos 27 de 18 nacionalidades. Estar aquí es vivir la novedad de Pentecostés. Admito que me siento un poco como Nicodemo, porque «debo renacer de nuevo». 

Se trata de un bonito desafío para revisar métodos, renovar objetivos, abandonar cualquier certeza y dejarme provocar por el deseo de futuro y de una vida plena de los jóvenes. También debo reconocer que soy afortunado. Vivo mi vejez en el Congo, uno de los países más jóvenes del mundo, con una media de edad de 16 años, en comparación con los 42 años de Occidente. La fuerza de los jóvenes es como un río desbordado: nada ni nadie podrá detenerlo. Su resiliencia y su deseo de vivir presagian el renacimiento. Estar en África es un gran regalo que se me ha hecho, el de no perderme el alba de su renacimiento, favorecido por toda esta energía joven.

En la imagen superior, el P. Fernando Zolli con varios escolásticos en Kintambo. Fotografía: archivo personal del autor

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